Traducido por Andrea Valencia

Es un día hermoso y soleado en San Francisco, y por primera vez la multitud que se apiña afuera de Mitchell’s no aparenta estar bajo peligro inminente de congelarse. El fanatismo del helado que muestran los clientes de Mitchell’s es ferviente, y a menudo guiado en una ignorancia voluntaria que viene por temporadas. La multitud se reúne en espera de que llamen sus turnos, sea día o noche, llueve o relampaguee, nieve o truene, en septiembre o en enero. Los niños en la multitud bailan unos con otros para no enfriarse y como un mecanismo para atraer la atención. A uno se le puede perdonar el hecho de sospechar que este sea el mismo grupo de personas, en crecimiento, que estuvieron aquí cuando abrió el local en 1953.

“Mi abuelo solía traerme aquí cuando era niño”, dijo un cliente, un muchacho con una cara dulce que comía helado de melón mientras estaba sentado afuera en una banca. “Él siempre pedía el helado de ubi”. A su lado, un bebé con cabello rizado se inclina y con la lengua prueba experimentando un helado doble de aguacate y lúcuma que la mujer que lo carga está sosteniendo. Juzgando por las relativas cantidades de diferentes colores de helado que cubren la boca del bebé, el aguacate va ganando.

Ubi es la palabra Tagalog para el ñame color morado brillante y el cual crece en las Filipinas. La lúcuma es el sabor de helado más popular en Perú. Sabe a miel de caramelo y a dulce quemado, y también sabe a paraíso. El helado de aguacate está hecho con una variedad que es específica de las Filipinas; Mitchell’s reserva un cargamento de ubi meses por adelantado. Sabe a aguacate cruzado con nubes.

También tienen guayaba. Y langka. Y macapuno, el cual compran los restaurantes tailandeses a granel y lo sirven con plátanos fritos. Y higo italiano. Las aventuras de helado en Bi-Rite y Humphry Slocombe le han dado a San Francisco un cierto grado de fama, pero la experimentación de Mitchell’s precede a la de cualquiera por décadas. Comenzó a principios de la década de los 60, cuando un corredor emprendedor en el negocio de la fruta propuso que probaran el sabor a mango. “La Misión estaba cambiando”, dijo Linda Mitchell. “Había muchos latinos y filipinos que se estaban mudando al barrio”. Hoy día, el helado de mango de Mitchell’s le gana al de vainilla. Y no se aconseja preguntarle a Linda Mitchell sobre los competidores que usan lúcuma en polvo en lugar de usarla congelada.

A finales de 1800, los Mitchells eran propietarios de una lechería en la intersección de las calles 29 y Noe, pero la lechería ya no existía para cuando la familia decidió meterse al negocio del helado. Mitchell’s continúa siendo un negocio pequeño –han rechazado cada oferta que han tenido de convertirse en franquicia. El hermano de Linda Mitchell está a cargo de la producción, y su padre, quien cofundó el negocio con su tío y aún trabaja cuatro días de la semana en la heladería. Algunos empleados han estado trabajando en el negocio durante más de 20 años. Entre las lecciones que han aprendido: uno no puede saber si alguien es un buen servidor de helado con sólo verlos. “Hemos tenido a las muchachas más flaquitas sirviendo helado como si tuvieran manos de hierro”, dijo Mitchell, “y los muchachos más fuertes han sufrido de problemas de muñecas casi al instante”.

Quién lo hubiera pensado, de todas las cosas que la Misión solía hacer –pantalones, mayonesa, wonderbread- una pequeña heladería los sobrevivió a todos. (A unas cuantas cuadras de distancia, un pequeño fabricante de ravioles, Lucca, se las ingenió para hacer lo mismo). Pero a pesar del éxito del negocio de la familia, Linda Mitchell nunca tuvo intención de trabajar ahí. Se dedico a la banca.

“Cuando uno es director de auditorías”, dijo, “a nadie nunca le da gusto verte. Me subía a un elevador y la gente me veía y decía “Maldita sea. Ahí viene la auditora”.

Ahora la angustia tiene que ver con el hermoso clima. En un día promedio abren 550 galones de helado al día durante el verano, pero en durante una ola de calor simplemente no pueden estar al tanto. “Tenemos una cierta cantidad de espacio para hacer helado, y algunos tipos toman hasta tres empleados para poder hacerlos”, dijo Mitchell. “Así es como se hace. Se nos empieza a acabar”.

“Pero cuando eso sucede”, dice ella sonriendo, “la neblina entra y nos salva”.

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Heather Smith covers a beat that spans health, food, and the environment, as well as shootings, stabbings, various small fires, and shouting matches at public meetings. She is a 2007 Middlebury Fellow in Environmental Journalism and a contributor to the book Infinite City.

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