Al enseñar educación básica, Ricardo Cortés es cuidadoso con los siguientes temas: la comida y algunos días festivos. Más importante que nada: los abuelos. Una referencia sutil a los abuelos puede desencadenar una reacción que puede dejar en llanto a la clase de alumnos de cuarto año. “La mayor parte de ellos crece con sus abuelos”, explicó Cortés, “a menudo, el padre viene primero y después manda traerlos”.
Todos los niños reunidos para un taller de ciencia presentado por el Programa de Administración Juvenil del Departamento de Parques y Recreación han estado en los Estados Unidos por un año o menos. Ha sido un año en el que han experimentado cosas por primera vez, como Halloween (les encantaron los disfraces), la primera cacería de huevos de pascua (Cortés evita el tema de la religión y les menciona que es una costumbre estadounidense). Si no se comportan, les amenaza con quitarles su pelota de fútbol. No con el recreo, sino con el fútbol.
“Simpatizo con ellos”, dijo Cortés. El Centro de Educación de la Misión, a donde los niños asisten, se fundó en 1973. Cortés cursó en la clase de 1974. “Sé por lo que están pasando. Al principio todo es muy feliz y después se complica. Viven en un departamento en lugar de una casa. Les toma tiempo aprender a leer y escribir en inglés. No pueden salir y subirse a los árboles”.
En efecto, Manuel, quien tiene 10 años de edad, dice que el no poder jugar fútbol en la calle es una de las desventajas principales de San Francisco en relación con San Marcos, Guatemala. Ramsés, quien también tienen 10, le ve el lado positivo a las cosas: “el clima está más o menos bien aquí. Me gusta el pollo frito. Fuimos al Instituto Headlands y vi una estrella de mar”.
En este momento, los niños están parados en círculo. En el medio, una pequeña niña con los ojos vendados pretende ser un murciélago mientras que otra niña —una palomilla— intenta escaparse para que no la devoren.
Los niños se dirigen a la próxima lección: las plantas invasoras. “Solía construir fuertes por toda la ciudad”, dijo el líder del taller David Chang. A algunos pies de distancia, un niño intenta sacar un rábano salvaje del suelo. Otro niño lo acompaña, y después otro hasta que quedan agarrados uno del otro para jalar todos juntos combinando su fuerza de un lado al otro mientras sueltan risotadas.
Como Cortés, Chang creció en la ciudad. Sus padres emigraron de Perú, razón que forma parte de la historia del por qué habla en español con fluidez. “Nunca me atraparon”, dijo sobre los fuertes.
Se escucha un grito de alegría. La fuerza del rábano por fin arrancado del suelo ha colmado a los niños con alegría y dan vueltas mientras agitan en el aire el rábano como un trofeo.
Cortés estaba tomando clases en la Universidad Comunitaria cuando decidió convertirse en maestro. Las guerras civiles habían comenzado en El Salvador y en Nicaragua, y la ciudad corrió la voz de que necesitaba contratar a muchos profesores bilingües. “Decidí intentarlo”, dijo.
Las primeras clases eran diferentes a estas. “Esos niños habían visto cómo mataban a la gente. Estaban más concientes de que tenían a parientes en su país, que estaban en peligro. Se sentían agradecidos de tan sólo estar vivos. Estos niños son más normales”.
Los niños se vuelven a reunir en círculo y platican sobre lo que aprendieron en el día.
“Necesitamos tener cuidado con los animales”, dijo Kaylan.
“Que algunos animales se pueden comer a otros animales sin verlos”, dijo Manuel.
“Me gustó sacar a las invasoras”, dijo Ashley.
“Me gustó atrapar a los animales”, dijo Dannah, “luego aprendí que muchas de ellas son venenosas”.
“Aprendí a cómo cuidar de todos los animales”, dijo Brandon.
“Espero que vengan a este parque con sus amigos”, dijo Chang , “porque es de ustedes. Este es su parque”.
