Han pasado dos años, cinco meses y nueve días desde que James B. bebió una copa. James B recuerda muy bien ese día, el 15 de febrero de 2010.

Hace tan sólo dos años, hizo una lista de los objetivos que tenía y que nunca había podido lograr porque no podía estar sobrio. Uno de sus objetivos es viajar y está a sólo unas semanas de lograrlo.

Hace poco, James colocó un anuncio en Craigslist para rentar su cuarto mientras está de visita en Latinoamérica durante el otoño.

El anuncio describía su departamento y cómo —con las grandes ventanas saledizas con vista al corredor— se encuentra arriba de la calle Valencia, a una corta distancia de donde hay gran entretenimiento y vida nocturna.

Aunque vive cerca de 39 bares, 90 licorerías y 294 restaurantes con barras completas o servicio de vino y cerveza, a James no le molesta. El alumno de posgrado de 31 años edad, de ojos azules y cabello rubio cenizo, declaró que no puede imaginar vivir en ningún otro lugar.

No obstante, cuando decidió dejar de beber supo que tenía que irse de la ciudad para extraerse por completo de su medio ambiente. Durante 10 semanas asistió a un lugar de rehabilitación en otro lugar de California.

En la actualidad, James todavía va bares —algunas veces solo para ver juegos de fútbol, y otras veces con personas como cuando hace poco su primo visitó de New York y fueron juntos a Zeitgeist.

Normalmente pide un refresco de jengibre o una soda con limón, y ya no siente tentación de beber alcohol. Su recuperación ha sido bastante fácil, dijo.

Su relación con el alcohol es algo más o menos así: “algunas personas son alérgicas los mariscos”, dice. “No dejan de ir a restaurantes, pero no los comen porque podría ser malo. No hacen un gran lío de eso. ¿Qué si hay restaurantes de mariscos en todos lados? No”.

La historia de James como alcohólico en recuperación comenzó cuando tenía 21 años de edad y bebió el primer trago de alcohol en la universidad. Vivía en un lugar en el que siempre había un barril de cerveza. Así que comenzó a beber cerveza en la mañana para desayunar.

¿Por qué no comer un plato de cereal? “Porque no había. Había que ir a la tienda y comprarlo”, dijo mientras acariciaba un gato gris que está cuidando. “Se trataba de la comodidad”.

Comenzó a beber más y más. Compraba botellitas individuales de licor para beberlas durante el día. Vomitaba, se desmayaba. No era fácil tener una novia.

“Cada mañana tenía que pelear las ganas de beber”, dijo.

Simple y sencillamente beber lo hacía sentirse mejor. Pero “para las tres o cuatro de la tarde ya no podía hacer nada. Y tenía cosas que hacer”, dijo James, al hablar cómodamente sobre su situación sin apenarse de la palabra “alcohólico”.

Su familia tiene una historia del abuso al alcohol. Dos de sus tías del lado de su papá fallecieron debido a incidentes relacionados con el alcohol, y su papá estuvo en rehabilitación de joven. Saber eso no lo detuvo de beber, pero sí le ayudó para ir a rehabilitación y estar sobrio.

“Básicamente, tuvo sentido rápidamente que era lo apropiado a hacer”, dijo James al explicar por qué salirse del ciclo de estar bebiendo fue más fácil para él de lo que algunas veces es para otros. “Debido a que la historia es obvia, por mi papá y porque hizo lo mismo y por cómo veía mi vida y nuestra relación había cambiado —eso hizo que fuera más fácil para mí no volver a beber después”.

Sin embargo hubo otros dos factores que cambiaron su vida.

“Siempre tuve metas para mi mismo, y las escribía”, dijo. James había querido viajar por un año, ser voluntario e ir a la escuela de posgrado.

“Fue algo tonto cuando vi la tasa de éxito”, dijo al referirse a su lista de objetivos. “Había una disparidad innegable”.

Hoy, sus ambiciones están a su alcance y este otoño podrá viajar a México, a la República Dominicana y a Colombia para hacer una investigación para un libro que planea escribir sobre la cultura latinoamericana.

La otra llamada de atención sucedió una tarde cuando James estaba sentado en un bar de deportes junto Don Nelson, el entrenador  y exjugador de la NBA. Nelson le compró un trago; después, James se fue a casa y no pudo dejar de llenar su copa de vino. Luego se subió al auto para ir a recoger a un amigo.

Esa noche, James recibió su segunda multa por haber estado manejando bajo los efectos del alcohol; la primera multa la recibió cuando tenía 23 años. Esta vez su mamá le pidió que fuera a rehabilitación, y lo hizo.

“Fue algo increíble”, dijo sobre la experiencia. Antes, dijo, le mentía a sus papás sobre su trabajo y el cultivo de mariguana. Ahora planea cultivar plantas y árboles adentro de su departamento, en donde están a lo largo de docenas discos viejos de música.

“Vi el control que tenía sobre mi cuerpo”, dijo sobre su adicción. “No quería hacerlo, pero era algo obligatorio”.

James no va a reuniones para alcohólicos anónimos (AA). El escuchar las historias de otras personas sobre el abuso del alcohol no es algo en lo que le guste gastar su tiempo, dijo.

Aunque AA no mantiene registro del número de gente en recuperación, la organización calcula que existen casi 2 millones de personas en el mundo, según un empleado de AA. Cuando Mission Local le preguntó específicamente sobre el Distrito de la Misión, el pasado mes de marzo, el empleado Li Lightfoot declaró que “todavía hay un montón de gente en recuperación en la Misión”.

Como James no ha pasado por un programa de 12 pasos, algunas personas le dicen que va a recaer. Hasta ahora, no lo ha hecho.

En San Francisco existen aproximadamente 500 reuniones de alcohólicos anónimos a la semana en comparación a las 1100 que hay en Nueva York. Sólo en el Distrito de la Misión hay 115 reuniones cada semana y, a menudo las personas que asisten parecen ser los jóvenes adultos a la moda que hacinan los bares.

“Mi AA es el reconocimiento y la apreciación”, dijo James. Ahora su vida tiene un propósito, explicó.

James planea comenzar una casa editorial. Hace poco, se fue en su bicicleta a pasear por Marin Headlands, algo que nunca hubiera hecho cuando bebía. “Habría estado demasiado borracho para hacer eso”.

El no beber ha tenido un impacto en su vida social. Sus verdaderos amigos todavía están a su lado, dijo; pero otros “se fueron poco a poco”.

En cuanto a su vida amorosa, James todavía sale en citas y opina que no es difícil ni incómodo. No se siente atraído a la gente que se emborracha y como no sale tanto, “la cantidad de gente con la cual salir se ha reducido”. Aún así, su vida romántica ha mejorado porque está con gente “que tiene menos drama”. Algunas mujeres nunca le preguntan por qué no bebe, y cuando lo hacen simplemente les responde que “no estaba funcionando para mí” y lo entienden, dijo.

Lo mismo es verdad para otras personas en San Francisco que no quieren hacer un gran lío si a uno no le gusta beber, dijo James. “Asumen que uno tiene alguna razón”.

Si sale y alguien lo presiona para beber, primero les dice “no bebo”. Después, “no, gracias”. Si insisten: “no bebo en absoluto, ni siquiera una gota”. Y por último: “soy alérgico”.

Ese razonamiento, dijo, es verdadero porque una alergia es una reacción anormal del cuerpo. Cuando su cuerpo siente el alcohol en el sistema, no puede dejar de beber. “La adicción secuestra la mente y uno no es racional”.

Su bebida favorita era el whiskey. “El café”, dijo mientras su mandíbula se apretaba un poco. “Todavía pienso en eso algunas veces”.

James veía el programa de “Mad Men” en la televisión y se decía a sí mismo “Aw, eso no es justo”. O la otra noche cuando hacía frío y había mucha neblina y estaba cruzando el puente, pensó en qué agradable sería poder tomar un baño caliente “con un vaso con hielo y dos pulgadas de whisky”.

Tomó una pausa y dijo”Pero, es una ilusión”. Sus días de haber estado viviendo son una época que nunca recuperará.

Cuando se trata de vivir en la Misión, salir a bares es solamente una parte del barrio, dijo James. “Me gusta estar alrededor de cosas que están vivas, que son chistosas y diversas”. Y la Misión, con las inauguraciones de galerías y fiestas y teatros, es justamente eso.

“Cuando estaba bebiendo, no estaba presente en el momento porque estaba maquinando, preocupándome de cuándo volvería a beber”, dijo James.

“Y ahora”, poder concentrarse en el momento “es algo muy agradable”.

James B. es uno de los muchos alcohólicos en recuperación que Mission Local mostrará a forma de perfil en una serie ocasional que observa lo que es ser joven y vivir en el Distrito de la Misión sin poder beber porque la bebida se ha convertido en algo más destructivo que disfrutable.

Si le gustaría compartir su historia con nosotros, por favor envíenos un correo electrónico a missionlocal@gmail.com

Reuniones de AA en y alrededor del Distrito de la Misión

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