En 1996, Víctor Martínez, un poeta del área, alcanzó un bajo nivel personal mientras leía su poesía en Intersección para las Artes con exactamente seis personas. Tres de ellas eran sus amigos.
Una semana más tarde, se enteró que lo habían nominado para el Premio Nacional de Libro.
Galería de la Raza le dio una fiesta de despedida antes de que fuera a Nueva York para la ceremonia de premios. “Dijimos ‘¡vas a ganar!’” recordó el escritor Alejandro Murguía. “Él dijo: ‘Nah, soy un escritor chicano. Este es un premio de Nueva York”.
Ganó. De repente, News Hour con Jim Lehrer entrevistó a Martínez. Su foto salió en la portada del periódico San Francisco Chronicle y cuando caminaba por las calles de la Misión hubo personas que lo reconocieron y lo saludaron.
Cuando Martínez falleció en la madrugada del 18 de febrero de 2011 en su departamento de la calle Capp, pocos días antes de su cumpleaños número 57, ese libro Parrot in the Oven: Mi Vida, se había convertido en uno de los libros a estudiar para alumnos en preparatorias estadounidenses.
Al menos en las escuelas en las que el libro no ha sido prohibido. Parrot, a meudo una novela violenta sobre un muchacho de 14 años de edad que está tratando de ver qué es lo que significa ser un adulto en medio de un ambiente de pandillas, violencia y pauperización en los proyectos de vivienda del Valle Central (Central Valley), no siempre es una lectura que le haga a uno sentir bien. En un principio, la novela estaba dedicada para adultos. Fue el editor Harper Collins quien propuso que se mostrara la novela como ficción para jóvenes adultos.
La controversia entorno al libro condujo a algunas situaciones interesantes. En un momento dado, invitaron a Martínez a que hablara ante un grupo de alumnos en Florida, a pesar del hecho de que ninguno de los alumnos había leído el libro, y que sólo uno de los profesores tenía una copia del libro. En otros lugares, recordó su esposa Tina Álvarez, sólo presentaban a Martínez a los alumnos latinos. “Él se negaba a hablar a menos de que la clase completa estuviera presente”, dijo su esposa. “Él les decía ‘soy un escritor estadounidense’”.
Martínez nació en Fresno, California el 21 de febrero de 1954, en una familia de trabajadores agrícolas migrantes. Él fue el cuarto de 12 hijos, y según su hermano más joven, Ramiro, desde pequeño mostró interés. “Él fue uno de los primeros en la familia en tener su propio cuarto. Pasaba mucho tiempo ahí con su máquina de escribir. De pequeños, eso era algo que nos fascinaba. Era algo muy misterioso para nosotros y pensábamos ‘¡Ah! Tiene su propio espacio’”.
En familias numerosas, los hermanos desarrollan especialidades. El de Martínez era el consejo, aunque como Ramiro dice “no estoy seguro de llamarlo consejo. Uno podía hablar con él sobre cualquier cosa y él lo configuraba y reorganizaba le ayudaba a uno a ver la solución”.
En una entrevista de 1996 que apareció en el Chronicle, Martínez dijo que durante la preparatoria su orientador le decía que con sus excelentes calificaciones y puntajes en las pruebas debería tener un gran objetivo en mente y considerar una carrera como ser soldador.
Poco después, el orientador lo volvió a considerar. Convenció a Martínez de que se inscribiera en la universidad y entró a la Universidad Estatal de California en Fresno con la ayuda de un programa para minorías. Le dijo al Chornicle que lamentaba la aprobación de la Proposición 209. “Tan sólo esa poca ayuda con el programa para minorías hizo mucho por mí. Era un gran programa, uno daba un dólar y adquiría un montón a cambio”.
En la Universidad Estatal de California en Fresno, Martínez conoció al poeta Philip Levine y recibió una prestigiosa beca Stegner en Stanford. Fue ahí donde conocí a Tina Álvarez. “Estaba en la licenciatura y tomé una de sus clases. Sentí que era un escritor de verdad. Era muy intransigente. Feroz. Siempre decía lo que sentía”.
“Él me enseñó a querer a la gente por lo que son”, dijo ella. “Y no por cómo uno quisiera que sean”.
Martínez se fue de Stanford antes de que se acabara la beca. “Fue por frustración”, recordó Álvarez. “Para poder estar ahí tenía que enseñar, y sólo quería escribir. Nunca quiso convertirse en maestro, lo cual muchos escritores hacen”. En la entrevista de News Hour, Martínez se describió a sí mismo como alguien ‘cascarrabias’ para enseñar. “Pensé que el sistema educativo no tardaría mucho en echarme”.
En lugar de eso, Martínez se mudó a San Francisco en donde por una época se hizo soldador antes de haber agarrado un trabajo como asistente personal para el gobierno. Escribió reseñas culturales para El Tecolote, publicó una revista llamada Dinton, cazó los cines de arte y ensayo (las películas de Kurosawa y la película One Eyed Jacks eran sus favoritas) con su amigo y artista Sal García, quien trabajó en la reinauguración del Centro Cultural de la Misión, ayudó a crear un colectivo de poesía que se llamó Humanizarte y se casó con Álvarez en el Ayuntamiento. Se mudaron a un departamento en la calle Capp. “Le encantaba la Misión”, dijo Álvarez. “Le encantaba lo emocionante que es”.
No siempre fue fácil encontrar tiempo para escribir. “Trataba de levantarse a las 4 a.m.”, recordó Álvarez. “Y se ponía a escribir”. A fin de cuentas, dijo Álvarez, le ofreció un trato. Si ideaban una forma de vivir con el salario de Álvarez entonces él podría renunciar a su trabajo.
Después de eso, Martínez se levantaba todas las mañanas, iba a su escritorio y escribía durante seis horas. Su estilo era detallista, y minimalista. “Era como alguien con un cincel”, dijo otro de sus amigos, el artista Jurgen Trautwein, quien pasó años en Zeitgeist hablando de arte con Martínez y bebiendo cervezas. “Alguien que agarraba algo y lo deconstruía hasta el fondo. Tenía un gran amor por la escultura. Le encantaba Giacometti. Leyó su biografía más de diez veces”.
“Demasiadas palabras”, dijo Trautwein. “Es lo que él diría: ‘demasiadas palabras’”.
“Solía decirme: ‘La poesía es la esencia del pensamiento’”, dijo su hermano, Ramiro.
Cuando la gente le preguntaba a qué se dedicaba, él decía que conducía un camión. “Hay tantas personas que se han limpiado el trasero con la palabra ‘artista’”, dijo Sal García, riéndose. “Nosotros éramos de la clase obrera”.
Martínez también comenzó a escribir ficción. “Creo que de todas las disciplinas, los poetas tienen el trabajo más difícil”, dijo Sal García. “Yo puedo vender obra en la calle, pero es muy muy difícil vender un poema”.
Vender una novela de ficción también fue algo que probó ser difícil. Otra novela que hace poco las casas publicitarias rechazaron, dijo Álvarez, porque era “muy literario”. En una entrevista en 2002, Martínez mencionó otra novela: un libro sobre un grupo de artistas en el Distrito de la Misión. La rechazaron en 2001. “ ‘El país está adolorido’, decía Martínez que le decían sus editores. ‘No necesitamos más’ “. Martínez les advirtió que “ no esperaba que presentar historias sobre gente marginada o que no está representada fue algo bien recibido”, pero superó los beneficios de la misma marginalidad al contestarles que “una persona que viene de afuera tiene mucho qué contar”.
Uno de los libros de poemas logró ser publicado. El título del libro es Caring for a House, publicado por Chusma House en 1992. “No escribía poemas adornados. Parecía ver por debajo de la superficie de todo. Un escritor único. Nunca antes he leído nada como lo que él escribe”. Hace poco que García leyó el libro y se sorprendió, dijo, a cuántas referencias hacen los poemas al cáncer.
Una de las primeras cosas que Álvarez notó en Martínez cuando se conocieron por primera vez fue su característica y rasposa voz. La mayor parte de la gente suponía que fumaba (lo cual hacía de vez en cuando). La razón era que tenía fibromas en la garganta. Los fibromas son tumores benignos que crecen en las cuerdas vocales, a tal grado que es necesario operarse con frecuencia para eliminarlos. Era una condición que, según le dijo un doctor, era más o menos común en personas que crecieron cerca de pesticidas. También era propenso a que un día los tumores se convirtieran en malignos, dijo el doctor.
Así como sus padres, Martínez pasó tiempo trabajando en los campos. “En Fresno, si uno quería tener dinero fácil uno iba y recogía cosecha”, recordó García. O uno trabajaba empacando, deshaciendo las cajas para las mujeres que separaban la fruta”. En general, Martínez tenía buena salud y era un devoto miembro del equipo de tenis en el parque Dolores los sábados y domingos por la mañana. Pero la advertencia del doctor fue algo que permaneció.
Hace un año, Martínez se enteró de que los tumores por fin se habían vuelto malignos. El cáncer se esparció a sus pulmones y después a todos lados.
En los últimos dos meses de su vida, dijo Álvarez, perdió su voz por completo debido al tratamiento de radiación. “Se deleitaba en escuchar conversaciones. Cuando se acercaba, se volvió muy estricto en tanto a que no quería ningún discurso en su funeral”.
Fue un gesto que iba con su personalidad, dijo otra de sus amigas, la escritora Elizabeth Bernstein. “Sólo quería que sus amigos hablaran entre sí”, dijo. “Nos vamos a reunir y ahí estará, escuchando”.
El servicio funerario de Víctor Martínez sucederá este sábado 26 de febrero en la casa funeraria Duggans Funeral Home en el 3434 de la calle 17 a las 3:00pm. En palabras de su hermano Robert: “Todos aquéllos que querían a Vic están invitados”.

