Traducido por Andrea Valencia

Chino, un hombre de apariencia pulcra acostado en una manta para picnic, observa desde el Parque Dolores con un aire de capitán marino vigilando su nave. Es un hermosa día sábado, y el parque está lleno de gente tumbada en el sol como si fueran percebes pegados en el casco de un barco.

Después de un rato empieza a hablar. “Los bailarines de hula hula no están. Ninguno de ellos. Todos se fueron”.

“No veo a nadie con calentadores peludos”, dijo Caroline entrecerrando los ojos mientras estaba sentada sobre la cobija.

“Ni en bicis peludas”, dijo Frances. “Es un cambio al típico sábado”.

“A Sports Basement se le agotaron las luces parpadeantes para bicis”, añadió Caroline. “Me dijeron que regresara la próxima semana”.

La noche anterior, 51,515 campistas se habían registrado oficialmente en la Ciudad Black Rock, una ciudad temporal en un lecho de un río extinto a 350 millas de Nevada. Durante dos años y con 47,234 residentes, la Misión ha sido la comunidad oficialmente menos poblada que Burning Man, a pesar de los mejores servicios y mantenimiento público. Entonces, con un número desconocido de residentes de la Misión a 350 millas de distancia, ¿cómo ha cambiado el barrio?

Tanto Four Barrel como Ritual tuvieron filas de clientes formados afuera de los locales, pero comentaron que el negocio ha estado lento durante la semana pasada. Los clientes se jactan de tener asientos disponibles de primera en ambos locales. Rainbow Grocery es una ciudad fantasma. La calle 18 entre Guerrero y Dolores está tan abarrotada como siempre, pero Bi-Rite también ha tenido una semana lenta, después de haber tenido un aumento inicial en los días previos a que el festival abriera. “Los primeros en irse se llevaron nuestras carnes en conserva, aceitunas y vinos”, dijo Mitchell McCartney. “Se llevaron las cosas que sabían que iban a durar. Y los que se fueron justo antes del fin de semana se llevaron toda la fruta fresca”.

McCartney, quien se ha abstenido de usar el ajustado overol negro como uniforme de Bi-Rite así como la gorra aguada que lo hace ver como si fuera un súper héroe enviado de 1970 para alguna especie de propósito todavía desconocido, no se encuentra en Burning Man por lo que describe como “razones personales”. “Aprecio los ideales de construir una comunidad temporal alrededor del arte”, dijo, con una mirada atenta debajo de su gorra. “Pero ahora uno puede usar el servicio de telefonía celular”.

“Nada más vaya a echar un vistazo”, dijo Mike, el caballero con unas magníficas patillas quien cuida la puerta en Zeitgeist. “El negocio está bien, pero… hay rubias oxigenadas y con playeras abotonadas. La Marina se vino para acá”. Un hombre con una camisa tipo vestido y mocasines cafés pasa por entre nosotros; una mujer rubia con sandalias pasa tambaleándose detrás de él. “Se lo dije”, dijo Mike levantando una ceja. “Observar es mi trabajo”.

Mike nunca ha ido a Burning Man. “Me choca el clima caliente y me chocan los jipíes”, explica medio disculpándose. El empleado de la cafetería tampoco ha ido, quien pide no ser identificado y dijo sólo que “si quiero tomar drogas, las tomo en la ciudad”.

“Hace diez años, mi compañía en ciernes cerró durante la semana de Burning Man”, dijo Bob sentado placenteramente en uno de los sofás cerca de la ventana de Ritual. “Nuestro director, el director técnico –todos se fueron y acamparon juntos. Google solía acampar en conjunto. Esperaba que se fueran 20 de los 50 empleados de la compañía con los que trabajo. Perdimos a tres. Creo que tal vez es que la gente que estaba en compañías en ciernes sólo estaba ahí por el dinero. Una compañía que obtiene un $1 millón de dólares ahora hubiera obtenido $80 millones entonces. Y hubiéramos gastado ese dinero en recortes”.

“Y en Burning Man”, intercedió la amiga de Bob, Susan.

“Y en Burning Man”, admitió Bob.

Continúa diciendo que “hoy día, para estar en una compañía en ciernes, uno necesita tener esa mentalidad de un jaquer dedicado. No creo que Burning Man atraiga a ese tipo de gente de la misma manera que solía hacerlo. Es más como una festividad escapista para gente en sus treinta de clase media que para gente que en realidad quiere construir algo”.

Bob no está en Burning Man porque le parece que hay otros países más emocionantes, menos duros y a penas igual de caros para visitar. Además, no le gusta ni el calor ni las cantidades masivas de arena. Susan no está en Burning Man porque nunca ha sido algo particularmente emocionante para ella, aunque tiene una amiga igual de necia que fue convencida por la promesa de un boleto gratis, un lugar en un avión privado directo a Burning Man y un viaje a Alaska en el mismo avión privado –un extraordinario soborno que fue imposible de resistir.

Al pasar por el Presidio en la tarde, se hace evidente lo que falta: grumos de escaladores con poca ropa que desaparecen al pasar un camino inclinado que lleva a la playa. Aquí está la suma total de cable electroluminoso, fondos, bigotes depilados, pechos apretados en corsés, overoles, victoriana, gente que quiere hablarle sobre sus relaciones abiertas, pantalones acampanados, almohadas cosidas con mezclas  de hilos, un tecno fastidioso, sombreros de vaqueros, arte chatarra, estar parado en el frío, pláticas a base de megáfonos, chistes privados y crítica que a la Misión le ha hecho falta durante la semana pasada.

“Estamos aquí para poder decir que estuvimos en Tiny Man cuando era padre”, dijo un hombre quien se agachaba para hablar con su hijo.

Balsa Man se anuncia a sí mismo como Burning Man a escala 1/16. Hay una pequeña entrada con pequeños letreros, pequeños sándwiches de queso, obra pequeña que replica parte de la obra que se muestra actualmente en Nevada, un pequeño boletín y pequeños bombones tostados con un encendedor Bic.

“Me dieron una pastilla que me aseguraron que era PCP, MDMA, GHB o tic tac”, le dijo una mujer a otra en voz baja.

No es la primera vez que me encuentro preguntándome a mí misma qué es exactamente Burning Man. ¿Una agrupación de experiencias compartidas y chistes privados? ¿Un San Francisco habitado en su mayoría por gente blanca? ¿Un lugar en el que las subculturas (los parranderos, maricas, jipíes, bailarines, sadomasoquistas, piratas) chocan y se besuquean unos con otros? ¿Qué es lo que hace la gente hoy en día que la Orden de los Relicarios ya no suena como algo divertido? ¿Una forma en la que la gente interactúa en su mayor parte por Internet y puede experimentar la novedad de vivir y compartir una comida juntos? ¿Un experimento en comportarse de manera generosa con gente que es igual –pero no demasiado- a usted mismo? ¿Prácticas de entrenamiento para las ciudades perdidas del futuro?

El sol ya casi se puso. De cualquier manera, no hay respuestas fáciles –sólo un montón de gente indiferente de una gran diversidad de contextos y ocupaciones, que son una sociedad invisible en gran parte en San Francisco a excepción de cuando se reúnen para vestir disfraces y quemar cosas.

“Lo único que falta son esos molestos bailarines con fuego”, balbuceó alguien. Es difícil creer que alguien la oyó, pero del otro lado de la multitud un hombre se tira al piso y comienza a ondular su cuerpo en la arena de manera provocadora. En cada mano sostiene un cigarro prendido. La multitud estalla en aplausos. Detrás de nosotros, el Océano Pacífico se expande hacia un horizonte oscuro.

Alguien me informa que este es el tercer año de Balsa Man. Para cuando el hombre de madera de tres pies queda erigido en una sorprendentemente gran explosión de llamas y fuegos artificiales ya se había reunido una multitud de casi 200 personas. La chistosa imitación de Burning Man tiene casi exactamente el mismo número de visitantes que el Burning Man real tuvo en su tercer año, cuando todavía se realizaba en San Francisco.