Eran casi las siete de la mañana del 15 de septiembre de 2010. Steve Li estaba en piyama cuando escuchó que alguien tocaba fuerte la puerta. Li fue a despertar a su mamá para ver si esperaba a alguien. No, contestó ella. El toquido siguió, y se levantó para abrir la puerta mientras Li iba al baño. Fue entonces cuando cinco agentes vestidos de negro entraron al pequeño departamento en San Francisco, y rápidamente comenzaron a registrar billeteras en busca de pasaportes y tarjetas de identificación. Los agentes abrieron la puerta del baño y encontraron a Li lavándose los dientes. Vístete, le exigieron.

“¿Qué están haciendo aquí?” ¿Por qué están en mi casa?”, preguntó Li.

Mientras la mamá de Li se vestía en su cuarto, los agentes sentaron a Li en la cocina y le informaron que lo deportarían de los Estados Unidos. Lo llevaron afuera, lo esculcaron, lo esposaron y se lo llevaron en una camioneta negra con ventanas polarizadas. Li estaba en camino a una celda de detención en las oficinas centrales de San Francisco en la oficina federal de aduanas e inmigración (ICE, por sus siglas en inglés).

Media hora antes, Li se estaba preparando para ir a la escuela en la Universidad Comunitaria de San Francisco.

En la actulidad, Li es uno de los más de un millón de jóvenes adultos indocumentados en el país que se podrían beneficiar de la nueva política de inmigración del presidente Barack Obama que fue anunciada en junio. Bajo dicho plan, algunos inmigrantes menores de 30 años de edad no tendrán que enfrentar la inmediata deportación y podrán solicitar un permiso laboral temporal.

Li, quien tiene permitido permanecer en los Estados Unidos después que la senadora Dianne Feinstein presentó un proyecto de ley privado a su favor, está feliz de la noticia, pero también escéptico. “Con la cifra récord de deportaciones de Obama, el hecho de que no sepamos qué sucederá en la elección de noviembre y por mi propia experiencia con la deportación, soy precavido”, dijo.

Asimismo, los permisos laborales concedidos bajo la iniciativa del presidente sólo ofrecen un aplazamiento de dos años antes de ser deportado; los aplazamientos son renovables, pero no son un camino a la ciudadanía. “Uno sigue en el limbo”, dijo Li, quien —aunque está listo para transferirse a UC Davis este otoño— se enfrenta a una vida de incertidumbre. El proyecto de ley de Li se vence en enero, y Feinstein debe volver a presentarlo para que se apruebe. Li vive solo porque sus papás fueron deportados. Li trabaja como tutor para poder pagar la escuela.

¿Cómo es que alguien puede seguir viviendo al saber que las cosas pueden cambiar de manera drástica en tan sólo unos cortos meses? Para Li, es una lucha entre avanzar con sus planes y decir adiós a todo lo que conoce aquí. Sin embargo, a Li no le gusta hablar de eso y es difícil para él volver a vivir la mañana que vivió en septiembre.

La historia detrás de la detención, la liberación y estancia del muchacho de 21 años de edad Shing Ma “Steve” Li es complicada. Aunque los papás de Li son de China, se mudaron a Perú en la época de los 80. Es ahí donde Li nació y vivió hasta 2001, cuando su familia llegó a los Estados Unidos y se asentó en Nueva York tenía doce años.

Entre ese momento y el día en que los agentes de ICE registraron su hogar, los papás de Li nunca le dijeron que era indocumentado. No cabe duda que tenía momentos de duda de ser un ciudadano estadounidense, como aquélla vez que cuestionó por qué no podría adquirir una licencia de conducir cuando era adolescente, pero siempre le dijeron que se estaba procesando la solicitud de asilo político. Es por eso que Li estaba asombrado la mañana en que los agentes de inmigración le preguntaron cuál era su estatus legal.

“¿A qué se dedica?” le preguntaron. “Voy a la escuela de enfermería”, contestó. “Pues, es indocumentado y lo deportaremos a Perú”, dijo.

Li no conoce a nadie en Perú. Aunque pasó los primeros doce años de su vida ahí, lo único que recuerda es haber ido a la escuela; no siente familiaridad con las costumbres del país. Su ligero acento, que no es ni chino ni español, es el único indicio tangible de que no es un nativo estadounidense.

Li mide cinco pies y diez pulgadas; sus sonrisas son grandes, y a los 21 años sigue trabajando en su confianza. Su naturaleza amable se puede confundir por inocencia. Li no sería capaz todavía de poder manejar la odisea de ser deportado a Perú.

No obstante, los agentes de inmigración estaban determinados a que se fuera. Después de la redada a su hogar, se llevaron a Li a una celda de detención en la oficina de ICE en San Francisco.

Más tarde esa misma noche, fue transportado a la cárcel del condado de Sacramento la cual fue su hogar durante las siguientes tres semanas y media y en donde estuvo a lado de pandilleros y vendedores de drogas. “Estaba espantado. No dejaba de preguntarme por qué estaba ahí”, recordó Li. “Era tan sólo un estudiante y nunca he hecho nada malo, y estaba ahí en una cárcel del condado”.

Escuchó que sus papás también habían sido llevados a la cárcel del condado de Sacramento por un breve periodo antes de que lo dejaran libre, así que cuando lo transportaron a las instalaciones de inmigración en San Francisco, Li pensó que él también se iría a casa. Pero, estaba equivocado.

Después de 12 horas de espera, los agentes le dieron a firmar un papel. Li se iría a Arizona, decía, y si no firmaba, se enfrentaría a cinco años de cárcel.

Sus ruegos por llamar a casa le fueron negados. Nadie sabrá a dónde voy, pensó.

Durante un rato, nadie lo supo. “Era completamente extraño porque le había enviado un mensaje de texto unos días después que los agentes de ICE se lo llevaron, y no tuve idea”, dijo Alan Herrera, un buen amigo de Li. “Pasé como un mes sin saber nada de lo que le había sucedido a Steve”.

Mientras los amigos luchaban por ponerse en contacto con Li, iba en un autobús de ICE con otras cien personas. Los asientos eran de metal y el ambiente estaba lleno del ruido que hacían las esposas que tenía en las muñecas y tobillos.

Una vez que se bajó del autobús, había un avión esperando en el aeropuerto privado de Oakland. El avión voló a Los Ángeles para recoger a más pasajeros, luego a San Diego, en donde aquéllos que eran de México fueron deportados.

Veinticuatro horas después de que Li abandonó la oficina central de ICE en San Francisco, el avión que ahora tenía 200 personas, llegó a Arizona. Li no comió ni una sola vez.

Tan pronto como vio el complejo de apariencia militar con cercas de alambre de púas, fue que comprendió.

“Vi el alambre y pensé que uno escucha cuentos de horror de personas que han estado en Arizona y que se quedan en la cárcel del condado y que han estado de un lado al otro”, recordó Li. “Me dijeron que era un lugar horrible en donde estar y que todo mundo iba a ser deportado”.

Durante tres días, Li y otros inmigrantes esperaron en una sala del tamaño de una cafetería de una preparatoria, durmiendo en el piso hasta que les asignaron a un oficial de celda. Entre el grupo había estudiantes de 18 años de edad que habían sido detenidos por multas de tránsito, así como algunos atrapados al cruzar la frontera, cubiertos de lodo y tierra. Li podía oler el sudor en ellos.

Después de dos días de detención en Florence, Arizona, pudo llamar a casa y explicar su situación. Poco después, se supo de su detención.

“Había escuchado que inmigración se llevaba gente, pero en mi mente se trataba de ellos llevándose a delincuentes. Cuando escuché que era mi amigo, quien estaba haciendo algo positivo, pensé que era un chiste cruel y práctico”, dijo Herrera.

Lisa Chen, defensora de la comunidad con la Comunidad Asiática para el Derecho, una organización de derechos civiles y legales que tomó el caso de Li, recuerda qué rculos ﷽﷽﷽﷽icaron artnicacios Unidos durante cierto periodo de tiempo. Cuando ICE lo nego”en la co que hacshackles* esposas que .ápido la comunidad se manifestó a favor de Li.

Un grupo de amigos escribió cartas a Feinstein, comenzaron peticiones y organizaron conferencias de prensa y manifestaciones de la comunidad.

Sang Chi, exprofesor de estudios asiaticoestadounidense de Li, le leyó los comentarios por teléfono que la gente le dejaba en su página de Facebook.

“Eso fue lo que realmente me sostuvo durante un rato, fue el saber eso”, dijo Li.

No obstante, eso no podía durar mucho. Después de dos semanas lentas, la realidad de su situación se asentó. “Entonces como que me di por vencido”, recuerda. “Me sentí indefenso al estar en un centro de detención. No había nada que pudiera hacer”.

Asimismo y durante un rato, no hubo mucho que nadie pudiera hacer. Sin Yen Ling, su abogado, había agotado todas las opciones, con todo y la petición de acción diferida, una apelación de último momento que le permitiría a Li permanecer en Estados Unidos durante cierto periodo de tiempo. Cuando ICE se lo negó, los medios de comunicación local publicaron artículos titulados “Sólo un Milagro Podrá Salvar a Steve Li”.

Vuelva mañana para leer la segunda parte de este artículo.

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