Hace poco en un sábado a las 5:45 p.m.

“Por favor deje la llave y el auto abierto”, decía un letrero en la entrada del estacionamiento de las calles 16 y Hoff. Tres autos se alinearon enfrente de la rampa. Un globo de cumpleaños metálico y un par de tenis azules con blanco colgaban con indiferencia del cable telefónico encima de tres de los empleados que vestían playeras y pantalones caqui.

El estacionamiento de las calles 16 y Hoff está ubicado a una cuadra de la estación de BART de la calle 16 —un área que normalmente se asocia más con delincuencia que con el servicio de valet parking. Sin embargo, la Misión se ha convertido en un lugar de moda. En un territorio en el que alguna vez los borrachos estaban por todos lados, el dinero que se gana proviene de quienes quieren estar aquí, y al mismo tiempo, quieren proteger sus automóviles.

El estacionamiento abre los sábados de 10 a.m., a 2:30 a.m. El precio de esta hora a la media noche es de $2.50 la hora. La propina para el servicio de valet, según CNN Money, es de $2.00.

5:55 p.m.

Matthew es el más joven de los tres empleados. Matthew dijo que lo acaban de transferir a este estacionamiento; una compañía de nombre Pacific Park Management es la que administra el estacionamiento, pero Matthew no está seguro de cuánto tiempo ha habido servicio de valet parking. John, un empleado con pelo blanco, contesta que desde hace once años.

Matthew me interrumpe y me dice que tiene trabajo que hacer. Los autos ya están esperando.

6 p.m.

Los primeros autos que llegan al estacionamiento son familias con sus hijos. Un auto Accord de mediados de los 90 se detiene en la entrada y se bajan cinco hombres y mujeres vestidas todos de negro —pantalones y chamarras de cuero.

Una mujer corpulenta, con ojos muy rojos, le da las llaves a Ray —el tercer empleado. “Si haces algo ahí adentro, ¡te mato!” le dijo. No estaba muy claro si era una broma.

Ray asiente con la cabeza y sonríe.

6:24 p.m.

Dos hombres con barba, de alrededor de 20 años, llegan al estacionamiento. Los dos traen mochilas que asoman botellas de agua medio vacías.

Ninguno de los dos tiene idea de qué van a hacer esta noche.

Acabamos de llegar de Yosemite, dice uno. San Francisco es la segunda parte de su recorrido por California, y tienen un amigo que vive en un departamento a unas cuadras de ahí. Son del Norte y del Sur de Carolina.

Les pregunto por qué deciden dejar su auto en un estacionamiento. Porque es cómodo, dijo el otro.

Le dicen a los empleados que regresarán en 72 horas.

6:35 p.m.

El negocio está prosperando. Un grupo grande de personas vestidas para la ocasión se reúne en la caseta de pago. El perfume inunda el lugar, lo que hace que la calle Hoff huela como una tarde cualquiera en Nordstrom.

Le pregunto a una pareja bien vestida a dónde se dirige todo el mundo.

El hombre no lo sabe, pero lo más seguro es que a un restaurante sobre Valencia.

6:55 p.m.

El viento empieza a sentirse. La gente empieza a temblar en la calle y a cerrarse sus chamarras

Ya hay tantos coches en el estacionamiento de 98 espacios que todos los autos están amontonados hasta la caseta de pago.

De cualquier forma, un Expedition azul intenta entrar.

“Disculpe, ya estamos llenos”, le dijo Matthew al conductor.

El conductor del Expedition se echa enfurruñado en reversa hacia la calle 16.

8 p.m.

John camina hacia mí y me cuenta que ha estado aquí desde hace 11 años, desde que el estacionamiento abrió.

“Lo he visto todo”, suspiró, “este es un barrio muy malo”.

John dice que la mayor parte de sus clientes son de la Bahía del Este. No todos son amigables, dice; a la gente que viene de Oakland le gusta venir al estacionamiento cuando están de camino a vender droga cerca de las calles 16 y Misión.

“Aquí estacionan”, dijo, “veo lo que están haciendo. ¡No soy estúpido!”

8:10 p.m.

Una joven pareja llega al estacionamiento a recoger su coche. La muchacha trae lentes negros de armazón grueso —como de nerd—, y el muchacho viste una camisa de franela azul y está rapado.

“Esta es la mejor ubicación”, dijo, “nadie lo sabe”.

8:22 p.m.

“¡Está lleno! ¡Lleno, lleno, lleno!”, dice John con sus brazos en el aire y gritándole a seis autos —tres de un lado y dos en el otro. Todos intentan agarrar un espacio en el mismo estacionamiento.

“Estamos llenos, maldición”, susurra Matthew entre dientes.

8:23 p.m.

Un Sentra color verde llega. Los empleados parecen reconocer al conductor. Mágicamente, aparece un espacio para el auto adentro del estacionamiento que ya está lleno.

8:27 p.m.

John le da dinero a Ray y le pregunta si le puede ir a comprar una coca de dieta.

Ray tiene un arete de oro en una oreja y es el único empleado que no tiene bordado su nombre en la playera. Me pregunta si yo quiero algo, pero digo que no.

10:52 p.m.

Con el estacionamiento más vacío, Ray se refiere a la gente que llega como la gente de entrada por salida. Sólo están aquí para ir a comer algo o para echarse unas cervezas, dijo. Y Feliz Navidad porque no necesitan el estacionamiento por mucho tiempo.

Sin embargo, entre las 12 y la 1, a la gente le gusta regresar y sacarle a los empleados un poco más de tiempo.

“Esos son los problemáticos”, dijo.

En la última década, no cabe duda de que algo ha cambiado en este estacionamiento: Ray cree que el barrio ha mejorado bastante. Incluso así, muy pocas veces aceptan Porsches o Maseratis en las calle 16 y Hoff.

Los ejecutivos estacionan en St. Mary’s en el centro de la ciudad, sobre la calle Kearny. Es sobretodo para gente de negocios, dijo Ray, y el precio mensual es de $800 en comparación a los $300 que se cobran en el estacionamiento de la calle 16 y Hoff.

Son precios sorprendentes, aunque el sitio en línea de Pacific Park Management opina que el precio promedio mensual de un estacionamiento en St. Mary’s es de $390. El estacionamiento de la calle 16 y Hoff cobra $180.

11:15 p.m.

La gente que llega son más alivianados y determinados. Tres mujeres con la cara roja y dos hombres llegan a recoger su auto.

“Y ella dijo, ‘¿Estufa? ¿Qué tipo de nombre es Estufa?’” dijo una mujer.

Las mujeres se rieron histéricamente y se subieron en el asiento trasero de su auto Dodge Durango.

11:21 p.m.

Otra joven pareja llega. Él viste un traje azul de marinero y ella trae un sombrero blanco de marinero, pero no explican la razón.

11:22 p.m.

Ray agarra una escoba y comienza a cantar “In the Navy”, de Village People.

11:30 p.m.

La noche está por terminar. El estacionamiento está menos que lleno. Los empleados le están diciendo a la gente que llega en su auto que se estacionen y que dejen las llaves en la caseta.

Al prepararme para irme, dos hombre de alrededor de 20 años dejan su auto y empiezan a platicar con Matthew sobre cómo va la noche.

Matthew espera que los dos hombres vean mucha acción esta noche.

Uno de los muchachos, el que tiene barba y trae una gorra de béisbol al revés, dijo que le va a traer a Matt a una amiga especial sólo para él.

Mientras tanto, Ray todavía sigue silbando “In The Navy” mientras barre el estacionamiento.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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