En una pequeña sala en el Edificio de Mujeres, el fotógrafo Lou Dematteis le ha estado contando a un grupo de adolescentes la historia de un accidente aéreo.
“Había soldados por toda la jungla”, dijo, “el cargamento ya lo habían sacado del avión cuando sucedió el accidente. Y después —quiero que todos vean esta foto en mi libro”. Y se escuchó cómo hojeaban el libro.
“Este es Eugene Hasenfus. Cuando él vio que el avión se iba a estrellar, se puso un paracaídas y saltó”.
Hasenfus fue un premio para el ejército nicaragüense, explicó Dematteis. Prueba de que la CIA había estado contratando a mercenarios para que transportaran armas y suministros a los Contras —un grupo que estaba intentando derrocar al gobierno nicaragüense— en contravención directa con los Estados Unidos y la ley internacional.
“A fin de cuentas, se supo la historia y se le conoce como Irán-Contra”, dijo Dematteis, “fue una gran historia”.
Es algo poco usual que la persona que está explicando lo que pasó haya formado parte de la realidad, ya fuera como incitador o testigo. Pero el día de hoy es un experimento, una prueba realizada por una organización joven sin fines de lucro que se llama Fundación MangoMundo y la cual presenta talleres educativos sobre la historia nicaragüense con gente que en realidad vivió dicha historia.
La alineación es admirable: Daisy Zamora, poeta y ex viceministra de cultura para el gobierno nicaragüense; el periodista Daniel Del Solar; la poeta y documentalista Nina Serrano; la escritora Elaine Elinson; el vendedor de producción de café de comercio justo y cofundador de Thanksgiving Coffee Paul Katzeff; el chef Tony Ulloa de Sasonao Nicaraguan Cooking; la documentalista Marta Leclaire; el poeta Alejandro Murguía y Dematteis, el último ponente esta tarde.
También es poco usual, como adolescente, estar en una sala con un grupo de figuras de la autoridad que hablan abiertamente sobre haber portado metralletas rusas: “todo mundo tenía un AK-47 en su clóset”, dijo Dermatteis.
“Construimos refugios”, dijo Leclaire, desde la parte de atrás de la sala. “Fue muy triste”, dijo riéndose, “nunca se me olvida este sentimiento de cuando estábamos cavando con nuestras palas para construir nuestros refugios antibomba. Fue también una guerra psicológica”.
“Los Estados Unidos planearon invadir”, dio Dematteis, “eso hubiera sido horrible. Con todo y todo, el reportaje de Nicaragua estuvo muy bien ya que ayudó a construir el caso en contra de la invasión”.
Los adolescentes también estaban muy impresionados: todos son voluntarios de una organización sin fines de lucro que se llama BuildOn, la cual construye escuelas en varios países, incluyendo Nicaragua. Son un grupo de autoselección de un grupo autoseleccionado: de los 100 voluntarios adolescentes más o menos que BuildOn invitó para estar presente en un taller de ocho horas sobre la historia nicaragüense en un día hermoso de verano, los 15 voluntarios que sí se aparecieron están lejos de ser el adolescente promedio.
“No entiendo a los ‘adolescentes normales’”, dijo Christian, un adolescente con una dulce cara de 17 años de edad quien es el único en el grupo que en realidad ha viajado a Nicaragua hasta ahora. Se enfermó de influenza a su regreso, por lo que no se acuerda muy bien de cómo se la pasó aparte de que la gente fue muy amable.
Continuó diciendo que “siempre he sido ‘extraño’ socialmente”, dijo al hacer comillas en el aire. Yo miro hacia abajo. Christian es en realidad la única persona que he visto menor de 30 años que usa zapatos Vibram FiveFinger. Christian pasó una hora esta mañana en BART desde Richmond, en donde vive con su mamá, algunas veces con su tía, y algunas veces con su abuela. Cuando no es voluntario en BuildOn, divide su tiempo entre ser voluntario en cocinas de sopa, adoptando a un pueblo en Kenia, haciendo juguetes para los changos en el zoológico (les gustan las cajas de rompecabezas), y trabajando en el departamento de oncología en Stanford para estudiar cáncer en comunidades de bajos ingresos. “Me gusta estar ocupado”, dijo y se encogió de hombros.
“¡Soy un adolescente! ¡Soy un consumista! ¡Este trabajo es revolucionario!” dijo Courtney, una esbelta y seria muchacha con una sudadera enorme. “¡La IDEA en sí es el libre comercio! Cuando piensa en igualdad, ¿por qué no podemos ser iguales, todos?”
Los adolescentes probaron estar especialmente interesados en cualquier historia nicaragüense que tenga que ver con voluntarios dedicados.
“Suspendieron la escuela”, dijo Leclair de la época después de que los Sandinistas hubieran derrocado la dictadura de Anastasio Somoza, y de que los alumnos universitarios de la Nicaragua urbana hubieran sido voluntarios en el campo. “Todo mundo vino a crear una campaña de alfabetización. Los alumnos se capacitaron para enseñarle a los campesinos. Yo misma capacité a tres mujeres sobre cómo leer y escribir. Participamos en la vida de los campesinos. Aprendimos cómo crece el maíz, qué come un pollo y compilamos un maravilloso folclor de las montañas. Los alumnos regresaron llenos de amor, compasión y canciones. Eso es lo que recuerdo”.
“Mi conexión inicial con Nicaragua fue un amigo que fue ahí como parte de un trabajo de brigada”, dijo Dematteis. “Me dijo que ahí había una historia. Recuerdo esta idea de que Nicaragua era una amenaza”, siguió diciendo. “Recuerdo estar manejando desde el aeropuerto y por entre los barrios, entre los carros sin facias, y caballos jalando los autos. Pensé: “¿este país es una amenaza?” Fue entonces cuando supe que no había una amenaza militar”.
En una vida pasada, Michael J. Hoffman, director ejecutivo de la Fundación MangoMundo, les vendió la Universidad Estatal de San Diego a estudiantes internacionales. Después hubo una visita que le cambió la vida a Nicaragua hace cinco años. “Pensé que sería peligroso”, dijo. “Pero era un lugar mágico que había estado esperando toda mi vida”. Ahora está tratando de averiguar cómo venderles al país entero.
Los efectos de un esfuerzo anterior —grabar la primer versión autorizada en español de “If You’re Going to San Francisco”, con la superestrella latinoamericana Katia Cardenal y poder venderla en iTunes— no ha recaudado tanto dinero como se esperaba, pero un evento sobre el movimiento Solidarity entre la Misión y Nicaragua que se llevó acabo a principios de año en el Centro Cultural de la Misión fue un éxito enardecedor. Hay otros proyectos en camino, incluyendo un documental y un experimento parecido para enseñar historia nicaragüense pero en Barcelona.
“Los Estados Unidos acabaron con la revolución como estaba sucediendo”, concluyó Dematteis. “No fue un resultado positivo”; sin embargo, cuando Dematteis regresó al país en 2008, dijo, el legado más visible de la revolución fueron las cooperativas de café. “Los agricultores a quienes les dieron la tierra en la revolución todavía tenían terrenos. Había sido un campo para que el ganado de grandes terrateniente pastara. Ahora tiene árboles, café y maíz. Hablé con una mujer que estaba ahí que dijo “siempre pensé que esta tierra debería de ser de más de una persona”. Es importante recordar qué cambios se hicieron”.
“No hay ningún país en el mundo con tantas cooperativas productoras como en Nicaragua”, dijo Schwartz, “y ningún productor puede tener más del 10 por ciento del voto. Esa es la belleza que tiene. Una granja, un voto. Se trata de enseñar democracia de abajo para arriba, en lugar de la forma en que usualmente la usamos —de arriba para abajo. Los parecidos entre Egipto y Nicaragua son difíciles de ignorar”.
La conexión entre Nicaragua y la Misión también persiste, explica Murguía, incluso cuando los días en que San Francisco tenía más nicaragüenses viviendo en sus fronteras que en las afueras de la ciudad de Managua han terminado.
“Por qué”, pregunta Hoffman de Murguía, “¿es esta ciudad el lugar de nacimiento del movimiento de solidaridad? ¿Hay algo especial sobre San Francisco?”
Hay muchas respuestas para esto: el comercio de café, la geografía, la afinidad política. Pero Murguía, quien es poeta, prefiere un enfoque poético. “Roberto Vargas”, dijo, “uno de los grandes organizadores de la comunidad, llegaron a visitar aquí una vez desde San Antonio. Dijo que nunca antes había visto a tantos conductores dar vueltas en u”.
“Le dije: es el miedo lo que hace que la gente en Texas no dé vueltas en u”.
“La gente en San Francisco no tiene miedo”.

