Para finales del mes de agosto, cuando la violencia entre jóvenes suele aumentar, los trabajadores sociales de la Red de Respuesta para la Comunidad llevó a un grupo de adolescentes de alto riesgo a Yosemite para que se escaparan de las calles.

Un mes más tarde, uno de los muchachos de 15 años de edad que había participado en la excursión fue arrestado en conexión con el asesinato de Gaspar Puch-tzek, el cocinero de 22 años que trabajaba en Hog & Rocks y quien fue confundido por un miembro de la pandilla rival.

“[Él] es un ejemplo perfecto de los jóvenes que son parte de estas balaceras”, dijo Ricardo García-Acosta, director de la Red de Respuesta para la Comunidad Noroeste; “en general son buenos muchachos… sólo están tratando de probarse”.

García-Acosta y su equipo de trabajadores para promoción de la comunidad se reunieron por primera vez con el muchacho de 15 años en cuestión, en la excursión en Yosemite. El departamento de libertad vigilada lo había referido.

“Lo habían mostrado como una historia de éxito”, dijo García-Acosta, y tanto él como su equipo podían ver por qué; “inmediatamente nos dimos cuenta que era el líder en el grupo”.

A diferencia de los otros en el viaje, el muchacho de 15 años decidió levantarse todas las mañanas para ir a escalar a las 6 a.m. Fue voluntario cada vez que tenía la oportunidad de serlo, y para finales del campamento, lo trabajadores de fomento de la comunidad habían charlado sobre conseguirle un trabajo y hacer pronto fuera a la universidad.

Entonces, ¿cómo es que un muchacho de 15 años de edad pasó de escalar Half Dome con sus amigos a dispararle en la cara a un hombre inocente, tan sólo unos días después? Aquéllos que trabajan con adolescentes en riesgo, se lo atribuyen a varios factores.

Asimismo, hablaron de las formas en que pueden trabajar con adolescentes, y la delgada línea entre un adolescente intranquilo y uno en una grave crisis; además, se les advirtió sobre el hecho de condenar a un muchacho de 15 años que todavía no ha sido encontrado culpable de nada.

“Es el resultado de que estos niños crecen en un medio ambiente tóxico”, dijo García-Acosta; “en algunas situaciones, estos muchachos tienen dos opciones: subirse a dar la vuelta o ser un rebelde y poner en riesgo a su familia”.

Tracy Brown-Gallardo, codirectora de la Red de Respuesta para la Comunidad, conoce ese sentimiento. “De alguna manera, nosotros le fallamos a ese muchacho”, dijo; “cualquier cosa que suceda en la Misión es culpa de todos nosotros”.

Cada vez que estalla la violencia, el equipo de la Red de Respuesta para la Comunidad va a la calle para crear un fomento comunitario y manejar la crisis. La red, con raíces sólidas en la comunidad, ha sido un elemento clave en hacer que un tiroteo de pandillas se convierta en muchos, según la policía y otras organizaciones sin fines de lucro.

“Hay muchos muchachos que no terminan como él porque pasamos más tiempo con ellos”, dijo Ray Balberán, consejero para la red. A menudo, dijo, los muchachos buscan otra opción antes de recurrir a la violencia.

Aunque es difícil cuantificar la violencia que no sucede, la Red de Respuesta para la Comunidad guarda un registro de los informes presentados después de las intervenciones exitosas contra la violencia. Desde 2009, los estudios de casos se han responsabilizado por al menos 25 instancias de prevención de violencia.

Según un caso de 2010, por ejemplo, una posible guerra entre pandillas se evitó gracias a una serie de mediaciones dirigidas por trabajadores sociales entre miembros de pandillas de ambos lados en un sangriento incidente.

En marzo de 2010, después de que, sobre la calle 24 un adolescente pandillero haya apuñalado a una muchacha samoana en la cara, la Red de Respuesta para la Comunidad intervino inmediatamente. Una persona del equipo fue al hospital para mostrarle su apoyo a la víctima y a la familia mientras que otros se movilizaron para tener una reunión de emergencia con los llamados “líderes” de ambos lados, quienes tienen cierto control en cuanto a la reacción de los aliados.

Las subsiguientes reuniones con el papá de la víctima y la pandilla en cuestión, se acordó una tregua entre ambas partes.

“Si no hubiera sido por nuestros cercanos vínculos con la comunidad, no hubiéramos podido tener la credibilidad para resolver el conflicto”, precisaba el informe.

El vigor de la Red de Respuesta para la Comunidad, opinaron funcionarios, recae en los vínculos que tiene con otras organizaciones con base en la comunidad, incluyendo HOMEYSF, el Club para Niños y Niñas y el Centro de Recursos Centroamericanos el cual ofrece servicios de eliminación de tatuajes para ayudarle a expandilleros a que comiencen una nueva vida.

El Departamento para la Infancia, la Juventud y sus Familias financia 19 programas de prevención de violencia en la Misión, incluyendo a la Red de Respuesta para la Comunidad, la cual recibió $1 millón de dólares el año pasado y $850,000 este año.

El problema, dijo García-Acosta, es que la organización, la cual había recibido alguna vez financiamiento para operar como una red ahora es financiado como un programa individual fomento comunitario, el cual limita su habilidad para establecer y mantener nuevos vínculos en la comunidad.

Diana Oliva-Aroche, gerente de políticas organizadas para la prevención de violencia con el Departamento para la Infancia, la Juventud y sus Familias, acordó que necesita haber más comunicación entre los esfuerzos impulsados por la comunidad y el Ayuntamiento.

“No pueden trabajar aislados porque es el gobierno municipal el que ofrece el financiamiento… y esa es la realidad”, dijo.

La realidad en las calles es algo completamente diferente. Las armas, no los puños, han sido el arma de fuego de operación desde mediados de los 80.

“Cuando uno está manejando un auto y… te chocan …en ese entonces uno se bajaba y los golpeaba”, dijo un expandillero quien ahora trabaja como agente de libertad vigilada; “en la actualidad, no es así… es violento”.

Oliva Aroche dijo que la ciudad planea centrarse en un control de armas el próximo año después de finalizar el presupuesto anual.

“Tener a una autoridad competente no es la única solución: la solución es eliminar las armas de las calles”, dijo; “no sólo de vendedores locales; es un problema regional y estatal… y lo que se ha hecho no es suficiente”.

El agente Director de Libertad Vigilada William Sifferman cree que las pandillas se están convirtiendo más en una institución social prevalente porque prometen riqueza en un panorama económico cada vez peor.

“Las pandillas ofrecen apoyo, guía, dirección, educación y el hilo conductor de una familia”, dijo Sifferman; “estos son componentes atractivos, incluso aunque sea un grupo de individuos cuyos valores están considerablemente retorcidos y sean anti-sociales”.

Carlos Disdier, especialista de salud mental en el Instituto Familiar de la Raza, el cual el año pasado comenzó a ofrecer servicios de orientación en escuelas de la Misión, estuvo de acuerdo.

“Escuché que los niños de 11 años opinan que quieren ser pandilleros cuando crezcan”, dijo Disdier; “las pandillas ofrecen un sentido de pertenencia, un sentido de familia… y nosotros trabajamos con esos niños para ofrecerles alternativas a eso”.

En 2010, 69 menores de la Misión fueron fichados por cargos penales a través del Centro de Libertad Vigilada para Menores de San Francisco, según el informe anual del centro. Más de la mitad de los cargos eran por asaltos o agresión mayor. Dicha cifra se compara con 75 en 2009 y 66 en 2008.

“Para cuando llegan aquí, la policía ya está involucrada”, dijo Disdier.

Pocos creen que los centros de detención de menores sean la respuesta. La encarcelación de menores, la cual le cuesta al estado un promedio de $88,000 dólares por cada menor al año; ha hecho muy poco en reducir la violencia en comunidades de los Estados Unidos, según el nuevo informe de la Fundación Annie E. Casey. El informe, el cual se basa en 40 años de información, también subraya la tasa de 72% de reincidencia para menores en los primeros tres años de su puesta en libertad.

Durante el año pasado, Disdier trabajó con alrededor de 35 menores. Muchos de sus clientes eran agresivos y desafiantes ante sus padres, dijo. Desde que comenzó a trabajar en el Instituto en 2008, se dio cuenta de un distanciamiento entre adolescentes y padres de familia que es único en barrios con una gran población de inmigrantes, como la Misión.

“Sus papás venían aquí con un sueño específico y para darles una mejor vida a sus hijos”, dijo Disdier. Después de todo lo que han sacrificado, sus padres creen que sus hijos son malagradecidos.

“Estamos aquí para cerrar esos huecos entre hijos y padres, para ofrecer un espacio seguro en el que puedan compartir sus historias”.

Aunque Disdier trabaja para volver a establecer a los jóvenes abatidos con sus familias, Valerie Tulier, directora del Centro Mission Beacon, ofrece un hogar lejos de casa.

“¿Quién quiere galletas?” preguntó Tulier en una reciente tarde de martes, su voz se podía escuchar en toda la sala de recreación en donde una docena de alumnos se había reunido después de la escuela para socializar y hacer su tarea.

“Si estos niños se nos van de entre las manos, se convertirán en el muchacho de 15 años que está tratando de ganar su rango, que intenta pertenecer”, dijo Tulier; “les damos un medio ambiente seguro durante las horas peligrosas de 3 a 6 de la tarde”, dijo ella en referencia a la hora en que ella cree ser cuando sucede la actividad violenta.

De los 120 alumnos de Mission Beacon con quien trabaja, entre 60 y 70 tienen factores de riesgo como bajos puntajes en pruebas y referencias escolares, dijo Tulier.

Edania Rivera, de 14, alumna en la Preparatoria O’Connell que está a ocho cuadras de ahí, llega todos los días después de la escuela a Mission Beacon.

“Si no viniera aquí, estaría en las calles”, dijo Rivera; “es como la familia. A Valerie le digo tía”.

Mientras tanto, Tulier se prepara para llevar a un grupo de alumnos de excursión a un festival indígena en Alcatraz.

“Llevamos a los muchachos ahí para que establezcan un vínculo con la historia y su cultura”, como a los indios americanos, dijo Tulier; “se trata de enseñarles… a ser un guerrero por su comunidad en lugar de que estén en contra de ella”.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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