Gloria Esteva at her shop on Mission Street and 24th.

Conocí a Gloria Esteva de la misma forma que otros la conocen: entré a su tienda y le pregunté por el letrero en la calle que muestra el rostro de Cinthia Jocabeth Castañeda Alvarado.

La imagen de una joven muchacha impresa en una tela blanca a tinta negra es uno de los muchos letreros encontrados en México que son característicos de la gente que está en busca de mujeres extraviadas en Juárez.  Los letreros brindan esperanza de poder encontrar a las mujeres víctimas de la violencia en Juárez, en donde miles de mujeres han sido asesinadas o están extraviadas desde 1993.

Esteva comentó que el pasado dos de noviembre de 2013, la gente marchó de la calle 18 y Valencia hacia el Centro Cultural de la Misión para llamar la atención a los actos de violencia en contra de las mujeres en México.

“Intento contribuir aunque sea poquito para que haya un cambio [positivo]”, dijo la mujer de 60 años de edad que ha vivido en la Misión durante los últimos ocho años, quien es un recordatorio de que incluso con todos los cambios, el barrio sigue siendo un lugar en donde los latinoamericanos trabajan para llamar la atención al mundo más allá de la Misión, y que más allá de la entrada de cada local hay una historia.

“Se trata de mostrar solidaridad y tener una posición y no estar de acuerdo con todo. Todos somos trabajadores, sin importar la industria [en la que trabajamos], y tenemos que saber que es posible hacer ese cambio, pero eso no va a suceder si nos manipulan”, dijo sobre la razón de ser una activista en el barrio.

Sin embargo, es muy seguro que pocas personas que caminan por las calles Misión 24 de camino a BART o Muni sepan que la propietaria de Chispita, un pequeño local de ropa, es una comprometida activista zapoteca y periodista que no teme expresar lo que piensa.

En el local, interrumpió mis preguntas para decirme que tenía que ir al Hospital General de San Francisco para que un doctor le revisara el dedo del pie porque en la mañana se le había caído un tazón pesado y tenía el pie moreteado. Esteva se ofreció a responder algunas de mis preguntas si caminaba con ella a la parada del autobús.

Esteva renta el espacio para su local con otros ocho negocios en el 2868 de la calle Misión, en donde vende ropa y otros artículos de moda.

Cuando el autobús llegó, me subí con ella. Esteva es la quinta de once hijos nacidos en Oaxaca. A su padre, de origen zapoteco, le reprendían por hablar su lengua natal y nunca le enseñó a sus hijos el idioma indígena.

Su padre también hablaba español y cursó hasta sexto de primaria; su madre no tuvo educación formal. No obstante, la madre de Esteva quiso que sus once hijos se graduaran de la universidad y por eso se mudaron a la ciudad de México.

Esteva estudió psicología en la universidad UNAM en la ciudad de México y más tarde trabajó con José de Jesús Delgado, un abogado del Centro de Abogados Democráticos en donde aprendió la mayor parte de lo que ahora sabe sobre derechos de los trabajadores.

Para cuando nuestro autobús se acercaba a la parada cerca de la sala de emergencias del SFGH, Esteva me dijo que tenía 47 años de edad cuando vino desde México. Además, llegó con su hija, quien estaba en busca de un mejor cuidado para su nieto que padece leucemia.

En la recepción del hospital, la enfermera le preguntó a Esteva por qué estaba ahí y yo intervine para traducirle.

A excepción de las breves interrupciones del técnico de rayos-x y el doctor, Esteva tuvo suficiente energía como para contarme que ha sido una activa integrante de PODER (People Organizaed to Win Employment Rights, por sus siglas en inglés). Ahora, está en la mesa directiva y ha trabajado con la organización desde hace 10 años, trabajando para hablar por los migrantes y niños indocumentados, así como abogando por el acceso gratuito para menores al transporte público y el acceso a la información bilingüe. La lectura es una prioridad en su lista.

“Incluso cuando la gente no lee o ejerce sus derechos al lenguaje o a la comunicación no significa que ese derecho no deba estar establecido”, dijo. “Si la gente no lee es solo porque no tienen el derecho a tener tiempo para leer”, comentó.

“Tienen que trabajar y trabajar y no tienen acceso al internet”, dijo al recordar la época en que organizó a un grupo de la comunidad para ir a Stanford a exigirle a Comcast que ofrecieran cargos de conexión más bajos para personas de bajos ingresos.

Cuando estaba en Oakland, Esteva trabajó como voluntaria durante dos años en el Instituto Laboral de la Raza aprendiendo y tomando información que los abogados usarían en hacer un caso para sus clientes. Incluso haberse mudado a San Francisco no fue fácil. La primera vez pasó un tiempo en un refugio en el Tenderloin, luego en un hogar temporal y ahora vive en la Misión con sus hijas.

Se las arregla para encontrar tiempo para ser voluntaria en el Centro Legal de la Raza en la Misión y a veces también vende Herbalife o limpia casas. Como trabajadora doméstica, comenzó a hablar en contra de las condiciones laborales y los salarios injustos.

Su conocimiento de oratoria la hizo una buena oradora y organizadora de la comunidad. Esteva también ha trabajado para Poor News Network, una organización que contribuye con noticias para Prensa Pobre.

La compensación que recibía por los artículos producidos no era mucha, pero la satisfacción de publicar artículos de su comunidad fue suficiente durante dos años. Esteva abrió su tienda hace dos años para tener un ingreso constante y un horario flexible para poder continuar abogando con PODER. “Lo hago porque creo que todo mundo debe tener acceso a la información; es la única razón porque la gente está fuera de la realidad”, concluyó.

Andrea Valencia

Andrea was born and raised in Mexico City, where she graduated as a translator/interpreter. She has been working with Mission Local since 2009 translating content for the Spanish page. Also lives in the...

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