Son las 10 a.m., y la agente Kate Joshua ya ha estado en su turno policial por cuatro horas vigilando las calles en una patrulla. Ya que el clima mejoró, es hora de pedalear.
Joshua me da un chaleco antibalas. Úsalo más flojo de lo normal, me dice. Vas a respirar fuerte y no quieres que te aplaste los pulmones.
Maravilloso.
Sacamos nuestras bicicletas —la mía es también una bici negra híbrida— de la estación. Vamos a salir en bicicleta camino arriba sobre la calle 17, en donde pasaremos algunas horas patrullando por el Castro.
“Puedo ver a gente desde una cuadra de distancia peleándose por un lugar para estacionar”, dijo sobre las ventajas de estar en una bici.
En la bici, subimos y bajamos por la calle hacia calles cerradas y esquinas sospechosas. Un policía en una bicicleta es “más bien una presencia constante”.
Gran parte del trabajo de 11 agentes que patrullan a pie —muchos de ellos optan por usar bicicletas— tiene que ver con la ingesta de alcohol en público.
“¿Tiene un lugar dónde quedarse?”, le pregunta Joshua a un hombre con una chamarra para esquiar y una lata grande de cerveza Foster’s a las 11 a.m. “Ese sería el mejor lugar en dónde estar”.
Como cualquier otra persona que intenta ser especialmente agradable, la voz del agente es más alta y agradable que de normal.
“Parece inofensivo, pero ¿cuántas cervezas le hubiera tomado para que comenzará a gritar?” se preguntó Joshua al alejarse el hombre. “Es mejor agarrarlo ya que llevarlo al tanque de los borrachos luego”.
Uno de los beneficios de andar en bicicleta es que Joshua puede aparecérsele a la gente. “No me vio venir”, dijo ella. “No me vio en absoluto”.
Tal vez es su seguridad en sí misma —o las mechas de canas en su cabello—, pero me sorprende enterarme que sólo tiene 28 años de edad. Tal vez ser policía hace que cualquiera se vea más grande, incluso si están en una bicicleta.
En una calle de un solo sentido en Castro, Joshua entra por la esquina y se encuentra con Franklin, quien bebe una cerveza.
“Mi abuelo mató a un jefe de esclavos”, dijo.
“¿Sabe en dónde está?”, le preguntó Joshua, su tono de voz con determinación y escepticismo.
“¿Usted lo sabe?”, le preguntó Franklin.
“¿Toma alguna medicina?” volvió a intentar Joshua.
Dos agentes encubiertos se detienen en un auto sin marcas. Escucharon por el radio en dónde estaba Joshua, y más tarde me entero que Franklin tiene la tendencia a soltarse a golpes.
Joshua alcanza la lata de Franklin para tirar la cerveza y él se la quita. Esa es su señal. Ella lo esposa, y los policías encubiertos se bajan para apoyarla. Franklin se les ha salido de las manos, pero en tan sólo minutos se tranquiliza y promete irse.
No obstante, su salida no pasa sin tragedia. Franklin rompe la multa que Joshua le dio, agarra su saco de dormir y se va. Nosotros también nos vamos.
A excepción de los viajes ocasionales por las banquetas, Joshua sigue todas las reglas al andar en bicicleta. Se detiene en señales de alto y hace señales con las manos; y cuando un ciclista sin casco se detiene a quejarse por su casi accidente, ella sólo dice que no con la cabeza: “Si usted hubiera visto lo que yo he visto…”.
Joshua opina que seguramente no le daría una multa a un ciclista por no detenerse en una señal de alto. Pero, un semáforo en rojo es otra historia.
“Los semáforos en rojo son muy importantes para mí. Los ciclistas también causan accidentes. Puedo ser flexible, pero espero que todo mundo maneje tan seguro como sea posible”.
En la calle Diamond, Joshua se desliza hasta detenerse en donde hay un hombre insultando la estatua de la Virgen María afuera de una iglesia católica.
Dos mujeres canosas caminan nerviosamente al pasar cerca de él.
“Está usted gritando enfrente de estas agradables jovencitas”, dijo Joshua tranquilamente.
El hombre le grita a Joshua inmediatamente, jala la correa de su perro y se aleja caminando.
Un hombre mayor sale caminando de la iglesia y le dice a Joshua “¡qué gusto verte! ¡Me siento más seguro!”
Es fácil entender por qué. Hay algo en ver a un agente en una bicicleta que ofrece un sentimiento de presencia.
En la estación de Muni de Castro, un grupo de jóvenes de alrededor de 20 años gritan: “¡sea mi enamorada, señorita Joshua!” Ella se detiene. Pienso que les va a dar una multa, pero estos muchachos sólo están fumando cigarrillos y bebiendo soda. Joshua está ahí de visita.
David, quien alguna vez fue una cara familiar en el barrio, ha fallecido, les hace ella saber.
“Tenía recetas en la cabeza porque quería abrir un restaurante”, recordó uno.
“Deberíamos tener un funeral para él”, propuso otro. “Era muy buena onda”.
Joshua se queda un rato y felicita a una muchacha en pantalones de mezclilla rotos por haber comenzado la universidad comunitaria. El muchacho sentado a su lado le dice a Joshua que acaba de dejar de beber.
Es bueno, dijo Joshua. Vean lo que le pasó a David, quien como todos saben, bebía mucho.
Nos alejamos pedaleando y pensamos en la escena de la que nos acabamos de ir.
“Algunas veces”, dijo Joshua, “soy orientadora”.















