Traducido por Andrea Valencia

Catherine Villanueva se encuentra afuera de una reja negra de la Iglesia Episcopal de San Juan. Ha estado aquí durante una hora y media y ya son las 10 a.m. Ya deberían haber abierto la puerta para dejar que docenas de personas entren a Julian Pantry, un banco de comida que ayuda a la Misión desde 2008.

En lugar de eso, la puerta permanece cerrada y Villanueva, como docenas de personas esperando afuera de la calle Julian esquina con la calle 15, se está desesperando.

Villanueva y sus tres amigos comienzan a hablar en voz alta en Cantonés. Una mujer que viste un suéter rosa se acerca a la puerta con las llaves. Cuando intenta abrirla una trabajadora se le acercó. “Todavía no”, dijo la mujer quien resulta ser la encargada de la puerta. Ser el encargado de la puerta quiere decir que hay que cuidar que la iglesia no se llene de gente y que las personas con discapacidades obtengan comida primero que otros.

Villanueva y otros comienzan a gritar en un Inglés roto: “¿Por qué no han abierto la puerta?” La encargada de la puerta se aleja sin responder y sin abrir la puerta.

Adentro, Claire Dietrich organizadora del banco de comida Julian Pantry entiende lo que significa sentirse desesperado por comida. “Las filas han estado creciendo. Solíamos alimentar a 100 familias, ahora son 300… Algunas veces nos quedamos sin comida, y les tenemos que dar poquito a todos”.

Cuando comenzaron a llegar más familias después de la crisis económica de 2008, Dietrich y su personal laboral se preocuparon. Cuando las filas comenzaron a ser más grandes, las raciones de comida disminuyeron, dijo. La frustración aumentó porque la gente no podía obtener suficiente como para alimentar a sus familias.

Villanueva observa mientras un hombre se acerca desde el interior hacia la puerta.

“¡Ándele! ¡Abra la puerta!” grita Villanueva.

“¡No tengo la llave!”,  dice.

“¡Vaya por la llave!”, dice Villanueva mientras el hombre se aleja.

Villanueva se voltea hacia mí. “La fila está esperando”, dijo y señala a cientos de personas detrás de ella.

El aumento en el número de necesitados creó nuevas ideas en Julian Pantry. Una, de la hermana de Dietrich, era producir y vender miel orgánica. Ella y una amiga decidieron hacerlo y comenzaron a vender tarros de miel que cultivaban en el patio trasero en un panal de abejas en Potrero Hill.

“La Navidad pasada obtuvimos un cheque por $3,500 dólares por haber vendido a $10 dólares la botella de miel”, dijo Dietrich. “Es un tercio de nuestro presupuesto anual”.

El resto proviene del Banco Alimenticio de San Francisco. “Esto nos ayudó con la demanda”, dijo Dietrich.

La despensa atrae a residentes de toda la ciudad, dijo Dietrich, pero la mayoría viene de la Misión y Chinatown. Villanueva viene del hotel de ocupación individual (SRO, por sus siglas en Inglés) que está a lado.

A Dietrich no le importa de dónde vienen. “Queremos ayudar a la gente que lo necesita”.

Afuera, la mujer con el suéter rosa se vuelve a acercar a la puerta en donde Villanueva y otros están esperando. “Perdón, creí que alguien había abierto”, dijo mientras la persona que vigilaba la puerta la interrumpía.

“Todavía no”.

Villanueva confronta a la cuidadora de la puerta y le pregunta por qué algunos adentro parecen haber entrado por la puerta trasera.

“Los discapacitados tienen prioridad”, dijo la cuidadora.

“¡Yo soy discapacitada!” dijo Villanueva al sacar un pedazo de papel blanco de su bolsillo.

La cuidadora se acerca y observa el papel. No, no es una identificación para discapacitados. “Usted tiene que esperar”, dijo.

“¡Soy discapacitada! ¡Soy discapacitada!” grita Villanueva. Saca su cartera y busca una identificación. La cuidadora regresa y decide abrir la puerta. “Ok, ya pueden entrar”.

Villanueva sonríe. Saca una bolsa de plástico de sus bolsillos y se dirige hacia el interior.

Va de mesa en mesa como un niño que recibirá dulces. Saca su bolsa blanca de plástico y otros le dan sopa de jitomate, yogur, papas, ñame, coliflor y otras verduras. Su bolsa de plástico se llena de comida y su sonrisa se vuelve más grande.

“Genial”, dijo sobre la despensa. “Es buena comida. Me gusta. Vendré la próxima semana”.

Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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