David Gbori tiene el micrófono muy cerca de su boca. Es difícil ser un tipo gordo porque no hay ropa interior sexy y vestirse de seda es impensable. Gbori propone que haya una tienda sólo para hombres, Victor’s Secret, pero el nombre es muy semejante a algo que un monaguillo podría confesar.
“Quiero Wonder Briefs, porque mi pajarito es pequeño”, dice a modo de prueba, “ese es el punto”; no obstante, el chiste no provoca aplausos.
Gbori sigue con su número y habla de cómo sus parientes más jóvenes deberían estar agradecidos de que a él le haya tocado lo peor de las golpizas de su madre porque ya no le quedan buenos golpes que dar. Las únicas carcajadas en la sala son de gente en el bar que se ríe de sus propias conversaciones.
“Esto es porquería de punta”, dijo sobre el nuevo material que está probando. Pero no es lo suficientemente filoso. El organizador Rajeen Dhar le prende el foco a Gbori como señal de que su número ha terminado.
Su salida del escenario obtiene más aplausos de lo que sus chistes obtuvieron.
Bienvenido a la noche de martes de micrófono abierto en Amnesia. Gbori se la ha visto peor en su carrera de cómico desde hace un año y medio cuando comenzó en Brainwash, un lugar reconocido por las noches de micrófono abierto entre los comediantes que trabajan aquí. Gbori participó en el escenario de un lugar en SoMa después de que un amigo comediante de Denver lo hubiera convencido.
“Fui muy afortunado de que me haya ido tan bien en mi primer noche”, dijo mientras estaba de pie afuera de Amnesia mientras fumaba un cigarrillo, “si no hubiera sido así, lo más seguro es que hubiera renunciado”.
Esa noche en la que le fue tan bien hizo que Gbori se volviera adicto a las noches de micrófono abierto. Hoy día, tiene entre cinco y siete números a la semana, menos de la mitad son números que le piden hacer. Gbori trabaja ese horario mientras tiene un trabajo de tiempo completo —para no desacostumbrarse. El material que le dio al pequeño y necio público en Amnesia fue sólo práctica.
“Tengo 15 minutos que podría hacer bajo el agua, pero no lo quiero hacer porque es buen material. Esto es como un gimnasio”, dijo; “tengo que decir estos chistes durante muchos meses para ver si funcionan”.
La noche de micrófono abierto en Amnesia es un ejercicio crudo y espiritual para aquéllos que quieren sentirse amados por su habilidad de inducir risas. Es un bar oscuro pero con una tenue luz de velas, y con un puñado de gente que preferiría agarrar un cuchillo y apuñalarlo a soltar una risita solitaria.
Del escenario salen referencias de la cultura pop tanto nuevas como antiguas: Nintendo, American Beauty, Burning Man, Lady Gaga. Los comediantes hablan de pedacitos de sus vidas, ya sean personales o ficticias: la novia científica, cómo todos los que dan ordenes en Burning Man parecen estar en ácido, incluso si no lo han ingerido todavía.
Después de cada línea hay una ligera pausa; se reza en silencio y hay una esperanza de que su mensaje sea escuchado. No obstante, la mayor parte de las veces no les dan nada.
Eso, según dicen todos, es normal. La gente que interrumpe, por otro lado, no lo es.
En este martes en particular, un hombre interrumpió la rutina de Sergio Barajas con tonterías ilógicas embarradas en un acento irlandés de recién llegado. Barajas hablaba sobre ser mexicano y el irlandés habló de su propia herencia.
“Ah, ¿es irlandés?”, le pregunta Barajas, “¿también le pega a sus esposas?”
Barajas siguió, y el irlandés también.
“Depende del tipo de bar. Casi nunca hay gente que interrumpe aquí”, dijo Barajas más tarde, mientras estaba afuera.
Barajas es otro comediante que trabaja un horario de cinco a siete por espectáculo a la semana. Lo ha estado haciendo desde hace tres años mientras trabajaba como mesero en el turno matutino.
“Es difícil. Uno se emborracha y después hay que levantarse a trabajar y a seguir la porquería”, dijo.
Poco a poco ha funcionado: Barajas ya forma parte del evento Chicano Allstars que se realiza en enero en el Club Punchline Comedy, un lugar en el que la mayor parte de los comediantes locales consideran un hito profesional.
Algunos comediantes llegan al escenario sólo para ofrecer un espectáculo de muerte lenta como espectáculo.
Otros, pues se roban el material.
La personalidad de Andrew “Homegrown” Holmgren es una mezcla de alguien con síndrome de Asperger y Mitch Hedberg con demasiadas drogas en su sistema. Sus chistes son sobre mota, chistes de doble sentido sobre trabajar en una tlapalería y la ironía de un indigente que le aconseja a su perro que no pida limosna. Holmgren tiene un último chiste antes de salir de escena.
“Tengo una mota que llamo Corán porque el ardor que te deja te pone muy moto”, dijo.
El chiste ha circulado en Internet durante años, con todo y que lo mencionó Jesucristo en Twitter.
Aunque el chiste robado no sacó risas ni interrupciones, ilustra la parte más difícil de ser comediante: ser original. Para algunos, eso significa investigar mucho más en temas por los que podrían haber sido arrestados hace 60 años.
En una ciudad obsesionada con las normas, lo políticamente correcto y la conciencia social, el escenario de comedia es uno de los pocos lugares en que la libertad de expresión es verdaderamente libre. Es un foro público en el cual hablar de temas delicados como raza, pedorrearse, fumar mariguana alrededor de bebés y lesbianas.
Ricky Luna personifica este espíritu con una diatriba explosiva y llena de temas raciales combinada con comentarios racistas sobre negros y mexicanos en una sala llena de “gente blanca apática”. Es difícil ver si hay alguien riéndose porque la voz de Luna es tan alta y violenta ante el micrófono que apenas y descansa para respirar cuando cambia de temas sobre sexo con un hombre blanco de actitud pasiva agresiva sobre su mal gusto en mujeres.
“Odio a las mujeres. Esto es San Francisco. Vete”. Y sale disparado del escenario para nunca más ser visto en ese club otra vez esa misma noche.
Eso es algo típico en noches de micrófono abierto. Es una práctica común esperar a que los comediantes esperen a que los escuchen, pero es raro que se queden después de que su número haya terminado.
La multitud se empieza a ir a medida de que la noche avanza, pero el irlandés borracho se queda incluso después de que dos mujeres a lado suyo evitan sus coqueteos. El irlandés se queda callado hasta que Chris Thayer sube al escenario.
Thayer no saca risas de nadie con sus chistes, ni con sus comentarios cómicos en un tono de auto-descaro. “Ni siquiera es arte”.
Sin embargo, le brillan los ojos cuando el irlandés intenta burlarlo y mantiene su compostura mientras dice algunos chistes que al público le encantan.
“Respóndeme, maldita sea”, dijo el irlandés.
“¿Qué no es usted responsable por U2?”, contestó inmediatamente Thayer desde enfrente de la cortina roja.
“Sí, pero tú los escuchas”.
“Eres un pendejo”, le responde Thayer, “tú ganas. Renuncio a la comedia”.
Como todos los comediantes exitosos, Thayer no deja que alguien que lo interrumpe o un público necio rompa su inspiración; es parte de la razón por la que es un comediante residente en Rite Spot en las calles 17 y Misión.
Es un camino largo y difícil lleno de mediocridad pavimentado con determinación y largas noches carentes de risas con extraños en donde lo más seguro es que lo castren en lugar de apreciarlo, a menos de que se lo gane implacablemente.
“La comedia es desmoralizadora”, dijo Gbori, “uno va a un club, acaba con él, te vas a acostar, te levantas y te vas a trabajar al día siguiente”.

