Joshua Hernández y Pattina Steele.
Traducido por Andrea Valencia

Joshua Hernández, Pattina Steele y Anthony Momolo han estado despiertos desde las 2:30 a.m., para poder ser los primeros en entrar a la alcoba del estadio. Es la Serie Mundial. Las largas filas para comprar boletos en las taquillas del estadio ya están cerradas –los boletos están agotados y empiezan desde $400 dólares fuera del estadio. Los revendedores están por todos lados.

Pero en la alcoba del ojillo, un espacio abierto entre los muros internos y externos del estadio, el juego es gratuito. Siempre y cuando llegue temprano, y espere lo suficiente.

“¿Cuánto tiempo han estado esperando aquí?”, pregunta un hombre con una libreta.

“Desde las 2:30”, dijo Momolo. “Ya salí en las noticias de las 5 a.m., 7 a.m., 9 a.m. Estuve dos veces en la radio, aunque la radio es una porquer** de la clase baja. Pero hoy hemos estado en la tele todo el tiempo”.

Cambia el tono abruptamente y pone sus manos cerca de la boca como si fuera un megáfono.

“Boooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo”, gritó haciendo que la siguiente pregunta del periodista no se pudiera escuchar. Dos hombres vistiendo playeras de los Rangers pasan por entre el mar de admiradores que visten naranja y negro e intentan verse despreocupados.

Hernández grita junto con Momolo: “Booooooooooooooooooooooooooooooooooooo. Me duelen los ojos”.

“Váyanse. Váyanse y siéntanse despechados”.

“Esos tipos son admiradores de hueso colorado”, dijo Hernández una vez que los admiradores de los Rangers ya no están lo suficientemente cerca como para escucharlos. Su tono de voz es de admiración.

“¿PB & J?” pregunta Momolo mientras busca algo entre las muchas bolsas apiladas alrededor de la silla plegable en la que está sentado. “¿Atún? Te puedo hacer un sándwich”. Saca un paquete de atún blanco y un bote de mayonesa.

“Sí”, dice Billy Wayne con aprobación. “Atún blanco. Qué elegante”. Wayne llegó anoche a las 10:30 p.m., pero la policía llegó e hicieron que se fuera. Se sintió aliviado, dijo. Afuera del estadio hace frío en la noche, en el agua. Para Hernández, Patton y Steele esta es su primera vez –son buenos amigos en una aventura. Wayne tiene una barba y un aura de asombro perpetuo del calibre de Allen Ginsberg. Conoce a casi todos los guardias de seguridad por su nombre. Calcula haber visto cientos de juegos aquí.

“Quisiera decir que estamos todos muy agradecidos”, dijo Wayne. No hay nada como este lugar en el Parque Candlestick, y lo más parecido a esto que él no ha escuchado está en Filadelfia. “Esto es algo como el Puente Golden Gate –sólo en San Francisco. Durante años he tratado de investigar quién es el responsable de esto. Lo que quiero decir es que mucha gente debe de haber aprobado esto, a muchos niveles.  ¿Pero, en realidad quién fue el responsable? Le daría un beso a esa persona. Es bienvenida a mi casa. Me ha dado mucho”.

Su cara adopta una expresión nostálgica. “Poder gritarle a Vladimir Guerrero sobre sus malas rodillas; cantar “worthless, worthless –a Jayson Werth, de Filadelfia. Werth se quejó con el referí, pero el referí era uno de esos referís a la antigüita y le dijo “’deja de quejarte y vete a jugar’”, Wayne hace una pausa. “Es la verdad –referimos meternos en su cabeza que en su camino. Por eso nos aprendemos los nombres de sus esposas y novias”.

Un equipo de televisión aparece con cables de cámaras detrás de ellos. “¿Cuánto tiempo han estado aquí?”

“Desde las 10 a.m.”, dijo Wayne.

“¿Fueron los primeros en llegar?”

“No”, dijo West, “esos ahí llegaron desde las 2:30 a.m.”. Y señala en dirección a Momolo y Hernández, quienes brindan con latas enormes de Foster’s.

Y así como así, el equipo de televisión va hacia ellos. Se hincan cerca de Hernández, quien servicialmente muestra su tatuaje en la parte izquierda de su cuello para las cámaras. Es el logo de los Gigantes de San Francisco. En la parte derecha del cuello tiene la palabra “Boricua” –el término indígena para puertorriqueños- en una elegante letra cursiva. Nació en la Misión y ha estado yendo a los juegos desde que era pequeño.

“Los medios de comunicación están tratando de sacar una historia sexy y con sabor sobre nosotros”, dijo Wayne. Algo así como “En una mala economía no hay dinero para boletos. Pero prefiero estar ahí. Este es el único asiento a nivel del campo disponible en el lugar. Estoy justo detrás del jardín derecho y veo cómo juegan. Lo llamo la alcoba del ojillo porque me recuerda a cuando era niño  y me asomaba por el ojillo. ¿Ha visto a esas fotos antiguas sobre niños acostados en el piso intentando ver el juego a través de una grieta en una cerca?”

La alcoba del ojillo es espaciosa en comparación a la grieta en la cerca –como una sala grande y ventilada con puertas de barrotes en ambos lados que los vigilantes abren para dejar entrar y salir a la gente. A menudo caben alrededor de 125 personas adentro, y los sacan cuando ya han visto las primeras tres entradas para hacerle lugar a la gente que no ha visto el juego. Los que llegan temprano están aquí porque esperan entrar primero, y tendrán un buen lugar para después volver a entrar durante las últimas entradas. Además, dice West, algunas veces la gente con boletos adicionales a los juegos van a la alcoba del ojillo para regalarlos.

“Saben que aquí es donde están los fans de hueso colorado. Alguien que está esperando, y que no tienen ese do, re, mi para entrar. Por eso traigo esta corbata. Uso esto para identificarme. Sólo un aficionado al béisbol usaría una corbata fea y tonta como esta”.

La alcoba del ojillo en sí misma solía tener boletos –gratuitos y emitidos por el estadio; los regalaban a quienquiera que llegara al estadio a las 8 a.m., el día del juego. Era, dijo West, una forma más amable de hacer las cosas. La gente no necesitaba acaparar lugares durante horas, o hacer que alguien les cuidara sus cosas cuando iban al baño, o vigilarse en términos de quién había llegado en primer, segundo o tercer lugar. Era más bonito, dijo West, pero este sistema actual es más estilo San Francisco. “Es más estricto. Uno entra, pero tiene que estar aquí. Uno tiene que estar en la fila”.

Una mujer con una libreta en mano entra: “¿Cuánto tiempo han estado esperando aquí?”

“Desde las 2:30”, dice Hernández. Voltea la cabeza para enseñarle su tatuaje de los Gigantes que tiene en el cuello. Ella lo admira.

“¿Quiere una PB & J?”, le pregunta Momolo. “Si tiene hambre, puede que tengamos un pedazo de pollo”.

“¿Han dormido algo?” preguntó.

“¡No tenemos que dormir!” dice Momolo como si esta fuera la pregunta más tonta que nadie antes le haya preguntado. Es un día hermoso, es joven y en dos horas más verá cómo los Gigantes derrotan a los Rangers. “Vimos el amanecer juntos. Estamos creando una aventura”.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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