En una mañana de jueves a mediados de marzo, la lluvia caía de costado y el parloteo retumbaba en el parteaguas de acero del taller de utilería y escenografía del Teatro del Conservatorio Estadounidense (ACT) en el 681 de la calle Florida. El espacio es más grande que un campo de fútbol americano y dos veces más ancho. Parece como si alguna vez hubiera sido un hangar de aviones. Las lámparas industriales fluorescentes cuelgan de techos corrugados con tragaluces de vidrio. Hay dos grúas paralelas con capacidad de tres toneladas en vías colocadas a lo largo del lugar.

Las grúas mueven cosas grandes aquí porque aquí hacen cosas grandes. Hay tres artistas de escenografía que pintan con aerosol negro la retícula de acero de 40 por 26 que en dos semanas representará un gran ventanal de la ciudad de Nueva York en la próxima producción de “Maple and Vine”. A la izquierda hay cuatro carpinteros que miden, cortan, engrapan y ensamblan las fachadas de las casas de 1950 y los fondos atmosféricos antes de entregarlos a los artistas de escenografía para que los pinten y los texturicen.

Es aquí donde se fabrican las escenografías de producciones como “Taming of the Shrew” de 1975 de Sheakspeare a “Endgame” y “Play” de Samuel Beckett que se presentarán en mayo. Aquí se decoran, se construye y almacena la utilería. Aquí se hace el teatro.

Antes de que la gente pague una buena cantidad de dinero para ver cómo se desdobla una obra, y antes de que un escenario se convierta en un teatro en el 415 de la calle Geary en el centro de la ciudad de San Francisco, cada elemento físico comienza aquí. Y así ha sucedido desde los 70. El espacio de trabajo de aproximadamente 12,000 pies es una mezcla de cadena de ensamblaje industrial y un estudio de bellas artes —sin mencionar que es un museo de tesoros teatrales. La utilería no sólo se hace aquí sino que también se almacena aquí; por cada candelabro de mediados del siglo XIX que un artista de utilería hace a mano, se almacena otro de alguno de los cientos de espectáculos anteriores. Los directores artísticos son minuciosos; no todos los candelabros son equitativamente auténticos.

A mediados de marzo, el taller estaba retrasado en la terminación. Necesitaba entregar las escenografías de “Maple and Vine” en tres semanas. Dicha escenografía es uno de los ocho espectáculos que se presentarán en ACT en el centro de la ciudad de San Francisco este año. Las especificaciones y los diseños de la escenografía llegaron una semana tarde.

Jen, una de las artistas de escenografía, es una mujer delgada con cabello rubio oscuro que viste pantalones azules de mezclilla con manchas de pintura y una chamarra de franela muy grande. Jen trae puesta una máscara industrial para pintura y está probando el flujo de pintura en una compresora. Así se ve una verdadera artista. Jen rocía otra capa de pintura negra en las articulaciones soldadas de la retícula de acero. Las uniones no se tienen que ver.

“Las cosas aquí siempre se ven más brillantes que en el centro”, dijo más tarde, “así que aquí se compensa. Es una mezcla de darles lo que piden y lo que verdaderamente quieren”, dijo en referencia a los directores artísticos. Jen recuerda haber trabajado el año pasado en escenografías como “The Homecoming” de Harold Pinter. Jen hizo un gran esfuerzo en pintar un muro interior para que reflejará los diseños aunque no funcionó. Justo antes de la fecha límite decidió igualar la textura y el color con pinceladas de un mechudo para pisos. “Eso es lo que funcionó en la enésima hora”. Tanto ella como el director artístico estuvieron complacidos.

En una oficina ligeramente elevada del taller se encuentra Mark Luevano, encargado de la fábrica, que observa por una ventana con vista al piso. A su izquierda hay cuatro carpinteros trabajando con aspecto de camioneros. Los carpinteros tienen más o menos 40 años de edad y prefieren vestir pantalones de marca Carhart, sudaderas sucias y botas de punta de acero. En total, hay cuatro carpinteros y tres artistas de escenografía, así como un departamento de utilería que trabaja en un espacio en la parte trasera del edificio. Juntos, el equipo construye escenografías y utilería para aproximadamente siete espectáculos al año.

Sus días altamente reglamentados comienzan a las 7 a.m. Todo mundo parece perdido en su trabajo, aislado por el barullo de las sierras eléctricas, engrapadoras de aire comprimido y aerosoles de pintura. No es sino hasta la hora de descanso que las herramientas descansan, la música se detiene y todo mundo se dirige a la sala de almuerzo.

Hoy es el cumpleaños de Tim, el comprador y el equipo ha traído dos pasteles, uno que Lette —“Lette Crocker”, como a los muchachos les gusta llamarla— hizo con su famosa KitchenAid. El grupo es chistoso y centrado. Son hombres y mujeres de mediana edad que empacan refrigerios de naranjas en bolsas Ziploc y que disfrutan de mantequilla de maní en galletas saladas. Cuando se termina el descanso, la plática se termina y la música se vuelve a escuchar. Y rápidamente comienza el trabajo.

Hoy, los carpinteros construyen fachadas campales de casas después de la Segunda Guerra Mundial que estarán en “Maple and Vine”. Como poco después cuenta Luevano, “estamos traduciendo un sentimiento a un número. Los directores artísticos nos dicen lo que quieren y casi siempre decimos ‘sí, podemos hacerlo’. Y luego regresamos al taller y nos planteamos cómo podemos hacerlo”.

Luevano recuerda una escena de “A Christmas Carol” de Dickens en donde salía el fantasma de Jacob Marley —que al principio era tan sólo un títere bajo un reflector— y pensó que podría mejorarlo al insertar un mecanismo para que el fantasma se deslizara por encima del público y hacia el escenario. Luevano le dijo al director artístico que se podía hacer, y así sucedió.

En la parte de arriba, en la parte trasera y en cualquier esquina libre en el espacio se han organizado, etiquetado y arrumbado viejas escenografías y utilería en aras de que algún día regresen al escenario. Hay viejas escaleras que no llevan a ningún lado, juegos de té de todas épocas y estatus social, por lo menos tres docenas de bastones para caminar, palos o sables, una docena de variaciones de cubetas para champaña, teléfonos de todas las décadas, licoreras, cálices, estantes del siglo XX para velas, bolsitas de monedas falsas internacionales, una linterna de cada matiz del color de la noche. Es oscuro y abrumador que haya casi más de 50,000 artículos de cientos de obras que están cubiertos en polvo y sábanas blancas de algodón. Es como el ático de una abuela fallecida bajo efectos de una droga espectacular.

Con la utilería lejos del escenario, los trabajadores del taller permanecen fuera de los reflectores. Chris opina disfrutar que la gente vaya al teatro y vea su trabajo. Chris recuerda el rugido del público cuando la cortina reveló la primera escenografía de “Tales of the City” de Maupin, la cual se presentó el año pasado. Aunque en términos de reconocimiento “cuando no hay noticias, esas son las buenas noticias. Una oración en una reseña sobre nuestras escenografías es maravilloso, pero cualquier cosa más allá de eso seguramente significa que el crítico se está quejando”.

“No nos dan tanta retroalimentación aquí”, agregó Chris, “por lo que tratamos de reconocer el trabajo entre nosotros”. Y parecen ser el tipo de personas en donde dicha opinión es veraz.

Son las cuatro de la tarde y la jornada de ocho horas ya se debería haber acabado, pero todavía no se termina. Los carpinteros tienen que ponerse al día con los artistas de escenografía si es que se enviará a tiempo. La música de Pink Floyd hace eco en el espacio. La lluvia ya se detuvo y el aserrín se arremolina y oscila en la inesperada luz solar vespertina que se aprecia en el piso del taller.

Andrea Valencia

Andrea was born and raised in Mexico City, where she graduated as a translator/interpreter. She has been working with Mission Local since 2009 translating content for the Spanish page. Also lives in the...

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