Cuando solía tener un compañero de piso que tenía coche, había alguien que solía hacer popó detrás del auto. Era una agradable propiedad en donde hacer popó en privado —el auto estaba a un lado, la cerca en el otro y había un piso de tierra que, me imagino, hacía del lugar un ambiente más ecológico y rústico que la cochera de asfalto del vecino.

Era difícil saber cómo sentirse con esto. No muchas personas se mudan a una de las ciudades más hermosas en el mundo a la espera de encontrar popó en la banqueta. Pero ya me habían advertido que esto era algo que podía esperar en San Francisco. Un residente de la Misión que conocí en un largo viaje en Amtrak camino a Filadelfia hace algunos años, se sinceró después de varias horas de hablar sobre nuestra respectiva niñez, viajes y encuentros con la ley y terminó confesándome que con lo que más trabajo le había costado lidiar, espiritualmente hablando, era con no odiar a quien quiera que haya sido la persona que se hizo popó en la maceta de flores que tenía en su patio.

En ese entonces, cuando me contó esta historia, el orinar y defecar en público todavía era legal en San Francisco. Algunas veces, los agentes daban multas por cosas como “deshacerse de desperdicio peligroso de manera ilegal”, pero el acto en sí mismo no se hizo ilegal hasta 2002 cuando hubo un polémico debate con la Junta de Supervisores (un supervisor quiso retrasar la prohibición hasta que la ciudad pudiera comprobar que tenía suficientes baños públicos para ofrecer una alternativa legal a los posibles infractores) que obtuvo un voto unánime en favor de la prohibición y en multar a las personas que incurrían en dicho acto con multas de entre $50 y $500 dólares.

Las consecuencias de la prohibición no están claras.

La información recabada por los empleados del Distrito para Beneficio de la Comunidad del Tenderloin y del Norte de Market, el cual contrató a personal adicional para que limpiara las banquetas dentro de sus límites, reportó casi 10,000 “incidentes de desperdicio humano” documentados en el Tenderloin.

La inquietud sobre el problema de popó en la ciudad se expande a su colección de información. Le tomó a Brent Bucknum de Hyphae Design, con base en Oakland, quien compiló la información en una hoja de cálculo, más que un breve periodo de tiempo para darse cuenta de lo que estaba viendo. “No decía  ‘popó’”, dijo, “había un renglón para agujas, basura y luego un renglón para ‘incidentes’”.

Dicha información no existe para la Misión porque el Departamento de Obras Públicas, el cual es responsable por limpiar cualquier cosa horripilante que pase en el derecho de paso del peatón, no tiene un renglón por separado para el popó.

El Departamento de Obras Públicas informa que entre los años 2006 y 2010, el porcentaje de inspecciones en aceras sin rastro de heces, agujas, vidrio roto y condones aumentó a 55.4 de 34.1 por ciento.

Bucknum estaba trabajando con la información porque, en conjunto con el Distrito para Beneficio de la Comunidad, estaba solicitando un subsidio para la comunidad por parte de la ciudad para instalar dos baños públicos ecológicos en lugares para estacionamiento en el Tenderloin —habiendo tomado la idea de los parklets— los cuales creó REBAR, con base en la Misión, y los convirtieron en lo que coloquialmente se conoce como pooplets.

Bucknum, quien tiene un trayecto en construcción de baños artísticos (uno hecho de látex envuelto en mecate, fue diseñado para imitar al servicio humano digestivo) parece estar emocionado con la oportunidad de crear un modelo más cívico y “hemos estado usando vidrio a prueba de balas”, dijo Buckman emocionado. “Van a ser accesibles para gente con discapacidades”.

Se enamoró del diseño de baños ecológicos cuando los construyó en México, India y Nepal. “No todos esos países quieren baños con cadena”, dijo Bucknum decepcionado. “Ahora quiero que los occidentales se conviertan a los baños de composta para que el resto del mundo los vuelva a querer”.

Los baños de composta costarían alrededor de $50,000 dólares por pieza —alrededor de una quinta parte del costo de los baños que instaló la compañía de publicidad JC Decaux en áreas con mucho tránsito (aunque Decaux, el cual ofrece baños gratuitos a cambio de poder poner anuncios en la parte lateral de los baños, pagó por la instalación de dichos baños). Como no tienen toma de agua se necesitará que haya un personal de aseo que esté certificado en el tratamiento de desperdicio en el lugar de origen así como en manejo de desperdicio.

También existen algunas dudas en cuanto a si en realidad se usarán para composta o no. El desperdicio humano es, en teoría, una maravillosa composta. Nos alimentamos bien y por eso nuestras heces están llenas de nitrógeno, fósforo, potasio, carbono y calcio.

No obstante, incluso cuando se calienta al nivel en el que cualquier patógeno orgánico pueda ser destruido, incluso la caca del mejor nivel tiene muchos químicos. Los residentes de San Francisco ingieren la píldora anticonceptiva, antidepresivos, medicina para la tiroides, esteroides, pastillas para el dolor, antibióticos, metanfetaminas, etc. Es posible que ya haya hormonas sexuales en el agua, pero hasta ahora, el departamento de salud medio ambiental de la ciudad insiste en que no haya composta. (Bucknum sostiene que espera que terminen por aceptarla aunque sea para jardinería).

Son las preocupaciones de las esperanzas utópicas y antiutópicas del proyecto en sí lo que nos trae recuerdos del Jardín de la Victoria en el Ayuntamiento, en el cual asignaron a un guardia de tiempo completo (según el rumor) para asegurarse de que no hubiera ningún indigente que hiciera popó en las lechugas y desencadenará una epidemia de hepatitis en la cocina de sopa.

No será hasta que tengamos un mayor Distrito de Beneficio para la Comunidad— como el que hay en la Misión, entre las calles 21 y 22— que podremos hacer que avance el financiamiento para una ráfaga de instalación de baños públicos.

Sin embargo, muchos residentes del barrio, incluso quienes no tienen un techo, dan lo mejor de sí para ser buenos ciudadanos. Al deambular entre las comunidades de campistas y carpas en los intersticios del barrio, me he encontrado con gente que acampa a lado de drenajes con cajas que usan como baños y terminan por hacer un eficiente uso del sistema de aguas negras de la ciudad de la misma forma en que lo hacemos. Estas personas son profesionales, del tipo de gente que puede meterlo en una discusión delicada sobre la política de la ciudad relacionada con indigencia mientras que discretamente destapan una botella de Nalgene con su propia orina y la vacían por el drenaje de aguas negras.

Además, de acuerdo con el Departamento de Salubridad, el popó en la calle no es lo más maravilloso, sino que sus efectos en el ciudadano promedio no es la principal prioridad dado que la mayor parte de la gente suele mantenerse al margen. “Si la gente (miembros del público) tocan heces humanas, las pisan o se la comen, es un tipo de información que no nos ha llegado”, contestó Eileen Shields, de Relaciones Públicas, cuando Mission Loc@l le preguntó sobre el riesgo que representaría para el habitante citadino promedio.

Es difícil decir si la prohibición de 2002 ha tenido alguna consecuencia o no. Para el observador casual, las banquetas en la Misión se ven casi iguales. Pero los casos raros sí terminan por llegar a los tribunales de la comunidad de la Misión ya que la gente, casi una década después, recibe multas o un juicio por delito menor o por medio de un tribunal de la comunidad.

No es ningún consuelo, eso sí. Pero hasta que no haya un día mejor, nos conformaremos con lo que nos den.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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