Slater está de pie con un paraguas morado mientras que Cherry Bomb camina de un lado al otro en sus relucientes botas azules para la lluvia. El titilante letrero de neón del 500 Club resalta debajo del lluvioso cielo gris.

Si se quedan aquí mismo es posible que puedan vender algunos números de Street Sheets a los fumadores que están por la puerta lateral que permanece abierta. El ‘papá’ de Slater, Jeffrey, es el barman y no les pide que se vayan porque es muy bonachón. Además, los lunes es pariente de todo mundo a las 3 p.m.

“¿Cómo te va, cariño?” le preguntó una mujer a un hombre al llegar y sacudir su melena. Una vez adentro, una brisa hace que las hojas de la primera plana del Chronicle que cuelgan del techo se muevan como si bailaran entre sí.

Está viendo el juego. Es el principio de la quinta entrada: Detroit 3, Texas 2. Ella iba a lavar la ropa, pero empezó a llover otra vez.

Todd, Henry, Liz, Summer y otros en el bar son parte de la gente habitual: cerca de 13 bebedores macizos han estado aquí desde que Jeffrey abrió a las 11 a.m. La mayoría de ellos observa fotografías colgadas en la pared o tienen discos en la rocola Starlight Rowe.

El 500 Club, uno de los 38 bares en el Distrito de la Misión, es un antiguo favorito del barrio. Es un bar en la esquina de las calles Guerrero y 17 que ha saciado la sed de los nativos, vagabundos y buenos para nada durante generaciones. Es un lugar, dice Clare, quien es una de las propietarias, que sigue igual que siempre. Es un lugar donde uno puede regresar después de 10 años y “seguramente conocerá a alguien”.

Los asiduos están aquí para beber con aquellos que se saben sus nombres y sus historias, con aquéllos con los que —como ellos— nunca niegan otro caballito. Como Emiley, quien es la barman por la noche pero llega durante el día, los asiduos prefieren los bares a los cafés porque pueden platicar, decir palabrotas, escuchar música y contar malos chistes. A medida de que cae la noche, el alcohol suaviza la realidad y la gente en el bar opina que el lugar se siente más como una sala. Por poco y se olvidan de que tienen hijos y esposas que los esperan en la verdadera sala. Justo antes del atardecer, ponen los bancos otra vez en su lugar.

Hay personas que no le caen bien a Emiley —como cinco de los 60 que siempre llegan. Son los que se sienten con derechos, los que tiran sus popotes en el piso y creen que 40 años de lealtad significan que se les debe de servir inmediatamente.

Ninguno de ellos está en el bar en este momento. Todd bebe lo de siempre: tequila Herradura y Trumer Pils (de preferencia en un tarro helado). Henry bebe de un vaso alto con vodka collins y pide otro caballito cuando se lo empieza a acabar. Liz bebe Fernet pero decide cambiar a un Greyhound. A Summer no le gusta que haya fruta flotando en su Ketel One con soda, así que Jeffrey le exprime un limón en el vaso y después lo echa en la bebida.

Si Todd y los otros no estuvieran aquí, Emiley estaría preocupada. Es un bar de día. Son familia. No es un hábito. Es nuestra vida, dijo.

Ella está sentada en un banco; viste tenis Vans negros, vaqueros y una playera cortada con un lobo estampado que deja al descubierto su hombro. Sus brazos están cubiertos de flores tatuadas. En la parte superior del torso tiene tatuada la frase “Off With Her Head”. Sus dedos están decorados con joyería de plata y turquesa mientras sostiene la correa de su nuevo perro de rescate.

“Puede que lo llame Gizmo porque tiene esas orejillas chistosillas”, le dijo a su amigo que estaba acariciando a otro perro acostado enfrente de una de las cabinas de piel negras.

“Hola Joe”, dio Emiley cuando entró un señor de pelo gris con lentes y un periódico debajo del brazo. El señor es un apostador de Nueva Jersey que bebe Miller Highlife seguido de vino blanco. Sabe todo sobre todos los caballos e hipódromos. Ha estado viniendo desde siempre.

Murmura algo sobre la mamá de Emiley que está en Reno.

“Ahhh, vete a ver tus caballos viejo verde”, le dice ella.

Emiley no trabajaría aquí si este fuera un bar normal.

Everything I Own de Bread comienza a escucharse.

Emiley sabe que Todd la puso. “Va a empezar a llorar en cualquier momento”, dijo.

And I would give anything I own

And give up my life, my heart, my home…

Del otro lado del bar no les importa la música.

Bryce Beastall, de 42, acaba de salir de trabajar de Clare’s Deli, que está a lado. Se sienta a lado de Chris Yuseless, de 43 años de edad.

A Beastall se le puede encontrar bebiendo botellas de Pabst Blue Ribbon aquí, a medio día, cuatro días a la semana. Yuseless pasa por el lugar y si ve a alguien que conoce entra.

Están hablando sobre los otros bares que visitan. Kilowatt, Benders, Lucky 13.

Yuseless es de Connecticut. “No de la parte adinerada sino de la parte en donde los blancos son pobres”, dijo. “Como ella”, dijo al señalar a Clare cuando llega con comida para el banco número cuatro del bar. A Clare se le conoce entre los barmans como “mamá gallina”, porque se asegura que la gente en el bar esté bien alimentada. Ha hecho que en la mañana haya más movimiento. Ya no se trata sólo de beber al medio día. Clare ganó el premio de lo Mejor de la Bahía por “Mejor Café Entregado Hasta el Banquito de su Bar Favorito”.

Clare solía estar aquí cuando el lugar abría a las 6 a.m. Cuando entonces los veteranos solían venir y se podía fumar adentro. Clare habla con el propietario todos los días. “Es una gran reina”, dijo.

Cuando él viene a la ciudad desde su casa en Palm Springs, le invita una ronda de bebidas a la casa.

Emiley abraza a todo mundo a forma de despedida antes de irse. “Me voy a beber champaña”, dijo.

Son las 4 p.m. y sigue el turno de Bre. Bre tiene un tatuaje de una cereza en la parte derecha de su cuello. Del bolsillo trasero de sus pantalones cuelga una toalla blanca para platos. Bre bebe de un vaso de agua.

“Es bueno verte”, le dice Rokicki.

“No te había visto desde el cumpleaños de Freddy”, contestó ella.

“Estaba hasta atrás”, dijo él.

“Todo el mundo lo estaba”, dijo ella.

Rokicki habla de los días previos a los que comenzó a beber de día. Le dieron una beca completa para la escuela “aahht” en Boston; se mudó acá, y vino al 500 Club con un tipo que le hizo su primer tatuaje. Fue el mismo día en que dos muchachos patinetos menores de edad se pelearon por una chica, y desde entonces no ha dejado de venir.

Dijo que es muy seguro que se sepa los nombres de todos en las fotos que están en el bar. Rokicki señala una fotografía encima de la caja registradora antigua. “Ese tipo se mató”, dijo, pero no quiso hablar de eso.

Jésus Navarro ha estado viniendo desde hace 30 años y recuerda cuando alguna vez el cuarto de atrás llevaba a una escalera un piso más abajo al cuarto de carnes, cuando en alguna época el lugar solía ser una carnicería.

Hoy día, acompaña a Michelle Senn de 32 años de edad con un caballito de Hornitos. Senn es una principiante, pero este lugar se ha convertido en una extensión de su pequeño estudio del otro lado de la calle. Aquí es más como su hogar.

“Creo que me voy a tomar otro caballito antes de irme”, dijo. Tiene un hijo de 8 años de edad pero es la “Hora de la Mamá”.

Senn identifica a Jeffrey sentado en la barra  a lado de un pintor de casas con su ropa llena de pintura y que acaba de salir de trabajar. Jeffrey también es músico. Senn se acerca a la rocola, encuentra su CD (The Lion’s Jaw) y pone su canción favorita (la número 3, Dark White).

“Es un alma tímida e inquieta”, dijo Senn.

El reloj de Lucky Strike da las 6 de la tarde. Para las 8 de la noche, los hipsters comienzan a llegar. Para entonces, la gente de ahorita ya se habrá ido porque ese no es su ambiente.

“Algunas veces pienso “¿quién eres y qué estás haciendo en mi sala?” dijo Senn.

Slater y Cherry Bomb ya se han ido.

Jeffrey está contento de poder sentarse. Hace unos cuantos meses fue a Bernal con un tarro de mermelada lleno de Jameson y se cayó por la colina. Su rodilla está toda raspada. Se queda viendo la televisión sentado y con un viejo sombrero italiano que encontró en la tienda de doble uso. Es la segunda parte de la 11va entrada. Una gran victoria para Texas.

“Eso es todo”, dice Jeffrey, “dios mío”.

Ya está oscureciendo y los focos rojos proyectan una luz rosada. Las puertas siguen abiertas, pero hay una fogata en la chimenea.

Daniel, de 36, llega después de haber estado desarmando muebles en una tapicería cercana. Es una de las personas que se entera cuando cambian los discos de la rocola.

Bebe whiskey Powers Irish y escribe la lista del mercado en la parte de atrás de un posavasos Schlitz con una mini pluma Pilot G-2 que carga en el bolsillo de su camisa.

Limón, albahaca, anchoas, broccolini. Si logra llegar a Trader Joe’s antes de que cierren, le cocinará pesto a su esposa.

Daniel sólo viene una vez a la semana porque quiere seguir su vida de casado.

Para las 9 de la noche, los muchachos veinteañeros comienzan a llegar. Agarran los asientos disponibles en las cabinas y en la parte de atrás. Uno de ellos escoge Circle Jerks en la rocola.

Gimme, gimme, gimme