De niño, Francisco Camplis aprendió un repertorio de canciones que le hubieran venido muy bien si hubiera estado en Dublín. No importa que Camplis, quien ahora tiene 80 años de edad, haya sido hijo de inmigrantes mexicanos en SoMa. Igual que sus compadres, fue a la escuela St. Patrick’s en la calle quinta y en cada celebración del día de San Patricio aprendía tres canciones irlandesas nuevas. “Nunca aprendimos una canción española, una canción mexicana”, dijo Camplis.

Los recuerdos de Camplis son parte de la historia de los latinos en San Francisco que actualmente la San Francisco Latino Historical Society está compilando. “No registraron nada de nuestra historia”, dijo Anne Cervantes, arquitecta y propietaria de Cervantes Design Associates y fundadora de la sociedad creada hace dos años. Cervantes se refiere a la carencia de historia de latinos en la declaración de contexto histórico de la ciudad –un documento que usan los urbanistas de la ciudad.

Ahora, ese descuido podrá solucionarse. La sociedad ha estado haciendo un proyecto que le ha tomado un año para recabar, investigar, y publicar los recuerdos de veteranos como Camplis. El objetivo es brindar una vistazo amplio a la presencia de latinos en San Francisco.

Tampoco está limitado al Distrito de la Misión, aunque la reciente resolución creó el Distrito de la Calle 24 para reconocer la importancia de la influencia de latinos en la cultura en la Misión. Al principio, los latinos ocuparon otros barrios como South of Market y North Beach.

En la primera reunión de la sociedad, Camplis, quien a pesar de su adquisición de canciones irlandesas se convirtió en uno de los fundadores en 1970 de Galería de la Raza en la calle 24, investigó sobre las raíces latinas en la ciudad. “Ha habido una presencia mexicana en San Francisco desde la época de los 20”, explicó, y su propia historia pertenece a esa época.

Su padre fue uno de los muchos costeros mexicanos en venir aquí que abordaron un barco en Acapulco y desembarcaron en San Francisco para trabajar en los puertos. “Éramos una gran fuerza de marítima, los hombres eran en su mayoría trabajadores portuarios”, dijo.

Su padre trabajó limpiando barcos en el astillero del sindicato de barcos y en el de pintores, uno de los peores trabajos, dijo Camplis. “Me duele que nuestra nuestras contribuciones laborales no estén ahí”, de la misma forma que la historia ha registrado el movimiento de los trabajadores agrícolas, dijo y agregó que muchos mexicanos pertenecieron al Sindicato Internacional de Estibadores que participó en la huelga general de 1934 y paralizó San Francisco.

De pequeña, la madre de Camplis trabajó en una tamalería vendiendo tamales en patines para los trabajadores de las calles segunda y tercera. Poco después, trabajó en las fábricas de enlatados y almacenes con un salario de 12 centavos la hora.

Camplis nació en una casa que daba a los tribunales del Hall of Justice. Fue una época, recordó, cuando los mexicanos estaban tanto orgullosos de su identidad como profundamente conscientes de la discriminación. Camplis creció escuchando lo que le había sucedido en 1933 al jugador de béisbol Tony Gómez, quien también creció en las calles al sur de Market.

“Él tuvo la oportunidad de mostrar lo que podía hacer en el estadio de los Seals” en las calles 16 y Potrero, dijo Camplis; sin embargo, el propietario y entrenador le ordenó a Gómez que se saliera porque era “demasiado moreno”. Era una historia, dijo Camplis, que motivaba a muchos mexicanos a identificarse ante agentes como españoles en lugar de mexicanos.

Aun así, los inmigrantes tenían lazos estrechos con su madre patria. Cuando el presidente Lázaro Cárdenas nacionalizó la industria petrolera en 1938 y el mundo reaccionó con embargos y otras medidas financieras, los mexicanos tenían tardeadas o fiestas para recaudar dinero y poderlo enviar a casa.

Camplis recordó una tardeada en Ocean Beach cerca de Playland, un parque de diversión abierto entre 1928 a 1972. Los organizadores hicieron una cárcel ficticia y emitían multas, como por la ficticia violación de usar un sombreros por ejemplo, y luego hacían que dos bellas mujeres vestidas de sheriffs arrestaran a los hombres con sombrero. “El dinero de la “fianza” le ayudaba a México durante el la díficil época de la nacionalización del petróleo.

Camplis asistió tanto a la Universidad de San Francisco como a Stanford, y se ganó la vida como administrador federal. Aun así, también hacía obra artística y fue ese interés lo que le llevó a la Misión y a unirse a la escena de arte local.

Recuerda el día que el artista nicaragüense y curador Rolando Castellón le dijo que él y un grupo de artistas tenían la oportunidad de rentar un lugar en la calle 14, cerca de la calle Valencia. Lo único que necesitaban era $300 o $400 y Camplis lo tenía de otra organización artística sin fines de lucro con la que estaba participando. “Y ese fue el comienzo de Galería”, dijo Camplis.

En las siguientes semanas, publicaremos más artículos en la nueva serie de Mission Local titulada archivos históricos. Próximamente, tendremos artículos sobre Gloria Ramos, la primer latina en graduarse de UC Berkeley con un título de arquitectura así como investigadora de la historia de latinas en North Beach; Jim Salinas, el primer presidente ejecutivo del sindicato de carpinteros, que en realidad estaba convencido de ser irlandés; y de Bob Domínguez, quien vivió en la Misión durante 28 años, enseñó clases de ESL en la Universidad Comunitaria y ha rastreado el movimiento de latinos desde las iglesias en North Beach a SoMa, y Calle 24.