Una carreola rosa brillante me da la bienvenida al llegar a la entrada del McDonald’s en las calles Misión y 24. Detrás de la carreola, una madre detiene la puerta abierta para mí y sonríe tímidamente. El olor de papas fritas me abruma. Son las tres de la tarde y el lugar está lleno de madres con sus hijos.

Mis ojos gravitan hacia Micaela Cardoza, de 19 años de edad, sentada con su hija Marisela, de dos años, en un privado en la esquina.

“Crecí con esto”, dijo Cardoza al señalar las papas fritas y los nugget de pollo en la mesa.

“En cuarto grado bromeaban de mi peso y por eso exagero con la nutrición de mi hija. Si alguna vez llegara de la escuela llorando, sería un problema”, dijo la joven trabajadora social y estudiante universitaria mientras le limpiaba la salsa de la pequeña barbilla de Marisela.

Los días de infancia de Cardoza ya han pasado, y ahora sus viajes a McDonalds son solo un premio una vez al mes.

Cardoza atribuye el comienzo de su conocimiento nutricional a la experiencia del cuarto grado y su educación se hizo más formal en una serie de clases de nutrición en Hilltop High en la Misión. Después de haber aprendido sobre la dieta y cómo puede afectar el desarrollo y comportamiento de un niño, ha visto los hechos cuando pone atención a las respuestas psicológicas de su hija.

“Le doy frutas y verduras en una variedad de colores para que  tenga energía y quiere salir a jugar y a caminar conmigo al parque”, dijo. “También la he visto demoler un dulce y entonces se queda dormida dos segundos después”.

Y dormida se quedó. Tan solo minutos después de haber terminado su comida, el pequeño cuerpo de Marisela se recarga hacia el pecho de su madre. La cortina de pestañas es más notable, ahora que duerme.

“¿Ve?” dijo Cardoza, quien planea convertirse en enfermera registrada y asistir a UC Davis el año próximo. Cardoza reunió las cosas de Marisela y se llevó a su bella durmiente a casa.

Mientras estoy sentada sola y disfruto de mi gigantesco té helado endulzado, un autobús escolar amarillo pasó por el restaurante. Ya han salido de la escuela y pronto los niños reclamarán el restaurante. Los adolescentes ya comenzaron a hacerlo.

Tres muchachas que parecen tener 14 años se sientan atrás de mí en el privado. Las tres están enviando mensajes sin parar en sus teléfonos celulares. Sus cabezas se levantan simultáneamente cada vez que un cliente entra al restaurante, pero rápidamente regresan a sus teléfonos. Del otro lado, dos muchachos de la misma edad, uno con una sudadera de la preparatoria Lincoln, debaten sobre una de las preguntas más importantes para un muchacho adolescente: ¿qué hay de cenar?

Los dos muchachos esperan formados a lado de una muchacha que parece tener 16 y que está sentada con su madre, su abuela y otro pariente. Ocasionalmente ella levanta la mirada para revisar el lugar y después regresa a su teléfono cuando su abuela y su madre platican. A solo diez pies de distancia, un muchacho sentado con sus dos amigas, hermanas se ríen. Tres adolescentes y no hay un teléfono a la vista. Ni en sus manos ni en la mesa. Tampoco había ninguna comida en la mesa.

“En la escuela gran parte de las conversaciones son entorno al teléfono y si no tienes tu teléfono en la mano, uno nada más se sienta ahí”, dijo la muchacha de 15 años de edad de la preparatoria Lincoln.

“Es triste [que te ignoren en el almuerzo]”, agregó el muchacho que es alumno de último año en John O’Connell mientras jugaba con la envoltura del popote y sonreía lo suficiente como para que me diera cuenta de que usaba frenos.

“Venimos aquí porque todo mundo viene aquí”, dijo la mayor de las hermanas mientras se ajustaba los lentes”.

“Si veo un lugar y veo en su mayoría adultos, no entro. Todo mundo [de la escuela] se baja del autobús cuando pasa por aquí”, dijo la hermana menor.

Para Elena Peralta, esto también es una parada después de la escuela, pero una diferente. McDonald’s era una oportunidad de recuperarse después de un día ocupado lleno de compras de zapatos para su hijo Isaiah, de 9, quien está en tercer grado en la escuela primaria Lafayette.

“Necesitaba nuevos zapatos así que fuimos directo a la tienda después de la escuela y luego venimos aquí”, dijo Peralta, mientras una mosca Batman de cuatro pulgadas de la cajita feliz le pasa por la cara.

Ella la batea con fuerza e Isaiah se ríe y continúa haciendo efectos de sonido de su juguete. En la playera de cómics Marvel que trae tiene a está Flash y otros superhéroes y así crea un mundo para sí mismo en su imaginación mientras su madre descansa. Está lleno de energía y no se ha preocupado por quitarse su mochila. Se come su hamburguesa con una mano.

Ella lo observa por un momento, le pone el brazo alrededor, levanta la ceja y agrega que “casi no le doy azúcar. Esto no es algo de diario. Tal vez lo traigo dos veces a la semana”.

Las puertas se abren y una madre con ropa quirúrgica color azul entra con sus dos hijas. Detrás de ella, dos señores en sus 30 con sus hijas en mano se hacen camino al restaurante.