Todo sucedió mientras ella estaba en la regadera.

“Lo recuerdo con exactitud”, dijo Miriam Zouzounis, quien tenía 13 años de edad el once de septiembre de 2001. “Mi mamá entró y estaba horrorizada”.

Zouzounis, quien es mitad palestina y mitad griega, fue a la escuela ese día. Alguien le dijo “todo es por tu culpa”, ese comentario todavía le duele.

A medida de que se acerca el aniversario de los ataques terroristas, los residentes en todo el país recuerdan lo que hacían ese día y con quién estaban ese día. Como dijo un residente de la Misión: “ahora el mundo es diferente”.

Samir Khoury en su tienda donde vende productos del Medio Oriente. Foto por Molly Oleson.

Sin embargo, aparte de Nueva York y Washington es posible que no haya ningún otro grupo tan afectado como la comunidad árabe-estadounidense. Para ellos, en especial para los adolescentes, la distancia entre San Francisco y Nueva York importa muy poco. Para ellos, el 11/9 fue el día del juicio final.

El incidente provocó en Tina, quien entonces tenía 15 años de edad, el reconocimiento de la discriminación. Tina, quien ahora tiene 25 años de edad y es hija de un tendero de abarrotes del medio oriente, recuerda a su hermano regresar de la escuela más temprano que de costumbre. “Enviaron a todos los niños árabes a sus casas porque tenían miedo de lo que podía pasar”, dijo.

Esa noche, la línea de atención telefónica las 24 horas, 7 días a la semana fue creada por el Centro de Organización y Recursos Árabes, el cual ahora está en el 522 de la calle Valencia. “La gente sabía que iba a haber problemas inmediatamente”, dijo Lily Askel, de 29 años y quien es la directora ejecutiva. El centro calculó en 2005 que había alrededor de 120,000 árabe-estadounidenses viviendo en el Área de la Bahía, de acuerdo con el periódico San Francisco Chronicle.

Los reportes de delitos por odio y comentarios discriminatorios en servilletas y notas se encuentran en la carpeta de reportes de incidentes.

“Después del once de septiembre, alguien incluso llegó con una piqueta”, dijo Askel, “llegaron y tenían a nuestra oficina como blanco”.

Samir Khoury, de 75, propietario de Samiramis Imports en el 2990 de la calle Misión, todavía recibe amenazas. “Cuando algo pasa [que tenga que ver con el Medio Oriente] me llaman con amenazas”, dijo. Una vez se asustó tanto que le habló al FBI.

Además, sus ventas bajaron. “Tal vez esa sea una forma en la que muestran no querer apoyar a los negocios del medio oriente”, dijo Khoury.

Tina también se la vio difícil. “Era muy difícil al principio porque la gente piensa automáticamente que sólo porque somos árabes somos terroristas”, dijo.

Para otros en la Misión, el 11/9 les trae recuerdos de sorpresa y confusión.

“Al principio pensé que sólo había sido un accidente”, dijo Joe Readel, de 26, quien es alumno de música en la Universidad Comunitaria, “no me había dado cuenta lo mal que estaba hasta que lo vi en la televisión”.

Algunos, como Maddy Boom, preferirían que no se lo recuerden todo el tiempo. “Para ser honestos, lo ignoro”, dijo la gerente de escenarios del Teatro Brava, quien tiene 26 años de edad. No aguanta pensar en cuando visitó el hogar de su abuelo en Nueva York poco después de los ataques.

“Su patio tenía tres pies de ceniza”, dijo, “daba mucho miedo pensar que estaba tan cerca que su departamento estaba cubierto en ceniza”.

Abigail Edber, cliente del Teatro Brava, sólo tenía 12 años en ese entonces pero era lo suficientemente grande como para saber que las cosas no serían iguales nunca.

“Sólo quería que fuera algo normal”, dijo, “quería que los adultos dejaran de llorar y quería que todo volviera a ser como había sido”.

Su papá le dijo que las cosas no iban a ser como antes, “tú sabes, la verdad es que quiero que las cosas vuelvan a ser aburridas”, dijo.

Caroline Kangas de 20 años de edad, quien ahora trabaja en 826 Valencia, dijo que el trabajo de su mamá en el departamento de itinerarios en la aerolínea Alaska Airlines le recuerda que el once de septiembre no terminó ese día. “Cada vez que hay una medida de seguridad que se implementa a un nivel más alto, el itinerario cambia y afecta nuestro trabajo”, dijo Kangas.

El once de septiembre se subió al autobús y fue a la escuela. “De cierta forma, fue surreal”.

Para Mayuma Hikita fue bastante surreal, quien tiene 28 años de edad. La alumna de la Universidad Comunitaria trabajaba en una guardería en Japón. Hikita era responsable por un niño de cuatro años de edad cuyo padre trabajó en las Torres Gemelas.

La mamá del niño llegó a recogerlo inmediatamente y se fueron para Nueva York. Hikita nunca se enteró si el papá había sobrevivido o no.

Algunos en la Misión opinaron no entender lo que sucedió. Jorge Blanco, de 62, iba camino a su trabajo en Mill Valley cuando vio a una mujer llorando enfrente de su computadora. “Estaba confundido”, dijo, “no hablo Inglés”. No fue sino hasta las 4 de la tarde cuando se enteró de lo que había sucedido.

Rohina Malik, dramaturga galardonada de Chicago, se sintió inspirada para explicarle a la gente lo que había pasado el once de septiembre. Esta semana, trajo a San Francisco su monólogo titulado “Unveiled”, en el cual se esfuerza por disipar el odio que proviene del miedo y la ignorancia.

“Mi esperanza es que la gente se vaya del teatro con una percepción de los musulmanes como seres humanos y no como si fueran ‘otros’”.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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