Choque Automovilístico Interrumpe Sueños de Año Nuevo

“Tío” Alberto llegó por el pasillo del velatorio de Duggan’s Funeral Services, delante de las 13 filas de bancas de madera llenas de gente llorando y reconfortándose. Sin embargo, dio la vuelta antes de llegar al ataúd blanco brillante en donde estaba el cuerpo de Silvia Patricia Tun Cun.

“Quiero recordarla como solía ser”, dijo el señor que ella llamaba tío.

Tun Cun, de 29 años de edad, mejor conocida como Patty, es recordada por amistades y familiares como alguien alegre, amable y afable. En la madrugada del día de año nuevo, su vida se vio interrumpida cuando David Morales, de 19 años de edad, al huir de la policía después de supuestamente haberle disparado a tres peatones cerca de Valencia Gardens, chocó contra un auto sedan blanco marca Toyota en el que Tun Cun se encontraba.

“No estaba haciendo nada malo, nada equivocado”, dijo su hermana Evangelina Tun Cun en el velorio de la semana pasada, su voz temblorosa y sus ojos buscando la sala por respuestas. Evangelina notó los pálidos labios de Silvia; sus labios eran de un color rojo brillante en la fotografía a su lado. Se olvidaron de ponerle labial, susurró Evangelina. Silvia nunca dejaba la casa sin pintarse.

Algunos estaban de pie a lado del ataúd de Silvia, conmocionados. Otros lloraban al verla. Sus manos entrelazadas; sus uñas pintadas de un color verde bosque; su cara un rosa resplandeciente junto a ramos de rosas blancas y rojas. Un señor con una guitarra amarrada a su espalda la vio rápidamente, se dio la vuelta y, entre sollozos se cubrió la cara con un sombrero negro de vaquero y se fue caminando. Una señora se desmayó dos veces.

“Vino aquí como cualquiera”, dijo Evangelina. “Para buscar una mejor vida”.

Originaria de Guatemala, Silvia Tun Cun era la más chica de siete hermanas que llegaron una por una a San Francisco. Tun Cun era una madre soltera que dejó a su hijo bajo el cuidado de otra de sus hermanas en Guatemala hace más de cinco años; tenía dos trabajos, era mesera y bartender en un restaurante para ahorrar el suficiente dinero para algún día reunirse con su hijo Javier de siete años.

“Duele que ya no esté”, dijo Pedro Navarrete, propietario de La Terraza, en donde Tun Cun trabajaba. Navarrete la recuerda como eficiente, muy trabajadora y amistosa con clientes. En el bar había una fotografía de ella a la vista, con una nota que informaba a los clientes del accidente y les pedía ayuda para recaudar dinero y poder enviar el cuerpo a Guatemala.

Evangelina Tun Cun calcula que el costo del envío del cuerpo de su hermana a casa, junto con los costos funerarios, son de alrededor de $13,000. Hasta ahora la familia ha recaudado $2,000.

“Su principal sueño era traer a su hijo a los Estados Unidos”, dijo Tío Alberto, quien era el chofer de Silvia Tun Cun. Seis días a la semana, él la llevaba a sus trabajos en Bernal Heights y en el Tenderloin. Y cuando ella se lo pedía, la llevaba a la lavandería, a la tienda y al banco, en donde enviaba la mayor parte de su dinero a su familia en Guatemala.

Tun Cun fue víctima de varios incidentes de violencia intrafamiliar y dependía de Tío Alberto para transportarla porque no se sentía segura al caminar sola o al tomar transporte público desde o hacia su casa en las calles 17 y Capp. “Estaba molesto con varias cosas que le pasaron”, dijo. “Estaba harta de que los hombres la usaran y abusaran de ella”.

Tío Alberto, quien prefirió no dar su apellido, declaró que estaba en el proceso de ayudar a Tun Cun con sus papeles de inmigración y agregó que Tun Cun estaba cerca de convertirse en ciudadana. A menudo, Tío le pedía que fuera menos amable. “Ella era vulnerable por su corazón”, dijo. “Era una persona hermosa”.

Tío Alberto llegó a conocerla cuando la llevaba en su auto, y se dio cuenta de lo generosa que era. Le prestaba dinero a la gente incluso si no podían pagarle de vuelta. “No dejaba que nadie se la pasara mal”, dijo. “Se encargaba de ellos”. Cuando iba a la tienda de abarrotes, él bromeaba que comía mucho. No obstante, junto con sus víveres había cosas que le había comprado a sus hermanas.

Tío Alberto se había convertido en un padre para ella, le dijo Tun Cun. Afuera de la funeraria, comenzó a llorar mientras hablaba de lo cercanos que eran. “Ella era como mi hijita”, dijo. Tío tiene una hija por su cuenta, de la misma edad que Tun Cun. “Eso es lo que más me afecta”. Tío la hizo sentir como si fuera parte de su familia, parte de su alma.

Tío todavía guarda los tubos de pintura para labios y limas para las uñas en el auto. Se acuerda de cómo Tun Cun bajaba el espejo del pasajero y al ponerse maquillaje le decía “no conduzca tan loco, tío”.

Ella le confiaba cosas que habían salido mal en su vida. “No debería haber hecho eso, tío”, le decía.

Y en la víspera de año nuevo, le dijo que quería cambiar. “Iba a ser un poquito más fuerte este año, iba a mejorar”, dijo Tío Alberto.

Tío dijo que todavía tiene pesadillas sobre la tragedia que sucedió esa mañana. Había planeado recoger a Tun Cun a las cuatro de la madrugada el primer día de 2013. Intentó localizarla, pero no contestó el teléfono. A las 5:30 de la mañana, ella le llamó pero cuando se dio cuenta de que estaba dormido, le dijo “no, Tío, no se preocupe. Quédese dormido. Mi sobrino me va a llevar a la casa”.

Su sobrino, Manuel García, la iba a llevar a casa unas horas después. Pero nunca llegó.

Cuando Tío Alberto se dio cuenta de lo sucedido, le envió un mensaje de texto inmediatamente. “La estaba probando”, dijo. “Pensé que era mentira”.

“Por favor contéstame”, le dijo por mensaje. “Contéstame, contéstame, por favor”.

En Guatemala, dijo Evangelina Tun Cun, la hermana que cuida de Javier comenzó a llorar al recibir la noticia. Sacó una fotografía de Silvia para poder hacerle un altar. Javier le preguntó dónde estaba su mamá. Después, preguntó por qué su tía estaba llorando.

“Dime la verdad”, rogó. “No llores, porque si lloras yo también voy a llorar”, recordó Evangelina.

El día del funeral de Silvia, sus papeles de inmigración permanecieron en el interior del bolsillo derecho del saco negro de lana de Tío Alberto. Los sacó en tres diferentes ocasiones para recordarse a sí mismo de lo cerca que Silvia estaba de lograr ser ciudadana de los Estados Unidos y así poder volver a ver a su hijo.

“La voy a querer siempre”, dijo.

Las donaciones a la familia de Silvia Patricia Tun Cun se pueden hacer al banco Chase a la cuenta 163712120.

 

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