Traducido por Andrea Valencia

Ralf Hotchkiss es un viajero del mundo, cofundador de una organización internacional sin fines de lucro y ganador del Premio MacArthur para Eruditos.

Sin embargo, una tarde de otoño estaba esperando en un paradero –como todos los demás- en la Universidad Estatal de San Francisco.

Cuando llegó el camión, el conductor le pidió a Hotchkiss que esperara a que llegara el siguiente camión para ir al BART.

Así comenzó una tarde en el transporte público con Hotchkiss, uno de los casi 180,000 personas discapacitadas y pasajeros de la tercera edad que usan Muni o BART a diario. Hotchkiss ha estado usando una silla de ruedas desde que sufrió un accidente de motocicleta en su primer año en la Universidad Oberlin en Ohio.

En las siguientes tres horas, nos topamos con las idiosincrasias de los sistemas, desde elevadores fuera de lugar a equipaje en el espacio para sillas de ruedas, pero en general ni se inmuta: el transporte público es “todo lo que para bien o para mal tenemos”, dijo Hotchkiss.

Hotchkiss se parece un poco a un mago con mechones de cabello canoso y una mirada fuerte detrás de los anteojos que usa. Siendo ex alumno de física, su magia es de una naturaleza matemática. Cuando todo sale bien, su trayecto toma una hora y media, incluyendo los diez minutos que tiene que manejar a casa desde la estación Rockridge de BART.

Hotchkiss usa el transporte público desde el punto de vista de un experto: desde 1989 ha enseñado diseño de sillas de ruedas en la Universidad Estatal de San Francisco y dirigido Whirlwind Wheelchair International, una organización que ayuda a la gente en el mundo a construir y obtener sillas de ruedas confiables y seguras.

Cuando el autobús por fin llegó y empezó a levantarlo en la silla de ruedas, mencionó la probabilidad de que fracasara dicho proceso. “Cincuenta, cincuenta”, empezó. “85 por ciento. 75 por ciento…”

En esa semana, dos de los cinco intentos que Hotchkiss intentó fracasaron, retrasando los autobuses.

El no poder levantarlo puede añadir hasta una hora de tardanza a su trayecto de viaje. Varias veces, Hotchkiss ha tenido que empujarse casi dos millas desde la estación de BART Daly City a la universidad.

Esta vez, el proceso funcionó y le tomó tres minutos. Treinta personas formadas para subir al autobús observaban.

“Todos esperan con ansias porque no saben cuánto tiempo va a tomar”, dijo. “Todo mundo observa y nadie sonríe. Es muy vergonzoso”.

Aunque se sienta incómodo con las miradas, Hotchkiss no evita los autobuses. Se siente entusiasta con la idea de nuevos diseños de autobuses no tan altos, como los autobuses híbridos que Muni comenzó a adquirir en 2007. Ofrecen rampas en lugar de elevadores de sillas de ruedas y hoy día componen alrededor del siete por ciento de la flota.

Hotchkiss dijo que tener menos pasos en los autobuses es mejor para todo el mundo, y toma segundos en lugar de minutos para que los usuarios de sillas de ruedas se puedan empujar hacia el interior. Hotchkiss aborda el autobús y el conductor le pone una abrazadera; sin embargo le gustaría poder asegurar su silla de ruedas él mismo.

Virginia Rathke, coordinadora de fácil acceso para Muni, dijo que su próxima flota de Autobuses de Tránsito Rápido sobre Geary y Van Ness ofrecerán un sistema alternativo que los pasajeros podrán manejar ellos mismo.

Como pasajero de BART desde hace 30 años, Hotchkiss ha visto que el sistema ha mejorado –aunque  de forma un poco ilógica. Al principio, dijo, no había elevadores en las estaciones de BART. Más tarde, se les colocó en lugares poco cómodos.

Por ejemplo, en la estación Rockridge el elevador de la plataforma de BART se encuentra afuera de las puertas de entrada. Para pagar su pasaje, Hotchkiss tiene que pasar por las puertas de pasaje por la salida de emergencia.

En la calle 24, Hotchkiss calculó que el elevador está a más de 200 pies de distancia de la puerta de pasaje más accesible.

Al salir del elevador de la estación de la calle 24, Hotchkiss se detiene en El Trébol para cenar –desarrolló un gusto por la comida nicaragüense después de haber trabajado en el país en 1980.

Después de cenar, nos dirigimos al BART para agarrar el tren de las 9:30 en dirección Pittsburg/Bay Point.

El tren está lleno. Una mujer observa a Hotchkiss y pone su equipaje al fondo en la esquina del espacio para sillas de ruedas, para que él quepa.

En la estación de la calle 19 en Oakland, un hombre y una mujer se suben al tren con una bici con una llanta ponchada. Hotchkiss les ofrece su bomba de aire. Parecen sorprendidos. “Tengo que cargarla conmigo para arreglos callejeros”, dijo. “La tengo por mi silla”.

“¿Así de perfecto eres?”, pregunta la mujer.

“Es más fácil así”, dijo Hotchkiss.