Algunos funcionarios del BART lo llamaron “el trayecto histórico”.
Aquéllos que abordaron el día miércoles los trenes del sistema de transporte subterráneo lo llamaron más bien “el trayecto sardina”.
Los admiradores de los Gigantes, para bien o para mal, abarrotaron el BART y otro de los sistemas de tránsito para cruzar el Área de la Bahía en camino al desfile del miércoles que celebraría la victoria en la serie mundial del equipo.
Los trenes de BART, con el máximo número de vagones disponibles para la ocasión, se llenaron para las 8 a.m. Para el medio día, el sistema de tránsito ya había reportado que había más de 72,000 pasajeros que en un día típico entre semana.
“Nunca antes he visto nada como esto en mis 15 años de haber trabajado en BART”, dijo el supervisor de la estación Dennis Scanlan, y añadió que ha trabajado durante los desfiles de víspera de año nuevo y durante el de orgullo LGBT, mejor conocido como Pride. Scanlan, a menudo asignado en la Bahía del Este, estuvo trabajando en la estación Montgomery, la cual estuvo cerrada de manera temporal mientras que la policía y oficiales de BART trataban de contener a las multitudes.
Al final del día, BART ya había superado su récord de pasajeros en su historia de 38 años habiendo transportado 522,200 personas entre las 4 a.m. y media noche. El récord anterior a ése sucedió durante una emergencia en la que se cerró el Puente de la Bahía lo cual hizo que el Área de la Bahía estuviera paralizada.
El trayecto para cruzar la bahía parecía haber alcanzado su peor momento al acercarse las 11 de la mañana, hora en que comenzaría el desfile.
Para las 10:00 a.m., la plataforma de la estación Rockridge estaba repleta de admiradores ansiosos por llegar al desfile de los Gigantes. Algunos habían visto tres trenes pasar completamente llenos sin haber podido abordar por la cantidad de gente.
Algunos audaces pasajeros cruzaron la plataforma para agarrar otro tren –en dirección contraria- en espera de abordar el tren hacia San Francisco en una parada en la que no hubiera tanta gente. Una vez en el tren hacia Pittsburg, se le aconsejó a los pasajeros que continuaran hacia North Concord, un retorno de 25 minutos, para poder abordar un tren.
Los pasajeros lo tomaron con calma, tramando su próxima movida. Y después, más malas noticias: ningún tren de BART se detendría en la estación Montgomery, la estación más cercana a la ruta del desfile. “Les agradecemos por su paciencia”, anunció el operador del tren mientras anunciaba algunas anécdotas sobre el uso usual del sistema de tránsito. “Estamos haciendo lo mejor que podemos”.
En Pleasant Hill, la primera señal de una plataforma vacía hizo que la mayoría abordara habiendo ignorado los letreros que prohibían correr o discutían por agarrar lugares de primera en la plataforma hacia San Francisco.
Las filas zumbaban con gente platicando con un espíritu alegre. Ocho minutos más tarde, la llegada del tren causó un vitoreo de los admiradores, y otro más cuando todos cupieron en el tren.
Incluso a cuatro estaciones de distancia, los admiradores estaban hombro con hombro en los abarrotados vagones.
“Somos como una lata de sardinas”, le dijo una mamá a sus dos hijos, a quienes sacó de la escuela por la “Gigante fiebre”, bromeó.
“¿Qué es una sardina?”, dijo el niño de alrededor de seis años.
“Esos pececitos que vienen en una lata. Alguien nos va a echar limón y nos va a comer”.
Un hombre vestido elegantemente, con una camisa y corbata a rayas rojas y azules, se sostenía de una de las asas mientras se notaba un poco alterado ante la cantidad de gente y mientras leía sus documentos. En cualquier otra mañana de miércoles, no hubiera parecido estar tan fuera de lugar. Pero entre el gigantesco mar de gente vistiendo negro y naranja, parecía una gallina en corral ajeno.
En cada parada, el tren cambiaba de pasajeros quienes se molestaban y negociaban las fronteras del espacio personal para permitir que más gente subiera. Cuando el tren llegó a Rockridge no cabía nadie más.
En la estación MacArthur, un muchacho alto de 20 años quien había cometido el error de haber vestido una playera térmica debajo de su camisa naranja con negro meneó la cabeza en signo de desaprobación cuando una mujer alta de 20 años intentó abordar. No había lugar. “Era muy bonita. Pero no lo suficiente. No voy a sacrificar mi lugar”, se rió con su amigo mientras se cerraban las puertas.
La gente trataba de abanicarse sin pegarle a la persona que tenía a lado. Cuando las puertas se abrieron momentáneamente en la estación Oakland, una voz gritó desde atrás mientras la persona sentía un aire frío al abrirse las puertas “¡Debe sentirse bien! ¡Disfrútenlo mientras puedan!”
A las 10:40 a.m., dos muchachas adolescentes planeaban una estrategia para ver cuál era la mejor forma de unirse a las festividades. “Tal vez lleguemos hasta el fin”, dijo una de ellas con esperanza.
El tren siguió avanzando haciendo una pausa cada vez más y más frecuente entre estaciones debido al tráfico, a lo que los pasajeros respondieron con súplicas de “por favor” y “¡ya vámonos!”
Por fin, la caravana atravesó el túnel para cruzar la bahía a una velocidad usual, y unos minutos después llegando a la Estación Embarcadero.
“¡Están regalando playeras gratis de los Gigantes en el Embarcadero!” gritó un hombre en tono de burla. “¡No se lo pierdan!” Hubo algunas risas, pero sólo dos personas se bajaron.
De nuevo en el vagón, las masas pacientes obtuvieron una sorpresa agradable –el tren se detuvo en la estación Montgomery. A las 11:38 a.m., fue el primer tren al que se le permitió detenerse en la estación. Un gran número de pasajeros se bajó del vagón, mientras que otros aprovecharon la oportunidad y se dirigieron hacia la estación Civic Center. En Montomery, los vitoreos a distancia retumbaban por los túneles del BART. El ruido de tambores, el sonido de las cornetas y los gritos de los admiradores se apagaban parcialmente por el ruido de la acera del exterior.
Cerca de ahí, el oficial de policía de BART Michael Maes observaba a la gente salir del tren. Maes dijo que tanto él como otros oficiales habían cerrado por lo menos dos entradas a la estación del centro una hora antes para poder controlar a las multitudes. En ese momento, los espectadores salieron de las entradas de la calle hacia la estación. “Traje mi cámara”, dijo el oficial Maes mientras los vitoreos eran cada vez más ruidosos y la plataforma se volvía a vaciar. “Esperaba poder tomar una foto”.
El comandante de la policía de BART Daniel Hartwig dijo que el haber cerrado dos de las ocho entradas de la estación Montgomery se hizo para asegurar que las estaciones no estuvieran muy llenas de gente. Hartwig dijo que la policía de BART tenía planes para cerrar otras estaciones como Civic Center, Embarcadero y Powell si los admiradores que regresaban a casa creaban un alboroto de regreso. “Este es un lugar popular porque está en el corazón del desfile”, dijo.
En el exterior, las palabras de Hartwig probaron ser un eufemismo. El lugar era algo surreal. Los pasajeros luchaban por salir por las escaleras y se empujaban por entre los admiradores en la esquina de las calles Post y Montgomery, mientras el desfile avanzaba hacia la intersección. La calle Market estaba llena de gente celebrando que actuaba más como si fueran todos conocidos. Había admiradores en las paredes de las escaleras de la estación de BART, encima de un camión entre la multitud, y en un puesto de periódicos.
El alboroto continuó durante unos minutos más a medida de que los jugadores pasaban, fuera de la vista de la mayoría de la gente que estaba a nivel de la calle. Después, la euforia se evaporó, la gente se dio la vuelta satisfecha y rápidamente se volvieron impacientes de nuevo en busca de una salida.

