Sugarlump no es un café para platicar. Es posible que sea uno de los cafés más cómodos en los que he estado, con muebles de plastipiel negra, bancos y música rock suave en el fondo. En una tarde de viernes había nueve personas adentro, la mayoría tomando café y navegando en silencio en Internet desde sus computadoras MacBook y teléfonos inteligentes.

Me llega un olor dulce de los panecillos y el café. No he comprado una taza de café ni un panecillo en varios meses debido a una combinación de flojera y pobreza.

A las 2 de la tarde, la caja de panecillos ya está casi vacía. Sólo quedan algunos bagels, galletas, panes de canela y cuernitos. Pido un café macchiato con caramelo y crema batida y un cuernito de almendras. Cuando veo el tamaño de los cuernitos, una sonrisa ilumina mi cara; son casi igual de grandes a los de Costco.

La barista es amigable, con su sonrisa y su dulce intento por hacer conversación: “es un hermoso clima el de hoy”, dijo ella. “Sí, ya sé. Debería haberme puesto shorts”, le contesto.

Mis ojos se abren grande cuando me da el macchiato en una taza de té y mi cuernito en un plato. Ambos son de vidrio. Gracias a mi naturaleza torpe, puedo ver un desastre cerca. Le pido a la barista que ponga mi café en una taza de papel con una tapa y un popote.

“Te da miedo romper algo, ¿no?” dice ella con una risita. ¡Más conversación para perder el tiempo!

Poco a poco me hago camino haca una de las sillas de plastipiel que está junto a la chimenea. Aunque la chimenea no es real, le da un toque de calidez casual al café. El cuernito de almendras es delicioso, perfectamente suave y con mantequilla. El café no está nada mal tampoco. La mezcla del sabor a mantequilla del cuernito y el caramelo del macchiato es mi idea del paraíso.

Una mujer llega y se ve increíble con su cabello rubio teñido, mallas de cheetah, shorts morados y una blusa gris de encaje.  Trae consigo a un perro pequeño que parece ser un cruce extraño entre un pomeranio y un husky siberiano. Ella agarra uno de los bagels de la canasta arriba de la caja de panecillos y pide un café orgánico mientras el perro se va a explorar el café.

El perro de la mujer camina hacia mi mesa y huele mi plato. Yo me incorporo para acariciarlo y me lame la mano en busca de migajas de un cuernito de mantequilla.

La mujer pasa caminando por mi mesa con su café y un bagel en la mano. “Lo siento”, dice ella, “¿te estaba molestando mi perro?”

“¡No!” le contesto yo mientras sigo acariciando al perro. “Es adorable, ¿cómo se llama?”

“¡Se llama Chiquita! Bueno, ¡nos tenemos que ir! ¡Tengo que llegar al trabajo en unos minutos! Qué tengas un buen día”, dice la rubia mientras se apura hacia la puerta.

Entre el olor a cerrado, la gran silla y la falta de sueño se me empezaron a cerrar los ojos.

El ansía de tomar una siesta se me va cuando escucho un gran ruido cerca de los bancos.

El piso está lleno de café y pedazos de vidrio. “¡Ay, maldición!” dijo una mujer que se apresuraba al desorden y agarraba algunas piezas de vidrio. Agradezco a cualquier instinto el que haya decido pedir una taza de papel.

La barista se acerca con un mechudo y una bolsa de plástico. “Perdón”, dijo la mujer con una mirada apologética.

La barista sonríe y le dice “no se preocupe. Lo crea o no, esto sucede mucho aquí”.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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