Poco después de las diez de la mañana de un domingo, Angelina Gámez se estaba preparando para ir a la misa de medio día en la iglesia de San Carlos. Después de desayunar, iba a tomar una ducha cuando vio que en la ventana de la cocina había llamas.

“Comencé a correr y a gritar: ‘fuego, fuego’”, recordó Gámez de 81 años de edad. “Lo único que pude agarrar fue una caja en la que tenía mi pasaporte y mi certificado de ciudadanía. Dejé todo atrás”.

Desde la calle de abajo, Gámez vio cómo las llamas destruyeron el que fue su hogar desde hace 43 años—lo único que conocía desde que dejó Nicaragua. Al final, el incendio de categoría cuatro del seis de mayo que comenzó en el 101-109 de la avenida Doboce, en donde Gámez vivía, se esparció rápidamente al edificio adyacente en el 204-208 de la calle Valencia. El incendio dejó a seis personas lesionadas y a 41 personas sin hogar. El edificio de Gámez, construido en 1911, fue pérdida total.

En una tarde de jueves, un grupo de 40 residentes llegaron a una reunión para la comunidad en el Escuela para Amigos, antes conocida como la fábrica Levi Strauss, en donde alguna vez trabajó Gámez. Una vez ahí, los miembros de la Vigilancia Vecinal de McCoppin y la Escuela para Amigos, así como representantes del Centro Bahai, comenzaron a coordinar esfuerzos para ayudar a aquéllos que el incendio desplazó.

La rehabilitación de los edificios podría tomar años y mientras tanto, encontrar vivienda para los inquilinos será algo muy difícil en el ajustado mercado arrendatario de San Francisco, declaró Donna Logan, directora de servicios en situaciones catastróficas de la sucursal de la Cruz Roja Estadounidense en el Área de la Bahía.

Gámez no estuvo en la reunión, pero en una llamada telefónica recordó su casa, el departamento 101, en donde vivió sola durante 13 años después de que su esposo falleció. El lugar era mucho más que una casa: era su orgullo y un símbolo de independencia.

“Esa fue mi felicidad, el tener un hogar hermoso pero ¿qué se puede hacer?”, dijo. “Tal vez el señor tenía esto planeado para mí, que perdiera mi hermoso departamento, pero me dejó la vida”.

Gámez pasó toda una vida decorando su departamento y habla de él como una adolescente que se independiza por primera vez. Gámez puede recordar cada detalle —la alfombra de la sala con cortinas que hacen juego, el gran espejo que colgaba de la chimenea, la mesa de vidrio en la cocina, los floreros. No obstante, el objeto que más lamenta haber perdido es la contestadora.

Tenía un mensaje típico: “No podemos contestar en este momento, por favor deje su teléfono y dirección y le regresaremos la llamada lo antes posible”. Era un mensaje bilingüe, con la voz de su último esposo, Saturnino Gámez, en inglés y la de ella en español.

“No podía hablar en inglés muy bien”, precisó Gámez.

Algunas veces, dejaba que el buzón de voz contestara las llamadas sólo para poder volver a escuchar la voz de su esposo, recordó.

Con el paso de los años, la cinta se rayó y tuvo que hacer un duplicado.

“Lo guardaba [el duplicado] en mi cuarto porque nunca pensé que iba a haber un incendio”, dijo. “Mi error fue no habérselo dado a alguien. Me dolió mucho”.

Gámez conoció a su esposo en Nicaragua y se casaron un año más tarde. Después que su esposo perdió su trabajo en un banco, se fue a los Estados Unidos y poco después hizo arreglos para que Gámez se reuniera con él en San Francisco.

“Él era muy educado, muy culto”, dijo ella. “Se levantaba cuando yo me iba a sentar a la mesa, me abría la puerta del auto: era un completo caballero”.

Juntos encontraron una casa en la esquina de la avenida Duboce y la calle Valencia. Desde la ventana de su cocina podía ver la fábrica Levi Strauss.

“Tenía una amistad que trabajaba ahí y le dije: “mira, acabo de llegar de Nicaragua y quiero trabajar. No sé cómo usar la máquina pero te juro que puedo aprender rápido”. Gámez llegó a la fábrica con todo y tacones para conocer al gerente, quien puso a prueba sus habilidades con una máquina de coser.

Gámez creyó no haber pasado la prueba.

“Dejé una buena impresión. Si tan sólo el gerente hubiera sabido que nunca antes en mi vida había trabajado con una máquina”. Trabajó en Levi’s durante 31 años antes de haberse jubilado a los 63 para cuidar de su esposo, quien estaba muriendo de cáncer en la próstata.

Después de que su esposo falleció en 1998, dos de los sobrinos de Gámez —uno en Colorado y otro en Texas—, le pidieron que se mudara con ellos y sus familias.

Gámez, quien no tiene hijos, precisó haberles dicho: “Nunca me sacarán de San Pancho, nunca”.

Esa fue la primera vez que se negó a mudarse. Cuando tenía 43 años de edad, su esposo quiso comprarle una casa “en las avenidas”.

“No quería dejar mi hogar; estaba cerca de mi trabajo, disfrutaba de pagar una renta baja, y me sentía muy cómoda”, dijo. “Ahora con todo lo que me ha pasado, lo lamento”.

La causa y el origen del incendio todavía están bajo investigación, aunque los bomberos no sospechan que haya sido intencional. Cinco de los bomberos que quedaron lesionados después de que una escalera colapsó ya han regresado a trabajar, precisó el jefe Matthew McNaughton de la 3ra división.

Actualmente, la ciudad está tratando de ubicar a algunos de los inquilinos en vivienda pública en Treasure Island, en donde algunos cuartos están disponibles. También han intentado encontrar caseros que estén dispuestos a participar en el programa arrendatario Buen Samaritano, el cual le permite a los caseros ofrecerle a las víctimas descuentos arrendatarios de hasta un año sin tener que comprometerse a rentar a largo plazo y los beneficios que eso presupone.

“He hecho llamados a la comunidad, hasta el momento obtuve dos respuestas de Buenos Samaritanos, desafortunadamente no he podido encontrar algo que quieran los inquilinos”, dijo Benjamín Amyes, coordinador de respuesta a emergencias de la ciudad. “Si alguien sabe de cualquier opción de vivienda, soy todo oídos”.

Mientras tanto, el propietario del edificio en la avenida Duboce y de la licorería Fred’s Liquor, Fuad Ateyeh, declaró que reconstruirá el edificio que compró hace doce años. Legalmente, los caseros deben cobrarle a los inquilinos que regresen la taza arrendataria previa al incendio, pero Ateyeh declaró que de todas formas lo haría porque considera que los inquilinos son su familia.

“Freddy es una gran persona, un caballero”, dijo Gámez, quien mantenía las flores del pasillo y limpiaba las áreas comunes cuando podía.

Gámez vive de la pequeña jubilación que ganó mientras trabajaba en Levi Strauss.

Amyes declaró estar trabajando con la autoridad de vivienda para reubicar a Gámez en algún lugar hasta que rehabiliten su departamento.

“No tenía miedo de vivir sola, pero ahora me siento muy mal y espantada de vivir en otro lado”, dijo Gámez.

Actualmente, vive con una amistad en el Distrito del Excelsior. Le han brindado un gran apoyo e incluso le compraron un nuevo guardarropa.

El jueves por la tarde, Ateyeh —o, como a ella le gusta llamarle, Freddy— le contó sus planes de reconstrucción y de traerla de vuelta.

“Instantáneamente, mi tarde mejoró después que Freddy me dijo que podía regresar”, dijo. “Incluso si es un espejismo, me siento contenta porque al menos tengo una ilusión”.