Un Panecillo de Tartine con la Librería Adobe

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Era una noche fría y lluviosa en la Misión. Lo único que recuerdo es una caja blanca de panecillos, y una silueta misteriosa ofreciéndomela.

“¿Le gustaría un panecillo?”, preguntó el personaje.

No es tanto que la silueta fuera indistinta, sino que todo ha quedado borrado de mi memoria menos el cuernito que me comí y que agarré de la caja de panecillos. Estaba bueno: resultó ser de Tartine. Y me llegó sin mención alguna.

“Honestamente dudo que haya sucedido”, dijo Andrew McKinley cuando le conté esta historia en la entrada de la librería Adobe. “No te conozco y yo no le doy panecillos a extraños”.

Lo rastrée yendo a Tartine: “¿cómo era?”, me preguntó la amable persona del mostrador”.

“No me acuerdo”, contesté yo, “lo único que recuerdo es una gigantesca caja blanca de papel encerado y una silueta misteriosa sosteniendo la caja”.

La persona del mostrador se me quedó viendo con lástima. “Parecía muy amable”, le dije yo; pero, decidí intentar una táctica diferente: “él dijo que los panecillos eran de aquí. ¿Hay alguien que recoja los panecillos cuando cierra el local?”

“Ah”, dijo, “ese es Andrew. Es el dueño de la librería Adobe”.

Y así fue que me encontré caminando con Andrew McKinley por entre una multitud de personas que vendía en una cobija zapatos usados y cintas VHS cerca de la intersección de las calles 16 y Albion. Como la caja con cosas aparentemente mágicas en esta ciudad, se trata de una sola persona con un carrito plegable.

McKinley le ofrece un panecillo scone a una mujer sentada en la banqueta, junto a un gato con correa. Ella dijo que no con la cabeza.

“¿No te ruge la panza esta noche?”, le pregunta afablemente.

“No me ruge nunca”, dijo ella, “pero, gracias Andy”.

“¡Eres una jovencita muy bonita!”, dijo Walt, quien estaba parado cerca de ahí y me señalaba. “La próxima vez que te vea, quiero ver tu boleta de calificaciones. Quiero ver puras A y Bs”. Me hace sentir insólitamente halagada. De todas las personas que me han dicho algo sobre la calle 16, nadie nunca me había pedido ver mis calificaciones. “¿Qué tal si te enseño las de educación física?, pregunté yo ya que la educación física nunca ha sido mi fuerte.

“Puras A y Bs”, dijo Walt. “Yo soy tu madre y tu padre”, dijo y agarró un panini de jamón y queso gruyere.

“Todo se fundamenta en la generosidad de Tartine”, dijo McKinley, “Algunas veces no hay nada y otras hay en abundancia. “Es un ritual nocturno, y somos los escogidos porque podemos hacerlo”.

Cruzamos la calle y pasamos por el Roxie (una parada frecuente ya que McKinley ama el teatro. McKinley toca la puerta y un muchacho delgado sale. Los ojos del muchacho se mueven hacia la caja de panecillos con una expresión de conflicto: “soy vegetariano estricto”, dijo, “así que…”.

“Todos están casi muertos”, dijo McKinley. mientras seguimos caminando por la calle jalando el carrito detrás de nosotros. “Están cansados de comida”, dijo McKinley. “Creo que les hemos dado mucho quiche”. Pasamos a lado de una pila de ropa en la esquina de las calles 16 y Guerrero y McKinley me pregunta si me molestaría detenerme.

Los dos buscamos entre la pila de ropa y encontramos dos suéteres muy bonitos de casimir para hombre que se fueron al carrito; una bolsa de mano de mujer con un forro de satín rosa mexicano es examinado de cerca, pero termina por regresar a la pila de ropa.

“Cuando uno camina por esta calle uno nunca diría que estamos en una crisis”, dijo McKinley mientras empujábamos el carrito por la calle Guerrero hacia la 17. “Hay muchas personas dispuestas a gastar su dinero. Las ciudades se han puesto de moda y están llenas de gente. He estado aquí desde hace 20 años, pero poco a poco está llegando el fin. Es posible que Adobe cierre pronto. Tenemos un nuevo casero y la renta es más alta”.

McKinley señala un departamento: “podríamos ir ahí. Hay una pareja embarazada muy amable, pero recibieron comida hace dos noches y a la mujer embarazada no le gusta el quiche…”, dijo e hizo una pausa. “¡Oiga!”, dijo él mientras levantaba la mano y saludaba a alguien en un auto que estaba a punto de irse, y el cual conducía una clienta de hace tiempo de la librería.

“Ali es artista y mamá”, dijo a manera de presentación.

“Conocí a Andrew cuando tenía 21”, dijo Ali, “no quiero ni decirte hace cuánto tiempo fue eso. Conocí la librería antes de conocerlo a él y hoy día es un ambiente conocido; pero antes era una librería. Es un callado activista de la comunidad. Para él no se trata del dinero”.

“En esta época, definitivamente no se trata de dinero”, dijo McKinley.

“Si ve a un joven estudiante”, dijo Ali, “y no tienen dinero, pero les gustó mucho un libro les dice ‘bueno, para ti sólo $2.50’”.

Seguimos en dirección hacia Bi-Rite. “Este era un deli tranquilo cuando me mudé aquí”, dijo McKinley. “Venimos aquí para ver a Lulú, quien tiene un gran semblante. Es una de las muchachas más amables en la ciudad, y es agradable darle cosas”.

Lulú, quien está por las cajas de verdura, resulta haber hecho un voto de no ingerir azúcar por un día. “No puedo comer nada en absoluto”, dijo ella a forma de disculpa. “Si es sólo un poquito, me lo voy a tener que acabar”.

El recorrido continúa y nos encontramos a un músico de jazz (que se quedó con un scone). Nos volvemos a topar con la pila de ropa, sólo que esta vez McKinley agarra la bolsa de mano.

“¡Kim Pierce!” dice él mientras saluda con gusto a una joven mujer que camina hacia nosotros como si fuera un pariente de antaño que resulta ser un músico cuya banda, Pale Hoarse, toca de vez en cuando en Adobe. “¿No te interesa esta fabulosa bolsa de mano?”

Pierce la examina y dice diplomáticamente: “es una bolsa de mano maravillosa para alguien. Pero, no para mí”.

Estamos de regreso a donde comenzamos: la puerta de la librería Adobe. “Estoy cansado”, dijo McKinley, “ha sido un largo día”. McKinley ha tratado de disminuir la selección de Adobe para que el local, que tiene pilas y pilas de libros sobre libros, sea un poco más navegable. Debido al inminente cierre del local, McKinley está experimentando con formas para que el local sea autosustentable con todo y el recién aumento en la renta.

Sin embargo, todo eso está en el futuro ya que hoy perdimos más de una docena de panecillos y adquirimos un bolso de mano. Con todo y todo, fue una buena noche.

 

 

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