A las 6 de la mañana del 18 de abril, un grupo de bomberos, voluntarios del programa NERT, niños soñolientos, funcionarios de salubridad, historiadores locales y gente en disfraces de la época de 1900 se reunieron para pintar la boca de incendios con pintura especial Krylon color dorado metálico (la cual se seca en 15 minutos, o menos, y es ideal para decoraciones, lámparas, muebles, artesanías y más).

Según la leyenda local, cuando las demás bocas de incendios se quedaron sin hidrante después del terremoto de 1906, la boca de incendios de la calle 20 y Church misteriosamente siguió funcionando. Con la ayuda de un equipo de cientos de asistentes humanos con cubetas en mano y cobijas húmedas, la boca de incendios salvó a los edificios a su alrededor de los incendios que hicieron destrozos en la Misión.

La multitud era mucho más pequeña a la que se congregó en la Fuente Lotta en la mañana del 18 de abril en conmemoración del 105 aniversario del terremoto. Ahí, una multitud de varios cientos de personas se reunió mientras estaba medio adormilada (los rumores de que la Cruz Roja iba a dar café, malo pero caliente, no sucedió) mientras que varios oradores, incluyendo al exalcalde Willie Brown, se dirigieron al público presente.

La atracción principal fue Bill Del Monte, una de las tres personas en el Área de la Bahía que estaba vivo cuando sucedió el terremoto, y el único que llegó (las otras dos personas, ambas mujeres, se negaron a ir porque querían dormir hasta tarde). “¿Cómo ha llegado a vivir hasta los 105 años?”, le preguntó un hombre con un micrófono mientra se agachaba para que el señor lo escuchara. “Todo mundo me pregunta eso”, dijo Del Monte, “Ojalá supiera”.

A las 5:12, el momento en que comenzó el terremoto en 1906, se activaron las ruidosas sirenas en todas direcciones, lo cual fue mucho ruido si había dormido poco. Sin embargo, la multitud cantó animadamente la canción titulada San Francisco al unísono, y todo estuvo mejor.

Para las 6 a.m., cuando la multitud del centro de la ciudad llegó a la Misión, el sol casi no se veía pero el cielo estaba clareando. El clima se puede describir como de una neblina densa o una lluvia en cámara lenta. Una por una, las personas se pararon para pintar la boca de incendios.

“Esto es por Doc Bullock”, dijo una mujer. Puso un pie con una bota dorada de tacón alto en la boca de incendios y la roció. “Él hacía esto solo, cada año. Se hacía llamar El Fantasma hasta que una mañana cuando vino había un equipo de noticias del canal 7”.

Un extravagante hombre bigotudo se acercó y dijo: “Esto es por Herb Caen”.

Otro hombre se acercó y pasó la lata de pintura a los demás. “Esto es en honor a mi abuela, quien siempre me decía que mi habitación estaba más desordenada que la tienda de campaña en donde vivía en el Parque Golden Gate”.

“Esto es por toda la gente que esta boca de incendios salvó”, susurró una pequeña niña que vestía un impermeable y tenía los ojos a medio cerrar y hacía muecas mientras intentaba apachurrar el aspersor de la lata de pintura.

“Para todos aquéllos que se mudaron a San Francisco”, dijo Anne Kronenberg, directora ejecutiva del Departamento de San Francisco para Manejo de Emergencias y quien alguna vez, hace muchos años fue la representante de campaña para Harvey Milk. “La gente que no nació aquí pero que encontró su hogar aquí”.

La gente ignoró las instrucciones de hacer una fila y en su lugar fueron pasando la lata de pintura entre la multitud.

“Por las víctimas del ’06, ’09 y Japón”.

“Para Haití”.

“En honor de los jefes del Departamento de Bomberos. Pasado, presente y futuro”.

“Para todos los trabajadores de la ciudad que crean la ciudad día a día”.

“Para toda la gente de San Francisco”.

“Esto es para Patrick Calhoun, quien con un soborno de $200,000 hizo que los tranvías volvieran a funcionar en la calle Market”.

“¡Ay!” se escuchó de alguien entre la multitud. “¡No hablen de política!”

“Esto es para Rose Cliver, sobreviviente del terremoto”, dijo una mujer de la Asociación del Barrio de Bernal Heights. “No pudo estar aquí hoy, como que ya superó esto, pero nos alegra que esté viva”.

“He estado en este barrio desde hace 20 extraños años”, dijo un hombre mientras alguien le daba la lata de pintura. “A una cuadra y esta es la primera vez que vengo a esto”. Y meneó la cabeza como si no creyera en esto.

“Los equipos de camarógrafos han intentado hablar conmigo”, dijo una de las mujeres vestidas en ropa de la época de 1900. “Y luego se decepcionan porque no soy parte de la generación número 15 de san franciscanos. Pero como siempre he dicho: la gente que no nació en San Francisco, nació en la ciudad equivocada por accidente”.

“Mark Twain dijo que ‘todo lo que no termina torcido, termina en San Francisco”, añadió otro hombre solemnemente. Agitó la lata de pintura color oro y la roció en un pedazo de papel que la Sociedad Histórica de San Francisco le había dado, y hacia la multitud. “El día 18 de abril del año 2011, ayudé a pintar de dorado la boca de incendios en las calles  20 y Church”, decía el papel.

“¿Quieren que les eche pintura?”, preguntó, “es una tradición”.

“Es una tradición,” contestó una mujer, “que acabas de inventarte”.