Traducido por Andrea Valencia

Si parpadea, no se dará cuenta. Una persona se mezcla en la multitud de la calle Misión y pasa cerca de un mostrador de jitomates, bordea una caja de mangos en la acera y continúa para pasar cerca de los aguacates por el resto del día. Lo que uno no ve es el movimiento sutil de la muñeca agarrando los artículos y guardándolos en su bolsillo al pasar.

Sin embargo, es muy probable que note los gritos de Juan Medrano cuando corre hacia la puerta de La Loma Produce gritando entre Español e Inglés al culpable para que regrese los productos que ha robado.

“Algunas veces llego a perder hasta casi $30 dólares al día. Si veo a alguien agarrando mi fruta, los correteo hasta que me la regresen”, dijo Medrano.

La mayoría de los vendedores de fruta en la Misión concuerdan con que el poner una parte de su producto en mostradores en las banquetas hace que los clientes se sientan atraídos y aumenta el espacio limitado de comercio. Además garantiza que los transeúntes pueden robar a diario la mercancía.

Cada robo crea un total de tan sólo algunos dólares perdidos. Pero, por lo menos seis comerciantes en la Misión estuvieron de acuerdo en que nunca llamarían a la policía para reportar las manzanas robadas. En lugar de eso, lo que hacen es recuperar la fruta perdida.

“Pido ver un recibo si veo a alguien caminando con una fruta en la mano”, dijo Enrique Hernández de El Medina Produce.

“Algunas veces buscan pelea por una fruta, intentan pegarme”, dijo Medrano. “Aunque nadie me ha podido pegar todavía, y casi siempre la recupero”.

Eso sucede sólo si Medrano se da cuenta del robo desde la caja registradora que se encuentra dentro del local.

Uno de los comerciantes de la calle Misión tiene un espejo angulado en el techo para poder echar un vistazo a sus clientes mientras ven el producto. El comerciante, quien se negó a dar su nombre, dijo que pone mucho esfuerzo en intentar memorizar las caras de sus clientes más problemáticos.

Hay muchas estrategias al lidiar con el robo de fruta debido a la proliferación de dichas tiendas, pero Abdo Sharhan, gerente de Mi Ranchito, puede que esté solo en el ejercicio de su específico estilo de justicia.

“A menudo me quedo aquí y dejo que agarren la fruta. La verdad no me importa si alguien agarra algo de afuera sólo para comérselo. ¿Qué voy a hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Corretearlos?”

Prefiere mirar para otro lado cuando los clientes agarran una o dos peras y las meten en sus bolsas. Tratar de hacer esto una cuestión de autoridad es mucho problema, dijo.

Sin embargo, Sharhan delimita una raya moral cuando los ladrones se llevan más de un tentempié de su tienda, y entonces se desquita con los ladrones que se llevan cosas al por mayor.

“Observé a una muchacha con dos bolsas gigantescas llenas de maíz y aguacates y se dio la vuelta y se fue”, dijo.

Molesto por el atrevimiento de la señora, Sharhan corrió detrás de ella exigiéndole que regresara el producto robado.

“Actuó como si no fuera nada grave. Me aventó las bolsas y siguió caminando”.

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Newcomer Samantha Bryson has spent a week exploring the Mission District and is quickly assembling a survival guide—always have cash, don’t engage in catcalls, buy a pair of skinny jeans and refer to the Spanish language phone application often. High school French is proving to be useless.

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