Son ranas secretas. Más o menos.

Su ubicación se revela sólo en términos de confidencialidad, intersecciones mencionadas que después se retractan. La gente de las ranas son verdaderos creyentes en la virtud de volver a introducir el hábitat de las ranas. Se preocupan por vecinos prejuiciosos.

La poca aunque orgullosa gente de las ranas van detrás de las lluvias de invierno para estudiar los charcos locales de la Misión en busca de señales de ranas nacientes: renacuajos que se retuercen y pequeñas nebulosas de huevecillos. Las ranas se aparean de febrero a mayo, y una vez que comienza a llover ponen los huevecillos.

En un patio trasero de la Misión, una mujer señala tímidamente un estanque cubierto con un colchón grueso de plantas acuáticas. “No he limpiado esto en un rato”, dijo. Las piñas de huevecillos que ponen las ranas se pegan a la vegetación en aguas tranquilas y superficiales; una vez que los huevecillos se rompen, los renacuajos y las ranas prefieren un paisaje abarrotado en el que es muy difícil que algo las pueda ver y se las coma.

La mujer se niega a dar a conocer su nombre. ¿Por qué tanto secreto?

“Créame”, dijo Jim McKissock, biólogo amateur, “hay gente a la que básicamente no le importan las ranas. Interfieren con el mundo como les gustaría que fuera. Hay que tener más césped. Hay que tener más Frisbee, más áreas para perros. Ese es el tipo de actitud con la que nos topamos”.

Se podría decir que alguna vez, la Misión, con sus florecientes albercas alimentadas por la primavera y por el quizás estacional imaginario Lago Dolores, fue el capitolio de charcos de San Francisco. Pero incluso en las mejores circunstancias, los pantanos no son el paisaje que haya sobrevivido bien el siglo pasado. No es uno por el que los humanos sientan un aprecio estético. Tiene una reputación por la reproducción de mosquitos, por ser difícil de cruzar y por ser innecesariamente húmedo y fangoso.

No es particularmente famoso con los residuos acuáticos de toda una ciudad de la fiebre del oro y comienza a oler muy mal en lugar de sólo ‘no tan bien’. Desde el principio, los arroyos se volvieron a canalizar bajo tierra y los pantanos fueron pavimentados por encima y rellenados.

Sin embargo, en la primavera entre mayo y marzo junto a los bancos del antiguo Arroyo Precita, el cual se enterró desde hace tiempo debajo de César Chávez, en el distintivo sonido de las ranas se puede escuchar en algunos lugares. El coro de la rana del Pacífico alguna vez habitó en todo San Francisco y ahora vive en donde sea que encuentre maleza descuidada que ha crecido en buen estado así como agua que nunca parece secarse del todo.

No quedan muchos de estos lugares. La antigua terminal ferroviaria Standard Pacific en Brisbane está, en la ausencia de cualquier humano que quiera usar el lugar, poco a poco regresando a ser pantano —algo que a las ranas les gusta en gran medida.

Otros lugares en la ciudad nunca han durado tanto tiempo cuando emergen, dijo McKissock, quien creció jugando en los lotes vacíos y pantanos de marea del Área de la Bahía. “El último gran lugar estaba en donde se encuentran las oficinas centrales de Muni”, dijo. “Pusieron barro en todo el lugar donde se encontraba el hábitat. Dijeron que había toxinas en el suelo”.

La descripción de cómo croa la rana de coro del Pacífico es como “un graznido clásico”, el que todos recordamos de las caricaturas. Seguramente, un chico de sonido grabó el ruido de fondo para esas caricaturas en la maleza detrás de un lote de cine de Los Ángeles —la gama de la rana de coro del Pacífico llega hasta el otro lado del estado. Cuando se desarrolló un hueco en la capa de ozono, la rana continuó sorprendentemente bien; resulta ser que los huevecillos pueden soportar mucha radiación UV durante la incubación —a diferencia de la rana de patas rojas, la cual también es local pero ahora se enlista como especie en extinción, y no se puede encontrar en ningún lugar de la ciudad.

La mujer que construyó el estanque en la Misión lo hizo hace más de tres años, después de haber leído un artículo que citaba a McKissock como alguien que buscaba gente con patios sin perros (a los perros les gusta comer ranas mucho más que a los gatos). Además, buscaba, dijo, gente que no se desanimara y se diera por vencida.

La mujer cavó un hueco en su patio trasero, lo impermeabilizó y lo llenó —algo casi en vano. No hubo ranas ese año. Ni el siguiente año. Ni el siguiente.

Después, una noche en febrero escuchó algo. Algo fuerte. La temporada de apareamiento había comenzado, y de repente su estanque estaba lleno de ranas masculinas, todas intentando croar una encima de la otra. Eran muy competitivas. Si su novio caminaba hacia el patio trasero, el bajo registro de su voz desataba un frenesí de ranas que croaban. Se despertaba en medio de la noche por el ruido de las ranas que intentaban probar su superioridad como macho en comparación con una alarma de un auto cerca de ahí.

“Tenía tanto miedo de que los vecinos se fueran a enojar”, dijo. Pero hasta ahora los vecinos han probado ser tolerantes de la naturaleza que compite abiertamente con las alarmas antiincendios —por lo menos hasta mayo, cuando el barullo se detiene. “Me hace sentir”, dijo, “tan feliz”.

Seguramente, dijo McKissock, la esperanza a largo plazo de las ranas de la Misión son estanques como estos, en patios traseros y privados de la gente que quiere cuidarlas y los mantiene.

¿Por qué hace esto? Las ranas de coro del Pacífico no están en peligro de extinción. Sacar los huevecillos de ranas de los charcos no puede ser la forma más divertida de pasar las tarde en la ciudad.

“Pero había miles de ranas en la Bahía cuando yo estaba creciendo”, dijo. Desde entonces, ha visto la vida salvaje dentro de los límites de la ciudad disminuir al mismo tiempo que la población humana ha aumentado. “¿Qué tal si un día ya no viera aves?” preguntó. “¿Qué tal si un día ya no viera mariposas? Uno las extrañaría”.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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