En una reciente mañana de martes, estaba sentado en una acera en el lado este de la calle Hampshire y de espaldas al complejo de departamentos viendo directamente ante un muro color café. Dos palomas renqueaban en círculos sincopados lejos de mis pies estirados tratando de comer cosas que no eran comida.
Un camión del departamento de parques se detuvo en un lugar para estacionar con parquímetro enfrente del muro y se quedó ahí parado. El conductor leía un periódico del New York Times extendido en el volante. Un hombre con un sombrero de vaquero dejó su bolsa de lavandería en Zheng’s Cleaners, justo a la izquierda del muro.
El camión se fue. El hombre se fue. Nadie se detiene a ver este muro. Es café, mundano, cotidiano y se mezcla imperceptiblemente con el paisaje.
No obstante, en una hora los seguidores de la aclamada artista conocida internacionalmente y conocida como Swoon, llegarán. Ellos instalarán un colorido dibujo de 10 por 12 pies sobre la diosa griega Thalassa en engrudo, como informó mi colega, y el cual muestra una meditación de Swoon sobre el desastre petrolero cerca de la costa de Nueva Orleáns.
Para la 1:30 de la tarde, un hermoso cartel con engrudo adorna el muro que alguna vez estuvo en blanco. Y para las 2:30 de la tarde, el equipo y los espectadores ya se habían ido, y lo único que quedaba era el engrudo y un charco de una solución lodosa en la superficie de concreto.
Me da curiosidad saber cómo la pieza transformará el lugar. Si esta obra brindará o no un nuevo interés o relevancia para la gente que pasa caminando por ahí. Si los conductores sin nada que hacer la mirarán o si la gente del área se detendrá. ¿Será que el arte marca alguna diferencia para la gente que pasa caminando por aquí a diario?
El domingo por la mañana regresé y volví a sentarme en el lugar de concreto enfrente del mural. Me senté a observar.
Sin embargo, fueron tres horas en las que volvió a ser yo y las palomas. Casi nadie se detiene a considerar a la mujer en el muro.
Observo a la gente al acercarse a la pieza en la calle 24 y aquellos que llegan por la calle Hampshire. Observo ávidamente la inquietud en sus ojos para ver si se dan cuenta o si el color les llama la atención, siquiera por un momento.
Algunos ojos observan la pieza, pero sólo en una fracción de segundo y a nivel de los ojos como si no imporatara verlo por completo. Es obvio que no lo digieren como una obra de arte, y que tampoco lo contemplan.
Me recuerda a una lluvia de publicaciones en Facebook sobre Joshua Bell, un violinista famoso mundialmente que tocó en una estación del metro en Washington D.C., de manera anónima. En realidad, nadie se detuvo a ver, a escuchar o a reconocer la obra que los críticos de música consideran como sublime.
El sol se está metiendo. Y por último, Catherine Lee, una residente de la Misión desde hace 20 años, se detuvo enfrente de la pieza.
“Hay algunas personas que nunca antes han visto este muro”, dijo ella, “y es tan hermoso”.
Le pregunto por qué, y ella dice que tiene una firme convicción en que la comunidad se debe comunicar a través de pósters y obra en los muros. En los 70, dijo ella, la comunidad no tenía acceso a la prensa y estos son los medios culturales de comunicación que todavía son importantes.
El sol ya se metió. Está muy oscuro para que la pieza se comunique en este momento.
Regresé el lunes. Como en domingo, hubo poco movimiento; no obstante, pocos se detuvieron.
“He estado en México, y leí sobre algunos de los murales en la guía de San Francisco”, dijo una mujer que estaba de visita de Florida. Y esta pieza en particular, pregunté, ¿qué te trajo aquí? La propietaria de Precita Eyes le dijo que no se la podía perder.
Treinta minutos después, otro dúo se detiene sólo que esta vez son viajeros de Europa. Les gusta; también hicieron uso del adjetivo hermoso, y dijeron que “es la tradición del área”. De nuevo, escucharon hablar de la pieza por la propietaria de Precita Eyes.
Estoy un poco perplejo. La gente del área no se detiene. Dos jóvenes que han pasado caminando por la pieza varias veces en el curso de mi estadía vuelven a pasar caminando. Los detengo y les pregunto qué piensan.
“Sí, lo he visto. ¿Por qué está ahí siquiera?”, pregunta uno. “Ni siquiera es una verdadera pintura”.
El otro dice que es temerosa, no como otras piezas en la Misión.
¿Es posible que se mida o se entienda el impacto de una obra de arte?
En su artículo del Washington Post sobre Joshua Bell, Gene Weingarten argumenta que debido a que no porque nadie se detenga a apreciar el arte significa que todo mundo sea un filisteo. Un pasajero que va tarde a su trabajo, o que está enfermo, por ejemplo, no se enfrenta al mural en su óptima condición de espectador. Weingarten invocó a Kant para afirmar que cualquiera que sea la obra, se trata de una combinación de la obra en sí misma, el estado mental del observador y su estética lo que es importante.
El contexto importa.
Detuve a otro hombre. “Sí, es maravilloso. ¿Eres el artista?”
No, contesté. Sólo que estoy tratando de ver si esta pieza tiene algún efecto en la gente.
“Bueno, me gusta”, dijo, “buena suerte”.

