Traducido por Andrea Valencia

Son las 8 a.m., y Boogaloos ya está abierto.

Aquéllos que acaban de terminar su ejercicio o están camino a su trabajo se dedican a comer hot-cakes de limón, huevos, papas fritas de la casa y bizquees con salsa gravy.

El restaurante favorito del barrio ha estado en la esquina de las calles Valencia y 22 desde el boom del punto com en 1998 habiendo sobrevivido a su colapso. En una mañana de fin de semana o entre semana, el almuerzo es una de las razones que mantiene la fila más larga de la Misión. El año pasado, la fachada del clásico edificio de 1927 se arregló y mostró uno de sus primeros inquilinos: la Compañía Farmacéutica No Percentage, fundada en 1891.

Sin importar que sea un lugar en la historia reciente o antigua, o por el café gratuito en una ciudad obsesionada con el café java gourmet, la mayor parte de los clientes parecen estar de acuerdo con Lars Pind, originario de Dinamarca.

“Es la comodidad del lugar que conozco”, dijo Pind, quien regresó a San Francisco de visita y ya ha ido a Boogaloos dos veces.

Una vez que se va la gente de la mañana llegan los jóvenes profesionales para trabajar en reuniones laborales, familias que comparten hot-cakes, y alumnos de la Universidad Comunitaria que vienen a estudiar. Por la tarde llega la gente parrandera que se acaba de levantar.

Disfrutando del almuerzo en una de las mesas afuera de Boogaloos. Foto de Octavio López Raygoza.

“Los que han estado viniendo desde hace mucho se quedan”, dijo Suzanne Eggerding, gerente de piso quien ha estado trabajando aquí durante ocho años. Los que siempre vienen se han convertido en amigos. “Reconocemos a la gente rápido y les agradecemos que vengan”.

Christopher Boll sabe que esto es cierto. Aunque tiende a ir a bares en la Misión, en especial los que tienen juegos de tejas, viene a Boogaloos al menos una vez al mes. Le gustan las mimosas.

Brittany Lassiter, alumna en la Universidad Comunitaria que estudia edición digital, viene por lo menos una vez a la semana y pide el platillo Make It Funky Scram. Si es fin de semana pide los huevos Flor-n-Tom.

El favorito del personal: Burrito Desayuno.

Al medio día, la fila comienza a formarse para la hora entre el almuerzo y el desayuno.

Sin importar cuánta gente haya, el servicio es rápido. La comida está en la mesa en cinco minutos después de ordenar, y la espera es de media hora para que la gente no tenga que esperar demasiado. “Es la cocina más rápida de San Francisco”, dijo Eggerding, quien se apresura entre mesas para servir café. “Es como una máquina”.

Adentro, los muros de la “máquina” muestran obra de Arc San Francisco y Creativity Explored, organizaciones que trabajan con gente que padece discapacidades del desarrollo. Las ventanas están adornadas con cosas de tiendas de doble uso. Las ventanas que componen dos muros del restaurante le dan un aspecto de pecera que deja que la luz del sol ilumine.

Afuera, la fila crece y aquéllos lo suficientemente suertudos de haber agarrado un asiento bajo el sol disfrutan de una cerveza fría con sus mascotas atadas a las sillas.

Además de restaurar la antigua fachada de la farmacia, pocas cosas han cambiado en Boogaloos.

Hace poco agregaron un platillo algo nuevo al menú: una cerveza de barril del norte de California en un esfuerzo por disminuir la cantidad de desperdicio proveniente de servir la cerveza en botellas. Algunas veces han considerado trabajar después de las 3 p.m., pero no es nada serio y Eggerding duda que suceda pronto.

Para las 2p.m. la multitud ya ha disminuido. Algunas personas se encuentran afuera bajo el sol disfrutando de su cerveza. Es un día para ir a Boogaloos.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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