Photo by Natalia Gurevich

Traducción por: Neus Valencia

Una vez fue el lugar para los espectáculos masivos del momento, desde eventos de Lucha Libre hasta rodeos, pero ahora el Cow Palace alberga uno de los sitios de distribución más grandes del banco de comida de San Francisco-Marin. Entre 1,200 y 1,500 residentes de los condados de San Francisco y de San Mateo hacen fila cada viernes entre las 9 a.m y la 1 p.m.

Arrastrando sus cestas y carritos de supermercado mientras esperan para llenarlos, las personas van formando una fila que parece una especie de serpiente en espiral.

Las personas que acuden regularmente conocen cómo funciona la fila, dijo Ellen García, coordinadora del programa temporal: “Pero algunas veces, algunos no entienden el sistema y esto genera roces entre las personas, lo que nos obliga a separarlos de la fila” dijo García.

Aquí algunas historias de la fila.

Rian Calilung es una de las primeras personas en llegar cada viernes, a veces llega incluso antes de las 7 a.m.

Comenta que se siente afortunada de seguir trabajando con un servicio de limpieza de aviones en el Aeropuerto Internacional de San Francisco. En estos momentos, no hay muchos aviones que lleguen, y muchos de los trabajadores que habían sido contratados recientemente fueron despedidos durante la pandemia. A pesar de tener una antigüedad de ocho años de trabajo, sus horas de turno han sido reducidas a más de la mitad.

Durante el turno nocturno, el aeropuerto está casi vacío, dice Calilung. Antes de que entre el servicio de limpieza al avión, se rocía todo el interior con desinfectante. Posteriormente, Calilung y los demás trabajadores de limpieza se ponen a trabajar, con caretas y guantes. Nunca saben de dónde viene un avión.

Limpiar cada avión ahora toma casi el doble de tiempo que antes – entre dos o tres horas  – ya que se tiene que tener un cuidado especial en la limpieza de pequeños detalles. “Limpiamos todo”, incluyendo limpiar cada manija y persiana de las ventanas.

Cuando llega a casa muy temprano por la mañana, se va directamente a la cama, pero se despierta en poco tiempo para prepararle el desayuno a su hijo de 12 años y a su marido, que trabaja en un centro de salud para personas mayores. Una vez que todos han comido, ella vuelve a la cama. “Prefiero irme a dormir que hacer algo”, comenta Calilung.

La educación a distancia fue difícil para su hijo este último semestre. “Echa de menos la actividad en la escuela”, dijo. Pero es bueno en matemáticas y es un estudiante destacado. “Tengo suerte”, dice mientras ríe.

Samuel Hernández vive a sólo cinco cuadras del Cow Palace. Se ha hecho la prueba del virus dos veces, la última vez el jueves. Una de sus vecinas dio positivo hace un mes, y Hernández llevó a su esposa y a sus dos hijos adolescentes al Hospital General Zuckerberg de San Francisco para que le hicieran pruebas. “Sólo por seguridad”, comenta Hernández. Todos sus resultados fueron negativos.

Pero la vecina que dio positivo no se puso en cuarentena inmediatamente. Hernández la veía que seguía caminando por el edificio, sin cubrebocas ni guantes. Finalmente, llamó al 311 para avisar a los funcionarios que había alguien en su edificio con el virus, poniendo en riesgo de una posible exposición a otros. Al día siguiente, llegó un servicio de limpieza a desinfectar el edificio.

Lea: las filas de los bancos de alimentos relatan múltiples historias de vida y muerte

No obstante, la mujer seguía caminando por el edificio hasta que finalmente Hernández la confrontó. Poco después de eso, ella se puso en cuarentena en su departamento y él se hizo la prueba de nuevo.

Su esposa ha trabajado limpiando durante 18 años el mismo grupo de apartamentos en San Bruno. Ahora es difícil. Para no arriesgarse, usa guantes y cubrebocas, y sólo trabaja unos días a la semana, comenta Hernandez.

La pandemia ha sido más dura para sus hijos, que tienen 15 y 18 años.

“Les gusta salir”, dice Hernandez. Pero ahora se quedan en casa todo el tiempo. “Cuando estoy en casa, trato de hablar con ellos, trato de inventar algunos juegos”, dijo Hernández. “Trato de que se sigan concentrando en la escuela y que se distraigan al mismo tiempo”.

“Mantener la mente ocupada en todo momento”, dijo. “Es difícil”.

Cuando Hernández regresa a casa después de trabajar cuatro o cinco horas como repartidor nocturno en Domino’s Pizza, su hija mayor a menudo sigue despierta. “No pueden dormir”.

Peggy Kkie vio por primera vez la fila del Cow Palace mientras hacía sus ejercicios matutinos. Vive cerca y cuando pasaba corriendo entre la multitud, le entró la curiosidad. La semana pasada fue la primera vez que la estudiante internacional boliviana se formó en la fila.

Kkie estudia diseño de interiores en la Universidad Estatal de San Francisco. Le faltan un par de años para titularse.

No le molestó mucho estudiar en línea el semestre pasado. “Me da más tiempo, hay más flexibilidad”, dijo. Pero a veces se distrae con tareas de la casa, pues vive con su tía y su primo, y a veces puede haber mucho ruido en el departamento.

“Puedo hacer mi tarea más rápido que cuando tenía que ir a la escuela”, dijo. “Tengo que esforzarme más para concentrarme en algo”. Especialmente, echa de menos usar la biblioteca de la escuela, “Es muy grande, muy silenciosa”.

Tomará dos clases en línea este verano, y sus clases serán en línea de nuevo en el otoño. Lo más probable es que no se convierta en diseñadora de interiores. En cambio, cree que ser profesora sería mejor. “Me gusta enseñar a la gente”, dijo. Especialmente el español, ya que es su lengua materna.

Kkie habla con sus padres en Bolivia tres veces a la semana usando WeChat, una aplicación para mensajes y redes sociales. Le preocupa la seguridad de sus padres durante la pandemia. Cada mes las restricciones de la cuarentena parecen cambiar, dijo. “A veces ellos (sus padres) no pueden salir”.

También se preocupa, porque “en América Latina, los servicios de salud no son tan buenos como aquí

Inés Hernández vive a un par de cuadras de la fila de comida. Antes de la pandemia y durante los últimos 20 años había trabajado casi siete días a la semana como empleada domestica en una casa de San Francisco.

Por primera vez en 20 años, no ha trabajado durante tres meses, excepto unas pocas horas de trabajo ocasional, limpiando una o dos casas para conseguir dinero para comida. Pero dijo que normalmente es capaz de administrar la comida que consigue en el banco de alimentos para que dure toda la semana.

Su marido a veces también encuentra trabajo, como techador. Entre los dos, apenas se las arreglan.

Ella vive con su marido y sus dos hijos adultos. Su hija, de 25 años, da clases en la guardería. Su hijo de 28 años trabajó como conductor de tranvía en San Francisco hasta que contrajo el virus hace un mes. Ha estado enfermo desde entonces, y pasó un tiempo en el hospital antes de volver a casa.

“Ahora está bien, ahora está mejor”, dijo. La fiebre y sus dolores de cabeza han mejorado. Ahora mismo parece más como “un pequeño resfriado”.

No fue difícil cuidarlo. Pero fue aterrador para ella y su familia. “Demasiada gente ha muerto por el virus”, dijo.

Desde entonces, su hijo se ha quedado en casa. Se hacen pruebas cada dos semanas en el sitio de Embarcadero.

Ha sido duro no poder ver a sus amigos, no ver a ninguna otra persona. Para pasar el tiempo, le gusta leer libros de historia sobre México, de donde es originaria. También limpia su casa. “Demasiadas veces”, nos dice, riéndose.

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