En 2002, Linda Wilson se fue de la fiesta de la galería en su bicicleta para llegar a casa. No fue un trayecto agotador, por lo que pensó que el mareo y la nausea que experimentó al subir las escaleras de su departamento eran señal de un posible resfriado, o en el peor de los casos una gripa fuerte.
Eso fue hace diez años. Desde entonces, Wilson, a quien le diagnosticaron desequilibrio crónico o ataxia, ha vivido un estilo de vida más lento. Uno que depende de un abanico de servicios públicos y sin fines de lucro para discapacitados. La mayoría de estos servicios se encuentran a una cercana distancia de su casa sobre las calles 24 y Harrison.
Incluso cuando los niveles de rentas e ingresos aumentaron en la Misión, el número de residentes que reciben dinero del Seguro Social y por discapacidad —de 6,500 en 2003 a 7,000 en 2010— también ha crecido.
Los servicios —desde ayudas con mascotas a entrega gratuita de alimentos— aumentó en años anteriores cuando el barrio era en su mayoría un barrio con residentes de bajos ingresos. Todavía hoy, su existencia así como la proximidad a locales y restaurantes siguen haciendo de la Misión un lugar más fácil para personas de la tercera edad con bajos ingresos y para aquellos con discapacidades.
Los pagos por discapacidad, que dependen del historial salarial, son un promedio de $1,070 al mes, según la Oficina Administrativa del Seguro Social. Algunos califican para un complemento (SSI) para ciudadanos de la tercera edad, discapacitados e invidentes que reciben de $400 a $500 al mes. Wilson, de 68 años de edad, vive del Seguro Social, el cual le da alrededor de $1,183 al mes en San Francisco, aunque ella recibe sólo $700.
Después de meses de exámenes en 2002, el neurólogo de Wilson le dijo que no había nada que poder hacer con la ataxia. “Simplemente tenía vivir con la enfermedad”, dijo, y eso significa vivir con una desconcertante falta de equilibrio y nausea habitual.
Años antes, la suegra de Wilson fue al Centro para la Tercera Edad en la calle 30, en donde almorzaba, jugaba bridge y tomaba clases de pintura. Cuando Wilson se enfermó, fue al centro y se dio cuenta que calificaba para los programas de manejo de caso y entrega a domicilio de alimentos.
El administrador del caso de Wilson le ayudó a solicitar los servicios de Rebuilding Together, una organización sin fines de lucro que le ayudan a hacer que su casa sea más segura por medio de la instalación de barandales y barras de donde poder agarrarse.
“Linda es una buena defensora de sí misma. Se afianzó”, dijo Valorie Vallela del Centro para la Tercera Edad en la calle 30.
Wilson precisó que intenta olvidarse de su problema de salud, pero que no es algo fácil. Su condición neurológica provoca una sensación parecida a la que padecen los astronautas cuando regresan después de haber estado largos periodos de tiempo en gravedad cero. Es constante.
Wilson todavía vive en el segundo piso de su casa. “Es bueno para el ejercicio”, dijo, aunque no va a ningún lado sin su bastón, el cual compró en Irlanda hace algunos años ya. Y no le gustan las multitudes. “No me quiero caer y hacer una escena”.
Además, recibe tratamientos de acupuntura cada dos martes en el Centro de Acupuntura para la Comunidad sobre la calle 24 para lidiar con la nausea y la ansiedad que provocan los problemas del desequilibrio. “Uno se preocupa de caerse”, dijo. Hacer tareas sencillas como sacar la basura puede ser difícil.
El centro para la tercera edad brinda un almuerzo con base en donativos, con un donativo propuesto de $2 dólares por alimentos que cuestan alrededor de $8 dólares, según Vallela. No se rechaza a nadie. Wilson no come ahí, pero por la noche el centro hace una cena casera que le lleva a su casa. Es una cena con verdura del jardín del centro.
Dicha ayuda le ha permitido a Wilson centrarse en otras áreas de su vida que son más placenteras.
En estos días, su perrita chihuahua-terrier de color blanco, le hace compañía. “¡Mija! Tenemos compañía”, dijo Wilson al mostrar un dulce afecto por su “hijita”, cuyas orejas blancas con manchas café claro se echan para atrás sumisamente cuando los extraños se le acercan.
Wilson se quedó con la perra cuando una amiga, Amanda, se la dejó con todo y sus cosas —la cama, juguetes y comida— para una visita de una semana. Tres años más tarde, el pelo de Mija sigue decorando la alfombra y el cubrecama de Wilson.
“Solía ser muy meticulosa con eso de la cama”, dijo Wilson quien gesticuló los movimientos de quien limpia una superficie de los pelos.
No obstante, tener a Mija puede que haya sido imposible de no haber sido por PAWS (las mascotas son un gran apoyo, por sus siglas en inglés). Gracias a la SPCA, Wilson se enteró de una organización en la Misión que comenzó como una organización contra el VIH/SIDA en los 80.
PAWS aumentó su cobertura para ayudar a los residentes discapacitados de San Francisco y más tarde, en 2007, para ayudar a la tercera edad. Hoy día, la organización ayuda a alrededor de 740 residentes —63 en la Misión— con alrededor de 950 animales. PAWS también ha ayudado a la gran amiga de Wilson que se encuentra en un hospicio, con su chihuahua de nombre Molina.
Las excursiones espontáneas a Bernal Heights han sido reemplazadas con caminatas metódicas por la cuadra con su perrita MIja. “Me he apegado mucho a ella”, dijo. “Es una compañera que me hace sentir bien en la mañana, y que hace que me levante y me de alegría”.
Ella y Mija caminan a El Tecolote, un periódico del barrio de la Misión, en donde Wilson escanea fotografías y ayuda a organizar los archivos. Wilson maneja los archivos como el resto de sus asuntos: lento, “poco pero con tiempo”.
Wilson es una fotógrafa con una maestría de la Academia de Arte de San Francisco y ha trabajado con muchas organizaciones sin fines de lucro con el paso de los años, incluyendo Creativity Explored e Intersections for the Arts.
A la vuelta de la calle 24, continuamos nuestro trayecto a la vuelta de la esquina. Wilson se detiene en un altar que algunos residentes pusieron para Reynaldo Cordova, a quien le dispararon y murió asesinado cerca de las calles 23 y Harrison dos días antes el 28 de octubre. “Mija. Pobre joven”, dijo mientras siguió caminando.
Hace años, cuando el barrio era mucho más peligroso y había más tiroteos, Wilson fotografió todos los altares con los que se topaba y le daba las fotos a las familias de las víctimas.
Como muchos otros residentes de San Francisco, los beneficios del Seguro Social de Wilson nunca son suficientes. “Pero, soy muy dichosa”, dijo. Wilson puede encontrar casi cualquier cosa que necesita en un radio de dos cuadras de su casa: mercados, autobuses, restaurantes. “He sido muy afortunada”.
