Traducido por Andrea Valencia

Cuando estaba en Cambodia decidí que tenía que aprender a nadar. “La verdad es que quiero hacer una actividad al aire libre”, dijo la amiga con la que viajaba. “Escalar”.

“Aquí dice”, dije yo, “que estamos en el país con más minas de suelo en el mundo. ¿Ves?” Abrí mi guía en una sección especial titulada “¡No se salga del camino!”

“Bueno entonces”, dijo ella, “vamos a ir a la playa. Vamos a nadar”.

“Bueno”, dije yo, “supongo que puedo aprender”.

Su expresión fue una de dolor y un sutil gesto de estreñimiento. “No sabes nadar”.

“Voy a aprender”, dije con más seguridad de la que sentía. “Voy a aprender de la misma manera que aprendí a cortar un mango. O sea que voy a aprender viendo videos en YouTube”.

“Tú”, dijo ella, “no te vas ni a acercar al mar”.

Resultó ser que es muy muy difícil enseñarse a uno mismo cómo nadar con videos de YouTube. En especial en un país con una conexión lenta de Internet. Y así fue cómo terminé en San Francisco agarrándome de la orilla de la piscina y sumergiéndome una y otra vez.

Clase #1

En varios momentos de mi vida ha habido gente que me ha intentado enseñar a nadar. Este proceso siempre ha seguido un patrón específico.

“Primero”, dicen, “vamos a empezar por flotar. Acuéstate de espaldas en el agua. Y nada más relájate y flota”.

Me acostaba de espaldas en el agua y después me hundía.

Es por esto que es bueno que las clases de natación abiertas al público en la piscina de Garfield comienzan debajo del agua en lugar de tratar estar encima de ella. Estoy en esta, en lugar de la piscina que me recomendaron mis amigos nadadores (UCSF en el campus Mission Bay –según esto es perfecta, nueva y limpia) porque me encantó por completo la piscina Garfield cuando estuve ahí investigando un artículo. Además: las clases de natación para adultos en UCSF cuestan más de $100 dólares. En Garfield, cinco clases cuestan $35 dólares.

La clase es para todos los niveles: para mí, que me cuesta trabajo poner la cara bajo el agua sin que mis reflejos me hagan intentar respirar, para un muchacho que está entrenando para un triatlón, para una mujer que quiere aprender algunas brazadas, y para un muchacho que dice “¡Qué DIFÍCIL es!” cada vez que le piden que haga algo. Rápidamente se pone de relieve que todo mundo es mejor nadador que yo.

Dejar mi cabeza bajo el agua es sorprendentemente relajante. Desde abajo todo es color azul turquesa, y el grupo de natación para personas de la tercera edad en el otro extremo de la piscina parece un divino grupo de manatíes. En el fondo de la piscina me encuentro un par de gafas para natación y un broche para el pelo.

Clase #2

Mi misión: acaparar una tabla del tamaño de un libro de texto de preparatoria y patear frenéticamente de un lado al otro de la parte baja de la piscina. El objetivo es aprender a sacar la cabeza para respirar apropiadamente, para que una vez que comience a nadar de verdad todo funcione como debe de ser.

Cada vez que saco la cabeza del agua para respirar, puedo escuchar al otro alumno diciendo “¡Qué DIFÍCIL es!” Y comienzo a ver que sí es difícil. Mi nariz está llena de cloro. El agua es un objeto misterioso –es difícil moverse en ella, y no está especialmente interesada en sostenerme tampoco. El triatleta ya no está. La otra mujer está dando brazadas para atrás en la parte honda de la piscina con lo que parece ser una perfección silenciosa. Decido que no me cae muy bien.

Clase #3

Estoy acostumbrada a investigar obsesivamente las cosas por Internet para determinar cuál es El Mejor. Pero no hay forma de saber quién será el próximo instructor en la piscina abierta al público. Sorprendentemente, esto es algo que resulta estar bien. Cada salvavidas tiene su propia teoría de natación que una vez dicha comienza con describir a la gran cosa imposible que se mueve por el agua sin ahogarse.

“Preocúpese por respirar después”, dijo Alex, la sustituta. Está cubierta de tatuajes interesantes. En su antebrazo tiene una imagen de un diamante con las palabras “El Mejor Amigo de una Mujer” en Inglés y letra en cursiva debajo del dibujo.

“Impúlsese del lado de la piscina, y recuerde ir derecho”, dijo Alex. “Una vez que agarra el ritmo y forma, todo lo demás es como mantequilla”.

Pongo mis brazos por encima de mi cabeza y me impulso desde un lado de la piscina. Se siente maravilloso. Como si el agua fuera algo que tuviera una verdadera sustancia en la que en realidad me puedo mover.

“Está haciendo algo raro con sus pies”, dijo Alex. “Como si intentara pedalear una bicicleta mientras patea. Cuando patee, patee como…como…

“Como ¡si sus pies estuvieran llenos de mantequilla de maní! ¡Y pareciera que se la está intentando quitar mientras nada!” me gritó la salvavidas en turno desde su silla.

“Sí”, dice Alex. “Así”.

Clase #4

Hay otro instructor. Parece ser que he estado respirando mal y que debería haberme aguantado la respiración y haber salido del agua para exhalar en lugar de exhalar bajo el agua y subir cuando creo que voy a morirme.

El instructor tiene una voz baja y de tono amable y se dirige a todos en una voz que uno usaría al hablarle a un alumno de kindergarten muy emocionado. Parecería un poco condescendiente si no fuera halagador que me dijeran que estoy trabajando MUY DURO y que HOY ME FUE MUY BIEN.

Haber salido del agua mientras exhalaba se ha librado casi de todo el fenómeno del cloro en la nariz que me ha hecho sentir después de clase como si hubiera una piscina pública en mi cabeza.

Clase # 5

Recuerdo a los salvavidas de mi ciudad natal como una especie de personas bronceadas y aceitosas que dan miedo y que se sienten atraídos al trabajo porque ofrecía más oportunidades para adquirir un bronceado dorado que el que se adquiere durante el verano trabajando en Dairy Queen. Aquí, hasta los salvavidas son jóvenes, estudiosos y explican la mecánica de la natación como si fueran componentes de un problema matemático en particular.

Ya me registré para una nueva ronda de clases. Hoy me impulsé de un lado de la piscina al otro y cuando perdí el ritmo me di cuenta con gran emoción que no me había hundido hasta el fondo. Floté con los brazos extendidos y miré hacia abajo. Observé los relieves al fondo de la piscina como si fuera una pequeña montaña. Observé un mechón de cabello flotando en el fondo, como si fuera una medusa con una misión.  Estaba llena de alegría. El no hundirme se sentía como un milagro. Parece ser que todo lo que necesitaba hacer para aprender a nadar era primero aprender a cómo flotar.