Un soleado domingo por la mañana en el mes de agosto, Josie Lazo trazó una esquina sobre las calles Valencia y 18. Los contenidos de su clóset se encontraban arreglados de manera ordenada contra la reja a la espera de poder atraer consumidores de último momento que se dirigían a Burning Man y que podrían necesitar algo así como una minifalda de leopardo por $1 dólar.
“Como tengo cosas muy extrañas, las puedo vender hoy”, dijo mientras estaba parada enfrente del puesto lleno de cosas.
¿Y si no hay ventas? No importa. Lazo estará de regreso en lo que se ha convertido en un ritual del fin de semana para docenas de vendedores sin licencia que están en busca de dinero rápido en efectivo. Los vendedores instalan un puesto en las transitadas aceras del barrio anunciando discos antiguos, películas pirata, ropa usada y en algunos casos joyería hecha en casa y playeras.
Para Lazo, residente de la Misión con 45 años de edad quien trabaja una vez a la semana en la boutique para mujeres en Noe Valley, la venta ambulante es un medio para mantenerse a flote. “No puedo conseguir trabajo”, dijo. “¡Y tengo todas estas cosas!”
En Latinoamérica, a dichos vendedores se les llama ambulantes, un término acuñado que se refiere a su habilidad para poder agarrar sus cosas e irse cuando la policía llega. En los Estados Unidos, el ambulantaje ha prosperado en lugares saturados con inmigrantes acabados de llegar. Pero hace poco, el ambulantaje en la calle Valencia se ha convertido en algo tan estadounidense como las ventas de garaje.
Dinero Fácil
Con la tasa de desempleo en el Condado de San Francisco a 9.7 por ciento en el mes de agosto, el ambulantaje en la Misión ofrece un salida fácil al ingreso complementario en particular para comerciantes desempleados, ya que la fuerza de trabajo recibió un gran golpe en el estado, de acuerdo con la Oficina de Estadísticas Laborales.
“En los lugares en donde se están perdiendo trabajos pero no se ha creado una industria suficiente, es cuando puede haber grandes aumentos” en el tamaño de los mercados clandestinos, dijo Bill Shields, director del departamento de estudios laborales y comunitarios en la Universidad Comunitaria de San Francisco. “Esos son los impulsos estructurales que crean muchas situaciones de economía informal, que podría ser gente que intenta vender cosas en las calles”.
A dos cuadras de donde se encuentra Lazo, sobre la calle 20, Mackenzie Santiago había colocado cajas de leche llenas de DVDs y cintas de video –su colección personal. Hace dos años, en los primeros meses de la recesión, el soldador de 40 años de edad perdió su “casa, su trabajo –todo”. Hace seis meses comenzó a vender sus pertenencias para pagar sus cuentas.
No siempre es lucrativo. A las 2:45 p.m., y habiendo adquirido sólo $10 dólares, Santiago agarró sus cosas y se dirigió a otro lugar sobre la calle Haight. “Lo que sea que tenga que hacer para que mi carga sea menos pesada”, dijo encogiéndose de hombros.
Vigilancia Policial
Las leyes de la ciudad le piden a los vendedores ambulantes que obtengan un “permiso de ambulante no-alimenticio”, pero prácticamente nadie que venda cosas sobre las aceras de la Misión tiene uno, dijo Albie Esparza oficial de policía para San Francisco. Los permisos cuestan $199 dólares al año, además de un cargo único de $511 dólares pagado a SFPD. Sólo 14 permisos se encuentran activos actualmente en la ciudad, de acuerdo con el departamento de policía. Sólo uno se encuentra registrado en la zona que agrupa los barrios de la Misión y Castro.
La mayoría de los ambulantes opinan que la cantidad para obtener el permiso es muy alto, y que de cualquier forma no necesitan el permiso de nadie. El ambulantaje, argumentó una persona, son iguales a las ventas de garaje las cuales están exentas de leyes de permisos.
“Es como una venta de garaje, excepto que no es en un garaje”, dijo un comprador larguirucho de mediana edad sobre la calle 20, momentos después de haberse ido con un disco de Bobby Womack por $1.50.
Mientras los vendedores complementen la ecléctica cultura del barrio, sin dejar un tiradero o habiendo invadido vitrinas de locales, la policía no interviene.
“No salimos en busca de gente sin permisos, porque esa no es nuestra prioridad”, dijo Esparza. “Entendemos que crean una especie de cultura y crean una convivencia en algunas partes de la comunidad, de alguna manera”.
“Sólo si alguien lo hace notar, centramos nuestra atención para que un oficial salga a investigar, porque la Misión tiene mucha gente y tenemos llamados por tiroteos o robos”.
Walter Dail es uno de los ambulantes afectados. Un carpintero desempleado de 50 años de edad dijo haber pagado $7,000 dólares en multas cuando hace dos años se las dieron por haber vendido cintas VHS sobre la calle 16 a $2 dólares por pieza. Pagó algunas de las multas con dinero en efectivo y horas de servicio a la comunidad; otros tuvieron que ir a los tribunales.
Invertir en un permiso “no sería rentable”, dijo Dail, sentado en una silla de plástico a unos cuantos pies de distancia de su puesto de películas sobre la calle 16 y con una bolsa de Stuart Woods en sus piernas. Vender videos le deja una ganancia neta de menos de $50 dólares al mes, dijo –suficiente para pagar el mantenimiento de su departamento de una habitación en la Misión y todavía le queda cambio.
Aún así está alerta. “Todavía me dan multas, pero no las pago”.
Partidarios de Negocios
A contra esquina de Dog Eared Books, sobre las calles Valencia y 20, un ambulante vendía libros de pasta dura. Dentro de la librería, detrás del mostrador, el empleado Ryan Smith percibía la competencia exterior como algo bueno.
“Podrá notar que hay muchos locales cerrados sobre la calle Valencia, y la mayor parte de nuestro negocio proviene del tránsito peatonal. Así que si hay otros negocios que puedan impulsar dicho tránsito, eso es genial”, dijo Smith.
Otros comerciantes, gerentes y empleados a lo largo de la calle Valencia estuvieron de acuerdo.
“En especial en esta época, uno no puede envidiar a alguien por intentar vender cosas”, dijo Clint Smith, gerente en la Tienda de Ropa Usada para la Comunidad. “No creo que afecte el negocio de otros”.
Por lo menos hay algunos que aprecian el alboroto. Uno de ellos es Steven Lemay, vendedor de ropa antigua en Retro Fit, quien vende vestimenta estrafalaria y accesorios comparables a objetos que se venden en la calle. LeMay toma ventaja de la flexibilidad de la policía al vender en la acera enfrente de su negocio –sin permiso- y admitió que algunas veces vende playeras.
LeMay dijo que algunos comerciantes en el barrio reportan a los vendedores ambulantes a la policía, algo que llamó “un poco exagerado”.
A pesar de las quejas, los vendedores continúan regresando.
De regreso en las calles Valencia y 18, Lazo estaba recogiendo sus cosas.
“Fue mi mayor venta. Gané más que nunca antes… más de $200 dólares”, dijo unos días después. Regresará. “Ah sí, todavía hay más cosas que vender en mi clóset”.

