Humberto empuja la puerta del Make-Out Room a las 9:03 p.m., y asume su trabajo en la calle 22. Humberto voltea a la izquierda hacia Bartlett, y después hacia la calle Misión.
“Feliz Año Nuevo”, le dice a un amigo que pasa caminando. Después, espera.
Adentro, una bola de espejos plateada da vueltas lentamente colgada del techo y lanza rayos de luz en la vacía pista de baile. Hay nueve sombreros rojos y dorados que dicen Feliz Año Nuevo en el barra entre leis, tiaras con brillo, collares de plástico y trompetillas de fiesta. El barman y su ayudante cortan limones y apilan los vasos.
Tienen 11 minutos antes de que llegue el primer invitado, 11 minutos para disfrutar del jazz clásico. Los 11 minutos se terminan pronto.
“Ay por Dios, estoy tan emocionada”, dijo la primer parrandera de la noche. Sus zapatos negros de tacón suenan en el piso de madera y su minifalda plateada brilla como la cinta más arriba. La sigue una muchacha con una falda igual de corta, y dos muchachos listos para servirles.
Las muchachas gritan mientras escogen favores de fiesta, y los muchachos se dirigen al bar. En menos de tres minutos, las muchachas ya se han quitado sus abrigos, se han puesto las tiaras de papel y han posado por el árbol de Navidad. Llaman a los muchachos para que les tomen fotos. Las muchachas se acomodan el pelo, ríen y posan hasta que los muchachos se dan por vencidos.
Uno de los DJs de esta noche, El Kool Kyle (de El Superritmo), llega con un sombrero alargado, seguido de un muchacho que arrastra una maleta llena de equipo. Saluda al barman, agarra su primer trompeta de fiesta de la noche y la sopla. “Miren nada más, el ángel heraldo canta”, dijo a secas.
Se va hacia el escenario en la parte de atrás del bar, listo para poner la mejor cumbia, baile de salón, reggaeton, salsa, soul, hip-hop, funk, mambo, electro, disco y “lo que sea que los haga moverse”.
Otro barman llega. “Ya empezamos lento”, le dijo a Doran, el ayudante de bar. “Aunque tenemos suficientes sombreros de fiesta”.
“Necesitamos cabezas para los sombreros”, dijo.
Pero no está preocupado. Este es un lugar para salir de noche, dijo. La gente llega y se queda.
Por el momento, tiene tiempo para hablar. Su propósito de año nuevo es manejar en su Corolla del ’91 con menos irritación en la ciudad. La gente no usa las direccionales, dijo. Lo único que toma es levantar la mano. “Les he mostrado el dedo grosero unas cuantas veces”, dijo. “Así que trataré de concentrarme en un lugar feliz en situaciones como esa”.
Los DJs ya comenzaron con la música, y fuerte. Los ritmos rápidos se escuchan hasta la calle.
Dos hombres de mediana edad se detienen y escuchan. “¿Qué hay aquí esta noche?” le pregunta uno de ellos a Humberto. Música latinoamericana para bailar, dijo. “Siempre es una buena fiesta”. Él lo sabe porque ha estado trabajando la puerta aquí para El Superritmo casi todas las noches de sábado desde hace tres años.
“¿Cuánto cuesta?”, preguntaron.
“Hay cover de 20 dólares”.
“Wow, 20 dólares”, dijo uno de ellos con las cejas levantadas.
“Mucho baile”, dijo Humberto, “muchas muchachas”.
La táctica de ventas no funciona.
Tres muchachas en minifaldas negras y tacones se le acercan. Sin pensarlo dos veces, le dan el dinero. Coquetean en español mientras se suben las mangas y voltean la muñeca derecha hacia el cielo. Sello, sello, sello.
Lo peor del trabajo es decirle a la gente al final de la noche que se tiene que ir. Odia hacerlo. Se divierten tanto.
Dos muchachos dan vueltas y discuten sobre entrar o no.
Deciden que sí, pero se inquietan al dar el dinero.
A Humberto no le importa trabajar la puerta. Impedirá que parrandee como lo hizo el año pasado en su ciudad natal, en la ciudad de México. “Me tomó muchos días recuperarme de esa fiesta”.
Los propósitos de año nuevo son tontos, dijo. En realidad muy poca gente hace lo que dice que va a hacer. “Yo quería aprender a forjar churros”, dijo. Un amigo le dio un libro sobre cómo hacerlo, pero nunca se las arregló para practicar. “Y ahora es la última hora del año y me doy cuenta de que no cumplí con el objetivo”.
Este año quiere correr una carrera de 10k. Debería obligarse a hacer 20k, pero ya sabe, hay que ponerse un límite.
“Tendré que haber aprendido a forjar un churro para entonces, para poder celebrar”, dijo.
Adentro, los propósitos sin cumplir no detienen la celebración. La pista de baile se está llenando. Quedan cuatro sombreros en el bar. Los dos jóvenes se sientan frente a otro en una pequeña mesa, y entre tragos de cerveza se toman turnos para soplar las trompetas de fiesta.
Francisco viene mucho aquí. Le gustan las mujeres, la música y el baile. Está bailando con una muchacha más alta que él, y él va muy adelantado al ritmo. Ella lo ve y sonríe. Todas las mujeres que bailan con él lo ven y sonríen. Cuando la canción se termina, se desliza hacia el bar y saca a otra mujer a bailar.
“No, gracias”, le dice.
“Te voy a esperar”, le promete. Él le pone una tiara de papel en la cabeza, da un paso para atrás para admirarla, y dice: “eres una princesa”.
Son las 10:30 p.m. Los barmans mezclan cosmos, Stoli crans, y cócteles de limón para muchachas en vestidos apretados. Los muchachos se quedan atrás y observan la forma en que la luz cae en los hombros desnudos.
Para las 10:50 p.m., ya han agarrado el último sombrero y el camino a la pista de baile está abarrotado. Cody se desliza por una pequeña apertura para agarrar dos cervezas. Mientras el 2011 se acaba, él se queda sin resentimientos. Entró a su escuela de leyes de ensueño y acaba de terminar el primer semestre. “En realidad estoy decepcionado de ver que se termine el 2011”, dijo. “Ahora todo es colina abajo”.
A Amber le da gusto que se haya acabado. No le gusta decirlo, pero ha sido un año bastante malo. Pasó la mayor parte del año tratando de recuperarse de la mala economía.
Ramón está de pie por la barra mientras bebe de una lata Corona. El año fue bueno y malo. Bueno porque le dieron un trabajo en construcción. Malo porque ahora van tres años desde que está solo. Le gustaría tener una novia.
Francisco regresa al bar, sudando y le pide a la muchacha una vez más que bailen.
“No puedo”, le dice.
“Pero, te amo”, le contesta.
“A la media noche bailaré contigo”, le promete.
El primer besuqueo de la noche pasa a las 11:14 p.m. Una rubia delgada tiene la espalda contra la barra. Su novio está encima de ella. Después del primer beso, él la besa gentilmente en los labios cada vez que ella dice algo.
Armando está solo y ve la pista de baile. Trabaja todos los días vendiendo sus pinturas hechas con spray a turistas en el Muelle 39. A excepción de los días lluviosos, ha sido un buen año. Le dan entre $10 y $20 dólares por pinturas de Marilyn Monroe, el logo de los 49ers y Bob Marley. El 2012 será mejor, dijo, porque comenzará a hacer serigrafía en playeras.
Seth, “la chica del guarda abrigos”, se sienta solo en la esquina trasera del lugar y viste un abrigo azul marino con un parche que dice “Walmart Tire and Lube Express”. Descansa sus pies en un barril de cerveza. Quedan 15 minutos para que acabe el año. Ha sido uno bueno. Obtuvo su primer trabajo conduciendo un taxi, y le encanta. “Uno conoce de todo”, dijo. Cuando termine, se subirá a su taxi y trabajará hasta mañana en la tarde.
“Fue muy corto”, dijo del 2011.
Afuera en la banqueta, Wilson de 19 años de edad, cocina hot dogs y cebollas en una pequeña parrilla enfrente del bar. Vive en Oakland, pero está aquí todos los viernes y sábados por la noche. Nadie quiere un hot dog en este momento, pero se quedará de todas formas; ya conoce el ritmo de la noche.
Adentro, el Make-Out Room se prepara para la cuenta regresiva. El DJ pone una canción acelerada de Billi Jean. Son las 11:57 p.m. La muchacha a la que Francisco sacó a bailar está bailando con alguien más. Él pone las manos en alto. Ella se encoge de hombros.
“Es el Make-Out Rooooooom gente”, dijo uno de los DJs. Y ya lo saben. Mientras el 2011 se convierte en el 2012, se besuquean en todo el lugar. La primer canción del Año Nuevo es “Kiss” de Prince, la cual inspira a más besuqueo.
No dejan caer los globos a la media noche como habían anunciado, pero hay champaña gratis y a nadie parece importarle.
No toma mucho tiempo para que las trompetillas aplastadas y sucias y sombreros rotos estén por todo el piso. Las cabinas están vacías y la gente se va al escenario para bailar enfrente de la estación del DJ. Las jarras de cerveza se reemplazan por cócteles frutales.
“Odio beber solo”, le dijo un muchacho a una muchacha mientras él le acerca un vaso. “Feliz Año Nuevo”.
Otro muchacho escribe “2012 SIN DRAMA” en un pedazo de papel. Acaba de romper con su novia. Toma un gran trago de cerveza y escribe “SOLTERO” en letras grandes.
Es la 1:28 a.m. “¿Están listos para un poco de ruido?” pregunta el DJ.
La verdad no. La gente apenas y se puede parar. Las caderas ya no se mueven como hace tres horas. Las muchachas se caen en los muchachos. Los ojos están a medio cerrar. El maquillaje está embarrado. La barra está llena de cerveza. Una muchacha se cae en la pista de baile y un muchacho por la barra pierde su equilibro. Los barmans se hacen la señal de “no más tragos”.
Es la 1:44 a.m., y prenden las luces. Los DJs no se detienen. No han parado en toda la noche. “Es hora de irse, pero voy a poner una canción más”, dice uno de ellos. La gente sigue bailando.
Dos minutos más tarde, prenden un segundo juego de luces. La música se detiene. Los barmans se dispersan para recoger pilas de vasos sucios. Es la parte de la noche menos favorita de Humberto. “Bueno muchachos”, dijo. “Los queremos pero necesitamos que se vayan”.
Afuera, la fiesta apenas acaba de comenzar para Wilson. La parrilla humea y los hambrientos llegan. Nunca se ha preocupado por pasar el año nuevo solo.
