Con dos rebanadas de pizza en mano, Esperanza Bermúdez se hizo camino entre media docena de mesas en un ocupado comedor del Boys and Girls Club. El pasado jueves por la tarde, Esperanza se comportó más como anfitriona de una fiesta que como una madre en duelo que perdió a su hijo de 19 años de edad hace exactamente un año.
Alimentar a parientes y amistades del fallecido en este aniversario mortuorio es algo que se apega a su tradición mexicana. Pero, en muchos sentidos este día parece ser como cualquier otro para ella y su familia desde que su hijo más joven, César Bermúdez, fue asesinado cerca de las calles 24 y Harrison. Su padre todavía trabaja siete días a la semana como cocinero en un restaurante; sus tres hermanas mayores están criando a seis de sus sobrinas y sobrinos —dos de ellos a los que nunca conoció— y su madre todavía le llama al inspector de homicidios todos los días.
“No solo pienso en él hoy, pienso en él todos los días”, dijo Esperanza. “No quería que llegara este día”.
Más de cien personas asistieron a la misa católica y a una cena en conmemoración de la muerte de Bermúdez el pasado jueves. Bermúdez fue una de las tres personas baleadas y asesinadas en un periodo de ocho días en el pasado mes de octubre.
Nacido y criado en el Distrito de la Misión, César, o Weeble como sus amigos solían llamarle, asistió a la preparatoria John O’Connell y trabajó medio tiempo con el Departamento de Obras Públicas. A César le gustaban los Gigantes, el rap, la música, sus amistades y los tamales. Después de la misa el jueves, sirvieron tamales. Fue una comida que le pagó tributo. Es lo que pidió para su cumpleaños cuando cumplió diez y nueve.
Gustavo Bermúdez, su padre, no ha podido encontrar paz.
“Como padre uno nunca quiere enterrar a su propio hijo”, dijo. “Uno no se siente contento hasta que castigan a quien quiera que hizo esto”.
La familia no sabe los motivos del asesinato. Los detectives le han dicho a la familia que tienen una pista, sin embargo no han anunciado ninguna detención. Aunque la familia quiere justicia, lo que más extrañan es una figura paterna para sus hijos e hijas.
“El día antes de que murió, le pedí que cuidara de mi hijo, y me dijo “yo me encargo””, dijo Margarita Bermúdez, la hermana mayor.
En el Boys and Girls Club, los niños visten playeras con fotografías de Bermúdez, juegan videojuegos y futbolito mientras otros comparten historias de él.
Arturo Moreno, de 19 años de edad, un amigo de mucho tiempo de Bermúdez recuerda que se suponía que verían el juego de los Gigantes de la Serie Mundial.
“Parece que fuera ayer”, dijo. “Caminaba con él a todos lados porque no quería que caminara solo”.
Jacqueline Bermúdez, de 23 años de edad, no está contenta con el hecho de que la prensa lo haya calificado como un pandillero que se lo había buscado.
“No queremos más violencia”, dijo. “Ya sea que alguien esté o no esté en una pandilla, nadie se merece morir así”.
