Hoy vi cómo un señor indigente murió en las calles 16 y Valencia. Yo estaba a quince pies de distancia de él, comiendo una ensalada.
El señor estaba acostado en unos cartones, con la cabeza medio recargada en una almohada improvisada hecha de una bolsa de plástico para súper llena de ropa. Me senté y lo vi por un momento pensando en si debería de llamar a la policía. Hacía calor y el señor no traía camisa.
En todo caso, el señor se despertaría con dolorosas quemaduras de sol, pensábamos yo y otra persona que observaba. Decidí que seguramente él estaba muy cansado y no estorbaba en el camino de nadie, así que pensé que sería mejor dejarlo dormir. Lo que ni siquiera se me ocurrió pensar fue que seguramente el señor estaba gravemente deshidratado al grado de que puede ser mortal.
El brazo del señor se movía intermitentemente. Pensé que tal vez lo estaba haciendo adrede, tal vez el señor estaba escuchando algún ritmo imaginario en su cabeza. En realidad, lo estaba viendo convulsionarse. Seguramente fue en el mismo momento en el que la vida dejó su cuerpo. Finalmente, alguien llamó a la policía. No estoy segura quién fue.
Varias personas pasaron caminando por ahí, lo veían y se encogían de hombros. Yo hice exactamente lo mismo, aunque no pensé que él fuera un estorbo del cual la Misión estaría mejor si no existiera. Sinceramente creo que la mayor parte de la gente que pasaba caminando se hubiera detenido a ayudarlo si hubiéramos pensado que estaba en un verdadero e inmediato problema. La verdad es que no supe qué hacer, y dudo que la mayor parte de la gente hubiera sabido qué hacer. Llamar a la policía o al 911 parece una medida extrema.
Los bomberos fueron los primeros en responder al llamado. Después de voltearlo y comenzar a resucitarlo, e incluso haberle colocado el desfibrilador se dieron cuenta rápidamente que era demasiado tarde. Los bomberos lo cubrieron con una cobija de plástico amarilla de emergencia y le taparon la cabeza con la chamarra que tenía.
Después llegó la policía y el médico forense. Después de rendir mi declaración a la policía, tuve que ir a recoger a mis hijos de la escuela. Para cuando regresé, tal vez una media hora después, ya todo estaba limpio.
A Frankie Bizo, o un nombre parecido según me dijo un comerciante del área de cómo se llamaba el señor, lo llevaron a la morgue.
El señor tenia 67 años de edad, y era considerado un alcohólico crónico. Escuché que un par de veces se apareció en el barrio completamente arreglado y bien vestido. Pero pronto recaía en los viejos hábitos y estaba devuelta en la calle, en donde seguramente había estado durante años. Tenía una hermana con hijos en Oakland.
Todo lo que quedaba de él en la calle eran los cartones sucios, una chamarra negra arrugada y sucia, una playera roja, un par de recipientes intactos de restos de comida visiblemente en buen estado y un botecito vacío de leche.
Llamé por teléfono a una conocida mía del Centro de Salud del Barrio de la Misión. Fueron de mucha ayuda en venir desde sus oficinas centrales en la calle Capp y ayudarme a averiguar cuál era la identidad del señor. El día que falleció, la gente del centro había estado en rondas con los nuevos Embajadores Comunitarios de la Misión como parte de un nuevo programa piloto que está activo en algunos lugares de la ciudad en el que un puñado de integrantes de la comunidad de la plaza de BART de la calle 16 ahora tienen un trabajo remunerado en el que revisan a la gente para asegurarse que estén bien, a salvo y que sepan a dónde van. Se encargan de turistas, residentes e indigentes.
Es un programa maravilloso. Sin embargo, antes de llegar a la calle Valencia decidieron dar la vuelta antes de cruzar y no vieron al pobre Frankie a tiempo. Fue un triste momento aunque revelador, como muchos de los que hay en la Misión.
No obstante, la lección que aprendí de Laura Gúzman del Centro de Salud del Barrio de la Misión es que no está prohibido tocarle el hombro a un indigente para preguntarle si está bien o no. Seguramente no les importará, incluso si están durmiendo.
Además, hay que estar al tanto en días de calor que la gente enferma o alcohólica puede no darse cuenta de lo deshidratados que estén y que eso puede tener consecuencias mortales. También puede ponerse en contacto con los embajadores comunitarios a través del 311. Al menos lo podrá hacer hasta finales de agosto, cuando el programa se quedará sin la primera ronda de financiamiento.

