Florentino e Imelda han estado juntos por más de 50 años. Foto de Daniel Mondragón

Una serie ocasional de artículos sobre residentes de antaño de la Misión. 

Todos los cambios que están ocurriendo en la Misión, me hicieron sentir nostálgico. Empecé a recordar cómo era el vecindario hace diez años. Después comencé a pensar en cómo habría sido el lugar diez e incluso veinte años antes de eso, o antes de que yo naciera, hace 25 años.

En realidad, solo había una forma de encontrar relatos precisos sobre la historia de mi vecindario. Tenía que visitar a los residentes que han vivido aquí por mucho tiempo y hablar con ellos.

Primero, abordé a Florentino e Imelda Ortiz, quienes también son mi tío y tía.

Después de mudarse varias veces dentro de la Misión cuando llegaron en la década de los 60, se establecieron finalmente en su casa en la calle 24 en el año de 1972. En conjunto, han vivido aquí más de un siglo. Esto, para mí, significa un sinnúmero de recuerdos invaluables. Aquí están sus historias de cómo solía ser la Misión.

Florentino e Imelda (Mela) Ortíz, en su casa de la calle 24. Foto de Daniel Mondragón

“Nos conocimos en Santiago Papasquiago, en Durango, México en la década de los 50, creo,” dice Florentino. “Tenemos cinco hijos adultos, pero solo tres siguen viviendo en San Francisco. Resulta bastante caro vivir y criar una familia aquí.”

Florentino llegó por primera vez a los Estados Unidos en 1950 con su hermano. Llegaron a Salinas y trabajaron algunos años en diferentes fábricas de conservas, y en los campos.

“La paga no era muy buena, pero en esos días podía comprar un buen par de pantalones Levi’s por un dólar y algunos centavos,” dice Florentino, quien aún sabe dónde encontrar el galón de leche al precio más bajo en la Misión.  (Al parecer, en este momento un mercado de la 24 lleva la delantera cobrando $6.48 por 2 galones).  Phil, el dueño de Phil’z coffee, era quién vendía la leche más barata en su tienda de licores en la calle Folsom, pero dijo que eso fue mucho antes de que iniciara con su negocio de café.

Después de trabajar en Salinas, regresó a Durango, México y después a los Estados Unidos junto con Imelda, quien claramente recuerda el día en que llegó. Fue en un día templado de mayo de 1963. “El mismo clima templado que atrae a todos los estadounidenses a San Francisco. Esa es la razón por la que todos se mudan aquí,” dijo la pareja, que parece no estar consciente del boom del Internet. “Seguro vemos más gente porque aquí nunca cae nieve, y los veranos no son tan fuertes ¡Es el lugar ideal para vivir!”  Cuando les pregunté si sabían lo que era un “techie”, respondieron “Ni idea.” ¿Y Google? “Tampoco.”

Florentino e Imelda han estado juntos por más de 50 años. Foto de Daniel Mondragón

Imelda recuerda que había muchos menos peatones y que no había tantos Latinos. Imelda dice que en la década de los 60, “La mayoría de la gente de la Misión eran Caucásicos, estadounidenses. No fue sino hasta después que la Misión se volvió principalmente de Latinos, al principio éramos minoría.”

Imelda era costurera y tenía cinco hijos que cuidar. Su primer hogar se ubicaba en las calles 21 y Florida. Después se mudó junto con Florentino a las calles 24 y Treat, donde dice que el espacio era tan pequeño que tuvieron que mudarse a las calles 20 y Folsom para así vivir con una familia.  Finalmente, llegaron a su hogar permanente en las calles Hampshire y 24, donde han vivido felizmente desde 1972.

“Los tiempos eran mucho más tranquilos,” dice Florentino pensando en el pasado. “Hubo un momento en que había pachucos casi en todos lados,” dijo, refiriéndose a los jóvenes Latinos bien arreglados. “Vestían trajes anchos y generalmente conducían coches bastante buenos, pero no le hacían daño a nadie. Los vagos que hay en las calles hoy en día son de quienes debemos preocuparnos. Son de los que te disparan si piensan que los estás viendo feo.”

En 2008, un joven que nació y creció en la Misión fue asesinado brutalmente justo afuera de su casa. La pelea inició al final de la calle, pero le dispararon a quemarropa al borde de la escalera de la familia Ortiz.

“Fue algo muy malo y feo. Tuvimos que hablar con la policía aunque no habíamos visto nada. Además, los amigos y familia de la víctima también trataron de obtener información de nosotros. Nosotros les volvíamos a decir que no vimos nada. Se reunieron afuera de nuestra casa por semanas, donde juntaron fotografías y velas para el joven. Fue una época muy triste para la comunidad.”

Florentino Ortíz, quién trabajó como jornalero para el sindicato de San Francisco durante más de 27 años y ahora está retirado- Foto de Daniel Mondragón

Florentino explica que antes del gran influjo de Latinos, había poca competencia en la Misión. Pudo comprar su casa, en parte, porque era mucho más eceonómico, y también, porque el sindicato estaba a favor de dar trabajo a los inmigrantes.

“En una época, los contratistas del sindicato y los encargados buscaban empleados en lugares como la 16 y Misión. En ese tiempo, estaba más limpio y para nada había tanta gente como ahora. Había uno que otro borracho, pero no como ahora. Durante la década de los 80 las cosas decayeron rápido, y las drogas y el alcohol se apoderaron de grandes zonas de la Misión. Todos conocían a alguien que estaba en drogas o en la calle, sin un hogar,” dice Florentino.

Cuando eran jóvenes, solían ir a las “discotecas,” o clubes nocturnos, y al cine. Recuerdan tres: el cine Brava, un cine en la 16 y Misión, y el cine New Mission.

“Mi amor, ¿recuerdas cuando caminábamos a casa juntos después del cine? Era bonito,” dice Imelda mientras mira a Florentino. “Cuando llegamos, fui a ver Caballo Blanco en un pequeño cine en las calles Misión y César Chávez. Fue la primera vez que fui al cine ¡y me dormí toda la película! Ay Dios…”

La pareja dice que la mayoría de sus amigos que migraron y se mudaron aquí en la misma época, eran dueños de sus casas, y que la mayoría ya fallecieron.  Al parecer, comprar una casa era mucho más común en esos días. Cuando se les preguntó si se mudarían de nuevo, dijeron “Aquí somos felices y nunca hemos tenido problemas con nadie ¿Por qué habríamos de mudarnos?”

Es maravilloso ver a un matrimonio que se ha mantenido más o menos tradicional por más de seis décadas en un lugar donde lo único estable es el cambio. Me pregunto si yo también estaré contando la historia de mi hogar a alguien dentro de 40 años. Parece ser algo muy extraño, pero es más cercano a la verdad de lo podemos imaginar.

El matrimonio Ortíz ha estado aquí desde los 50 y no planean mudarse a ningún lado. Foto de Daniel Mondragón

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