Tucker Leavitt sale de una casa hermosa y renovada de la calle Bryant, cerca de la 22, todos los días para ir en bicicleta a su trabajo en Twitter. Pero su vida en la Misión no difiere mucho de su dormitorio en Stanford, a excepción del hecho de que tiene más compañeros de cuarto en San Francisco.  De hecho, vive con otros 5 hombres jóvenes y comparten una habitación que tiene 6 literas.

Esta oportunidad de tener su propia cama le cuesta $1,300 al mes. Pero él no se queja. Tampoco lo hacen los otros cerca de 19 trabajadores del área de la tecnología que viven allí. Como la mayoría, él quería poder llegar caminando o en bicicleta a su trabajo, además de que quería vivir en un vecindario interesante.

Se considera que las tarifas, que varían y han llegado hasta $1,900 por mes o $90 por noche, son competitivas debido al ambiente de hermandad y comunidad. Este se mantiene con armonía al incluir los servicios de limpieza, toallas limpias, y algunas comidas ocasionales que se sirven en el lugar.

“Esto es en definitiva más…íntimo”, dijo Leavitt, que es becario en Twitter. “Si no fuera en San Francisco [la renta] sería muy cara…aquí estás pagando por la ubicación y el acceso a las cosas de moda”.

La casa de Bryant Street alberga a cerca de 20 personas al mismo tiempo. Muchos de ellos son becarios jóvenes que trabajan en las compañías de tecnología famosas de la ciudad. Pero también alberga a empresarios que llegan a la ciudad para empezar, obtener fondos, o desarrollar sus compañías.

Pensemos en Phillip Mohr, un empresario de Hamburgo que está poniendo una empresa que permita que los gamers se adentren en un videojuego que otra persona juega de forma remota, pero con realidad virtual. Mohr está desarrollando su compañía en Founders Space. Él es otro de los compañeros de casa de Leavitt.

“Vi departamentos que costaban $3,000 por mes; $12,000 e incluso $17,000 por un departamento por mes. Es una locura”, dijo Mohr mientras reía incrédulamente.

Leavitt quería quedarse en la Misión.

“Puedes estar en este lugar que tiene cultura y personalidad, o puedes irte a un vecindario de ricos en los suburbios, que es falso, tal vez sea limpio, pero no tiene mucha sustancia”, reflexionó.

Leavitt dijo saber que hay tensión aquí respecto al aburguesamiento. Sabe cuál es su papel en esto, y algunas veces se llama a sí mismo “parte del problema”.

“Creo que la gente está más consciente del problema de lo que muchos pensarían”, dijo. “Pero en definitiva no es intencional. No me mudé aquí para desplazar a alguien más”.

La mayoría de las seis habitaciones son de hombres. Pero uno de las habitaciones del sótano alberga a un grupo de mujeres jóvenes. Todos se encuentran en las cocinas o en la sala común y comparten los baños. Leavitt dice que no llega a casa más tarde de las 8 p.m. pero que la mayoría de los residentes no regresan de su trabajo sino hasta las 9 o 10 p.m.

A esa hora, el área común que es una pequeña sala con un sillón, una televisión y un escritorio largo pegado a la ventana, se llena de empresarios jóvenes o becarios que siguen trabajando en sus laptops. Las conversaciones comienzan en la cocina. Algunas tardes, alguien trae un six pack y lo lleva directo al refrigerador, el cual todos comparten. Pero aunque la gente se junta allí para compartirlo, nadie cocina. En el caso de Leavitt es porque su empleador le da tres comidas al día.

Durante el verano, cuando las compañías de tecnología contratan becarios, la casa se llena de jóvenes que buscan un lugar donde vivir por algunos meses. El dueño, Heigo Paartalu, dice que se ha pasado la voz sobre el lugar para los programadores y la mayoría de las personas llegan por recomendación de los mismos residentes o de las empresas de tecnología.

Si las habitaciones cercanas y las áreas comunes no le dan a los residentes suficiente tiempo para conocerse, Paartalu les ayuda organizando salidas. En una de las más recientes, llevó a los residentes al museo de las computadoras en Mountain View y después los llevó a un viñedo cerca de Monterey.

“Estoy seguro de que se hacen muchas relaciones. Hemos tenido personas que empiezan algo bueno gracias a personas que conocieron aquí”, dijo Paartalu. “Mientras que otros se vuelven muy buenos amigos”.

Así es como Paartalu conoció a su socio, Grate,  para desarrollar una aplicación que permite calificar el servicio al cliente. Él es dueño de al menos tres casas, que incluyen dos en San  Francisco y una en Mountain View. Va de casa en casa, y se ajusta a las normas de convivencia que él mismo estableció. Estas incluyen respetar las horas de sueño, poco consumo de alcohol, y no traer invitados.

“Si quieres controlar quién entra y sale de la casa, solo lo puedes hacer de esta forma”, dijo Mohr respecto a la última regla. “De otra manera, va a haber gente que no conoces allí”.

Parece que las reglas no molestan a la mayoría de los residentes.  Paartalu, a sus 28 años, dice ser demasiado joven para tener una relación. En lugar de ello, está enfocado en su negocio.

“Ya que sea viejo y feo tal vez haya alguien que de todas formas me quiera, y podré concentrarme en mi relación”, bromeó. “Soy suficientemente joven para impulsar la compañía que estoy desarrollando, así que quiero dedicarle la mayor parte de mi tiempo”.

Mohr dijo respecto a la casa de la calle Bryant, “Me sorprende realmente lo bien organizada que está, y que puedas vivir con tanta gente sin que se vuelva una molestia”.

Esa es la forma en que Paartalu quiere diferenciarse. Quiere representar más que un hostal, o un lugar donde vivir.

“El punto principal es que una vez que la persona se vaya, se lleve una experiencia consigo”, dijo.

Parte 2: La legalidad de los hostales para programadores.

Corrección: Una versión anterior de este artículo mencionó que Paartalu es dueño de la casa de la calle Bryant. Pero es únicamente un inquilino en esta.