Hace treinta y cinco años, un pequeño grupo de mujeres quería un recinto para ellas solas. En lugar de eso, consiguieron un edificio.
Quince años después, agregaron un mural icónico titulado MaestraPeace, que comenzó en la fachada con renombrados rostros como Audre Lorde y Rigoberta Menchú; el mural ahora continua en el interior, con la imagen de una tejedora indígena. Las hebras del telar se entrelazan y elevan por la escalera del edificio. Cada hebra está inscrita con los nombres de mujeres madres, activistas, amantes e hijas.
“Le hace a uno sentir que está caminando por el mural. Cuando uno sale por el otro lado, uno sigue siendo parte de él”, dijo Susan Kelk Cervantes, quien formó parte del equipo de mujeres muralistas que crearon MaestraPeace. En 2012, el mural pasó por una renovación completa al agregársele un terminado protector de acrílico para conservarlo los próximos cien años.
Así como MaestraPeace es conocido por sus imágenes de mujeres que han cambiado al mundo, lo que sucede en el Edificio de Mujeres también es legendario.
“Es un edificio importante, una organización relevante”, dijo Cervantes.
El edificio en propiedad de mujeres y administrado también por ellas nació en el movimiento feminista de los 70, cuando los centros de mujeres de San Francisco organizaron una conferencia nacional sobre violencia contra mujeres.
El grupo planeó tener el evento en la Universidad Estatal de San Francisco, dijo Roma Guy, activista desde hace tiempo y cofundadora del Edificio de Mujeres. Sin embargo, las guerras culturales ya estaban en camino y los conservadores se quejaron diciendo que era un grupo de lesbianas que odiaban a los hombres. La universidad cedió, y le dijo a las feministas que encontraran otro lugar.
La experiencia confirmó algo que Guy había estado peleando desde hacía tiempo: que las mujeres necesitaban su propio espacio en San Francisco “para sanar, tener seguridad y poder planear estrategias”, dijo.
El grupo compró el edificio en 1979, pero no todo el mundo le dio la bienvenida a las nuevas propietarias. Algunos denunciaban amenazas de bomba. Algunos alborotadores provocaban a las mujeres que esperaban formadas para entrar a eventos. Además, en 1980 un incendio que no fue accidente causó $50,000.
Al mismo tiempo, el grupo se enfrentó a luchas internas entorno a raza y política.
No obstante, el centro sobrevivió, y su misión fue tan relevante como nunca, dijo Teresa Mejía, directora del centro.
“Las mujeres han adquirido y han podido ganar muchas batallas. Pero, todavía tenemos problemas con los que lidiar: dificultades con los hombres, discriminación y violencia”, dijo Mejía.
En la actualidad, la organización ha puesto atención a una preocupación creciente en su comunidad: el aburguesamiento y las rentas a la alza. Tanto los clientes como los empleados luchan por encontrar lugares dónde vivir en la ciudad, dijo Mejía.
Existen nueve organizaciones cuyo hogar es el Edificio de Mujeres, entre los cuales hay un proveedor móvil de regaderas para indigentes, un grupo que le ayuda a las mujeres a obtener órdenes de restricción y un club de trotadores para mujeres. El edificio ofrece una guardería de niños, así como una despensa alimenticia para inmigrantes, y una sala de recursos donde las mujeres pueden buscar trabajos y conectarse con servicios de la comunidad.
El Edificio de Mujeres asiste a más de 20,000 hombres y mujeres al año y a menudo lo rentan para fiestas, reuniones y eventos.
“Es fantástico cuando uno entra y hay una boda con mariachis en una sala y una reunión de la coalición de bicicletas en la otra”, dijo Mejía, quien llegó al centro por primera vez en 1991.
Como muchas otras organizaciones sin fines de lucro, el Edificio de Mujeres ha pasado por épocas difíciles; no obstante, Mejía opina que la organización está estable financieramente. Las donaciones van bien; ser dueñas del edificio les ofrece un lugar seguro y les brinda ingresos.
“La mitad de nuestro ingreso proviene del uso del espacio, que es genial, pero parte de la razón por la que hemos tenido éxito financiero es que no dependemos de una sola fuente de ingresos”, dijo Mejía.
Una adición de 2009 al mural del interior resultó ser una recaudación de fondos. En la actualidad, los visitantes pueden comprar mercancía y tarjetas que presentan los temas centrales. Cuando se añadió por primera vez, los donadores pagaron entre $150 y $200 para agregar más de 230 nombres (30 más de lo planeado).
“Estábamos empezando a preocuparnos. Apenas y pusimos todos los nombres ahí”, dijo Cervantes, quien incluyó a sus nietas en el mural.
También ahí se encuentra el nombre de Sonia Sotomayor, cuyo nombre está a lado del de la madre de Mejía, su hermana y dos sobrinas jóvenes que fueron asesinadas por el abusivo esposo de la hermana de Mejía en 1977.
Los egipcios creían que decir los nombres de los muertos en voz alta les ayudaba a que vivieran para toda la vida, dijo. “Para mí, tener los nombres ahí y poder decirlos en voz alta los mantendrá conmigo en la eternidad”.
Cuando las muralistas de MaestraPeace se reunieron por primera vez en 1994, muchas de ellas no se conocían bien, y el grupo era diverso en términos de raza y edad. Sin embargo, crear el mural hizo que el grupo se uniera y siguiera reuniéndose cada mes.
Para Cervantes, el extender el mural en 2009 fue una oportunidad para volver a trabajar con sus amistades. Cinco de las muralistas originales diseñaron la extensión, y tres hicieron la pintura actual.
“Todavía estamos todas juntas y eso es importante también. Es por este proyecto que nos hemos convertido en las mejores amigas para toda la vida”, dijo Cervantes.
Este artículo fue publicado por primera vez en Mission Local el 23 de septiembre de 2009. Laura Wenus actualizó el artículo en mayo de 2014.

