En una reciente tarde de domingo, un grupo de cuatro amigos estaban sentados en una colina del parque Dolores bebiendo vino y riéndose mientras la voz de Astrud Gilberto se escuchaba desde una bocina cerca de ahí. En una esquina de su cobija había una bolsa de plástico llena de basura.

“Tratamos de vivir bajo la filosofía de que no hay que dejar rastros”, dijo Patrick McGuire de 30 años de edad mientras tomaba un trago de vino blanco de su vaso de plástico. Sus amigos asintieron con la cabeza en señal de que estaban de acuerdo.

El parque Dolores no tiene un problema de basura, dijo McGuire.

Minutos antes, una mujer que no hablaba inglés les hizo gestos para agarrar la botella de vino del grupo y ponerla en sus bolsas. McGuire se la entregó con una sonrisa.

Es como un servicio gratuito de reciclaje, dijo Frances Brady, una muchacha de 37 años de edad que estaba en el grupo.

“Creo que es fantástico”, dijo.

Brady se refería a la casi una docena de personas que a menudo recolectan reciclables de gente que va a divertirse para llevarlos al centro de reciclaje e intercambiarlos por dinero en efectivo.

La basura solo parece ser un problema después de grandes eventos en el parque, dijo McGuire.

“Esos son los días que nos hacen ver mal”, dijo.

En Barcelona, los parques públicos tienen más basura que el parque Dolores, dijo Diego Lozano, originario español de 38 años de edad que estaba a lado de McGuire.

“En comparación a lo que sucede en España, este lugar es el cielo”, dijo.

“En todo caso, pienso que a veces no hay suficientes botes de basura”, interrumpió Osana Avanesova de 39 años de edad. El grupo asintió con la cabeza en muestra de que estaban de acuerdo. Así es, debería haber más botes de basura.

A unos pies de distancia de ahí, Anthony Smith-Winters de 29 años de edad y con una hielera le pedía a la gente donativos para una organización sin fines de lucro a cambio de bebidas.

“Siempre me aseguro de recoger mi basura y reciclarla”, dijo Smith-Winters. “Incluso si se vuela, intento agarrarla”.

Smith-Winters pasa la mayor parte de los fines de semana caminando por el parque en busca de donaciones. Si se toma en consideración cuánta gente lo usa durante el fin de semana, está bastante limpio, precisó. Incluso así, es más complicado que eso, agregó. La cantidad de basura cambia según en donde se esté en el parque.

Por ejemplo, el ala oeste del parque en la que estaba de pie Smith-Winters, una sección conocida como “gay beach”, tiende a ser la más limpia al final del fin de semana. Si la gente deja la basura, a menudo es el vidrio o aluminio para los que la reciclan, dijo.

“Es casi una relación simbiótica”, dijo Smith-Winters.

No obstante, al caminar hacia el este hay más gente divirtiéndose. Son una población más joven y no se preocupan de su entorno, dijo.

Mientras el sol se ponía en otro fin de semana del parque Dolores, uno por uno de los que estaban en el ala oeste doblaron sus cobijas, empacaron la comida restante y se dirigieron a casa mientras los pepenadores inspeccionaban el área en busca de botellas y latas.

En el ala este, los grandes grupos comenzaban a achicarse y solo los más embriagados se quedaban.

“Creo que casi siempre es la gente borracha la que deja cosas”, dijo Eric Ingersoll de 30 años de edad, quien estaba vendiendo café y té, mientras veía hacia el parque. “No es a propósito. Creo que tal vez cuando uno está borracho, es difícil recordar que hay que recoger la basura”.