Durante años he caminado por el 992 de la calle Valencia en donde se encuentra ATA. Al pasar, admiraba los aparadores y me sentía un poco intimidada por los jóvenes de entre 20 y 30 años de edad que se encontraban parados afuera fumando cigarrillos y teniendo conversaciones en varios idiomas.
Hace algunos años, asigné a un alumno de 20 y tantos años para que ahondara un poco más sobre el lugar y ver cuál era la idiosincrasia de ATA (Artists’ Television Access, en Inglés). Pero se fue por la tangente.
Y por lo tanto, hace poco decidí que estaba tan curiosa sobre el lugar que debería de investigarlo.
Primero que nada un poco de historia: ATA ha estado en la Misión desde 1986, pero los fundadores Marshall Webber y John Martin, dos artistas de video financiados por sus padres, abrieron su primer local a principios de los 80 en un almacén de SoMa sobre la calle 8. Webber escribe en su historia electrónica que una de las personas que apoyó el proyecto fue René Yáñez –quien en ese entonces estaba en galería de la Raza. Él les dijo: “Tienen que hacerlo… tienen que dejar de ser YUPSTERS y echarle ganas”.
Y lo hicieron. Formaron una organización sin fines de lucro, abrieron su equipo a la comunidad y parrandeaban –mucho. En medio de una gran celebración de Halloween ATA ardió en llamas. Literalmente. Nadie parece saber cómo sucedió (la historia electrónica propone que la causa pudieron haber sido los populares y costosos disfraces hechos de poliéster de Webber) pero el lugar se quemó.
Una vez más, Webber y Martin decidieron hacer algo pero esta vez se mudaron al local con el aparador sobre la calle Valencia que aloja entre 40 a 75 personas y a más, si es necesario. Hoy día, el lugar se sostiene por completo de voluntarios, ganancias de las entradas (con precios cómodos dependiendo del ingreso salarial de hasta $10 dólares) y unas cuantas becas. Hace poco, la renta subió a casi $5,000 dólares al mes en lugar de $1,500 dólares al mes, de acuerdo con Kelly Pendergrast, la voluntaria asignada para hablar conmigo.
Perdergrast estuvo presente cuando fui a mi primera exposición: más o menos nueve cortos sobre la Naturaleza Humana. Resultó ser que era la noche de inauguración del quinto festival anual de cortometrajes de ATA. La siguiente parte del festival, Lo-Fi Future, es esta noche. Tiene que ir. ATA no es ninguna decepción.
Primero que nada: el público. La noche de jueves presentó a un cineasta en pantalones de franela que sorbía ruidosamente desde un contenedor plástico lleno de sopa; algunas mujeres altas vistiendo collares típicos de flores de Hawaii, (el cineasta con pantalones de franela traía el suyo en la cadera); un voluntario que invitaba a todos a que se quedaran después de los cortos para pegarle a una piñata; y una mujer con un mechón canoso estilo Sontag quien dijo que me conocía de algún lugar. (Se veía familiar.) El lugar estaba lleno de gente (“No le decimos a nadie que se vaya”, dijo Pendergrast.) Y se siente bien estar en una sala llena de entusiastas del cine que no se sienten intimidados en lo absoluto cuando están cerca.
Los nueve cortometrajes seleccionados por un comité experimental –de nuevo, todo hecho por voluntarios a lo que Pendergrast llama un ridículo proceso democrático-. “Si viera esto en You Tube no los vería todos”, dijo José Lorento, cineasta uruguayo sentado a lado de mí. Sin embargo, concordamos en que es un placer no hacer clic para verlos.
A Lorento, quien dice que le gusta lo surreal, le gusta la primer película: Union de Paul Clipson. Para mí, la película de 16 mm sobre una mujer corriendo en un bosque me parece un poco larga, pero buena. Todavía faltan otras ocho películas que ver: cada una con sus mejores. Me gustaron muchas de ellas. Tal vez mi favorita fue Chicago Corner –una crónica en fotografías y una película de Bill Brown. “Estaba trabajando en el centro de Chicago”, cuenta Brown. “Así que cada día durante un año, salía en mi bici y pasaba por una esquina cerca de los proyectos de vivienda Henry Horner… Uno pensaría que podrían haber construido una parada de trenes en ese lugar que solía alojar a miles de personas, pero no lo hicieron”.
También había una imitación muy chistosa de volantes sobre mascotas perdidas hecha por Patricia McInroy, quien dijo haber regresado tres perros a sus dueños desde que hizo el video. Pero ninguno de ellos, según contó, tenían avisos en las calles. ¿Cuál era la razón de haber escogido ese tema? “Usar avisos de mascotas es una manera de llegarle a la gente con el tema de la muerte y la pérdida”.
Esta es otra de las cosas sobre ATA y sus voluntarios: las observaciones del programa en su sitio en línea incluyen entrevistas muy buenas (y maravillosamente cortas) como las dos que acabo de citar. De hecho, son casi las mejores observaciones de un programa que haya leído en tanto tiempo.
Esta es la primera parte de una serie esporádica sobre ATA


