Illustration by Molly Oleson

Traducción de Neus Valencia

Cuando una enfermedad se mide según el número de hospitalizaciones, de ventiladores y de muertes, se podría pensar que las personas asintomáticas que tienen COVID-19 son afortunadas. En efecto, la cantidad de personas asintomáticas es sorprendente: los investigadores identificaron que el 53 por ciento de la gente que dio positivo el mes pasado en una zona censal de la Misión no tenía síntomas.

Si bien los portadores asintomáticos de COVID-19 se salvan de la peor parte, el virus mismo les causa otro tipo de desgracia emocional y financiera que no desaparece tan rápidamente.

Regina todavía siente ganas de llorar cuando recuerda el momento en que supo que su familia, integrada por cuatro adultos y cinco niños, estuvo expuesta a COVID-19. Fue el 13 de abril, cuando una amistad – alguien que suele visitar a la familia seguido y que, según ella, es casi parte de la familia– fue a su casa para contarles que había dado positivo en la prueba del virus.

“Sentí como si a todos nos hubiera caído un balde de agua fría”, dice ahora. “No sabíamos si viviríamos o moriríamos”.

Cinco semanas más tarde, Regina y su familia aún están con vida y responsablemente usan cubrebocas. Regina, de 36 años de edad y quien no quiso dar su apellido para proteger su privacidad, dijo querer compartir su historia porque conoce a muchos latinx que deciden no hacerse la prueba. “No quieren decir que tienen COVID y siguen yendo a trabajar porque necesitan el dinero”, comenta sin la intención de juzgarlos.

Desde el principio, Regina y su familia hicieron todo conforme a las reglas. Los adultos se hicieron la prueba en el Hospital General Zuckerberg de San Francisco al día siguiente de que se enteraron que habían estado expuestos. En 24 horas ya tenían los resultados: Regina, su hermana Ana y su cuñado Jorge dieron positivo; su sobrina, que vive arriba, dio negativo. Fue un shock, dijo Regina. “Honestamente sentí que mi cuerpo estaba bien”.

Casi de inmediato comenzaron a recibir una llamada del Departamento de Salud para ver cómo estaban; después, les llamaban dos veces al día. Primero les dijeron que podían estar aislados en una habitación de hotel, pero como tenían dos habitaciones en dos pisos separados, Regina quiso aislarse en casa con su hermana y su cuñado, mientras que la sobrina de arriba se quedaba con los niños más pequeños. Regina ha vivido en el mismo edificio deteriorado de la Misión durante 14 de los 16 años que lleva en Estados Unidos, donde ha criado y visto crecer a sus hijos, de 14, 12 y 10 años.

Regina le dió la noticia a su jefe del restaurante de comida rápida en donde trabaja. El último cheque que recibiría en al menos dos semanas fue de $118, un pago de por sí reducido por las horas que de por sí ya tenía reducidas. Su hermana y su cuñado, quienes también trabajan en restaurantes, siguieron cobrando durante el período que estuvieron en cuarentena.

“Nos sentíamos mal, pero después de hacernos la prueba teníamos que informar en el trabajo…aunque necesitáramos no perder el trabajo por el dinero”, comentó Regina.

Regina y su familia son parte de los miles de residentes de San Francisco que son trabajadores esenciales y deben salir de casa para ganarse la vida. La necesidad de trabajar fuera de casa, junto con las condiciones de hacinamiento han afectado con particular fuerza a los residentes latinx con COVID-19 quienes representan el 15 por ciento de la población de la ciudad, pero equivalen a casi la mitad de los casos positivos de COVID-19, según los datos más recientes del Departamento de Salud.

La parte más difícil del aislamiento para Regina fue ver a sus hijos en la habitación cercana. “Se sentían muy estresados con mucho miedo y no podían concentrarse en la escuela”.

La escuela, comenta Regina, es el futuro de sus hijos. Su sobrina, que es estudiante de la rigurosa escuela secundaria pública Lowell, monitoreaba las clases en línea de los niños. Su hija, que quiere ser cirujana, también asistirá a Lowell en el otoño y el hecho de que la hayan aceptado la ha hecho sentirse muy orgullosa esta primavera.

 “Ella tenía tantas ganas de ir a esa escuela”, dijo su madre.

Según Regina, mientras los niños trataban de concentrarse, los tres adultos permanecieron en estricta cuarentena durante siete días y, posteriormente, no salieron de casa durante otros siete días. El Departamento de Salud de San Francisco dijo pedirle a los residentes que sigan los lineamientos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, CDC por sus siglas en inglés. Desde que se dio el caso de Regina, la CDC ha actualizado su recomendación de siete a 10 días a solo 10 días después del primer síntoma.

Ninguno de los adultos tuvo síntomas graves. En lugar de lidiar con fiebres altas o tos persistente, Regina y su familia pasaron su tiempo en aislamiento escuchando a las cantantes de música cristiana Christine D’Clario e Ingrid Rosario y leyendo la biblia.

“Somos personas muy devotas” a Dios, comentó. “Toda esta experiencia nos ha fortalecido”.

Durante el día, bebían té de jengibre y menta y en la noche, un té especial hecho de ajo, limón y miel.

“Mi sobrina nos cocinaba. Iba a buscar comida al banco de alimentos ubicado en la Primaria César Chávez y usaba lo que ya teníamos aquí… para prepararnos sopas, carne asada, frijoles y arroz”.

Aunque ya no tiene que permanecer en cuarentena y espera volver a trabajar pronto, Regina reconoce estar buscando apoyo psicológico con el médico de la Clínica de la Misión “porque fue una experiencia emocionalmente muy dura”.

Aún le preocupa el estigma. “Todavía no quiero que, al volver al trabajo, mis com

pañeros se enteren de que lo tuve”, agregó Regina.  

A pesar de todo lo que ha pasado –la pérdida de ingreso y el constante estrés emocional– no duda en decirle a los demás que hagan lo mismo que ella. “Mi consejo es que la gente se haga la prueba. De lo contrario, no podremos ser realmente útiles para nuestra comunidad y para las personas con las que trabajamos”.

Cualquier trabajador esencial puede hacerse la prueba gratis en San Francisco. Regístrese aquí para hacerse la prueba. También puede encontrar más recursos y asistencia en el sitio web del Latino Task Force aquí.

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Lydia Chávez

I’ve been a Mission resident since 1998 and a professor at Berkeley’s J-school since 1990. My earlier career was at The New York Times working for the business, foreign and city desks. As an old...

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