La tarde del 1º de abril, el Supervisor David Campos anunció algo que la Misión ya sospechaba desde hace tiempo.
“Esta comunidad limitada a un espacio ya no cabe dentro de sus fronteras actuales”, dijo Campos en un megáfono a un grupo de personas sobre la calle Misión. “¿Cuántos de ustedes no habitan en un departamento en el que la sala ha sido convertida en una recámara? ¿Cuántos de ustedes se atreven a aventurarse por el barrio un viernes o sábado por la noche, a sabiendas de que todos los bares estarán llenos extranjeros? ¿Cuántos de ustedes decide salir a desayunar? ¿Nunca?”
La multitud gritó en aprobación.
“Scott Weiner y yo estamos de acuerdo en esto”, gritó Campos con el puño en el aire. “ ¡Debemos tomar Oakland! ¡Nos pertenecerá!”
Una banda improvisada de tres mariachis y tres hipsters barbudos con trajes de osos comenzaron a tocar una melodía alegre. La multitud bailó con brazo en manos y los niños tiraban pétalos de flores al aire.
Campos seguía de pie mientras dos ayudantes con overoles que combinaban desenrollaron un mapa de Oakland con ribetes.
“Nuestro plan será”, dijo Campos mientras señalaba el mapa con una bayoneta que alguien de la multitud le había dado, “vamos a regalar It’s It’s y mochilas de mensajeros para todos los hombres, mujeres y niños. Y después, en cada cuadra vamos a poner una taquería. Pondremos una cafetería, un taller para bicicletas, un súper que tenga tanto vino barato y productos alimenticios locales de altos precios como tiendas latinoamericanas que ofrezcan productos alimenticios asequibles y paletas de coco. Estableceremos una organización sin fines de lucro para la educación en artes con un equipo laboral que sea dedicado y vista playeras cínicas”.
“Pondremos”, dijo con los brazos abiertos, “ ¡un carrito de hot-dogs con tocino!”
A cual momento, la multitud gritó con tal júbilo que una parvada de palomas se fue volando.
“ ¡Hoy marcharemos en Oakland!” gritó Campos. “Mañana, ¡todos vamos a tener patios!”

