Miércoles 16 de febrero. 9:02 a.m.
Tan pronto como subo la escalera hacia la plaza de la estación de BART de la calle 16, sentí los rayos del sol en mi cara. Una vez arriba, Lonestar Swan, el señor con cabello canoso a quien homenajearon en el Callejón Clarion, está dándole de comer a las palomas. El ruido de los trenes se deja de escuchar y el ruido de la calle se apodera del lugar. Se pueden escuchar los motores de los autos, gente tocando cláxones y palomas aleteando sus alas.
Estoy aquí, como docenas de otras personas que veo a diario, para pasar la mañana: para estar en un lugar en donde casi 11,000 personas transitan.
La plaza suroeste será mi oficina durante las próximas tres horas. Mis acompañantes, los residentes habituales de la plaza, salen de seis hoteles de ocupación individual que se encuentran en las calles Misión y 16. Empujan carritos o valijas que traen consigo de otros lados. Nadie quiere hablar con un periodista. Nadie quiere que le tome fotos. Es por eso que sólo estoy aquí y observo.
Nos podemos sentar en una de las ocho bancas moradas en una plaza en la que predomina un riel circular de hierro diseñado al estilo del colorido papel picado. Escojo una banca que da a la entrada de la estación, junto al paradero de la calle 16.
9:13 a.m.
Una mujer ya grande en silla de ruedas, con el cabello recogido en una cola de caballo y ropa holgada se acerca desde la calle Misión. Sus pies arrastran a la silla hacia adelante. Tiene una taza de café en una mano y una bebida root beer en la otra mientras maniobra para llegar al paradero en donde el 22-Fillmore va en dirección oeste sobre la calle 16. Está justo detrás de mí.
Un hombre con una sudadera blanca se acerca a ella y le pregunta: “¿Qué le gustaría? “Una taza de café”, dijo ella y él se fue para el McDonald’s enfrente de la calle y regresa con dos tazas de café.
9:28 a.m.
Poco a poco las nubes cubren al sol y la temperatura baja de repente. Detrás de mí, dos hombres de mediana edad intercambian algo. Uno de ellos es el hombre con la sudadera blanca. Le da un paquetito a un hombre vestido de negro quien le da dinero por el paquetito y desaparece en el 22-Fillmore.
9:35 a.m.
“Ese hijo de su”$·% está en la cárcel por esa perr@”, dijo la mujer en la silla de ruedas. Empezó a hablar sobre un amigo que está en la cárcel y dijo que ella “se iba a morir” y que “¡los soplones mueren!”
9:40 a.m.
Un hombre que parece tener 60 años de edad se acerca al grupo y se recarga en un anuncio. Podría ser más joven porque vestía pantalones aguados y una gorra de los Gigantes, pero sus arrugas comprobaban que es más grande. Mientras la conversación llega a un fin, el hombre de la sudadera blanca le pregunta: “¿quieres un poco de coca? ¡Me entiendes!”
El hombre de 60 y año murmura algo y se dirige hacia el su sobre la calle Misión.
9:45 a.m.
Regresó con cuatro hombres de 20 y tantos. Los cuatro se quedaron cerca del puesto de comida guatemalteca mientras que el hombre de 60 y algo se acercó al hombre con la sudadera blanca. Está claro que estoy en medio de lo que sea que está pasando por lo que saco mi teléfono y finjo hablar con alguien.
Los cinco se alejan de la plaza y van en dirección sur sobre Misión. El hombre de la sudadera blanca los sigue y todos desaparecen detrás de la esquina. La mujer mayor en silla de ruedas se queda sola.
Para entonces, cientos de personas han estado pasando por ahí, apenas y dándose cuenta de quienes se han quedado atrás.
10:45 a.m.
Una mujer de mediana edad con 3 bolsas valija color negro se acerca a mi banca y pone las bolsas a lado de mí. Murmura algo sobre hashis, después deja las bolsas y se va pidiendo un cigarrillo en la plaza.
Le dan uno, lo enciende y se para a 15 pies de distancia junto al riel decorativo. Las bolsas siguen a lado de mi mientras fuma y habla para sí misma.
10:51 a.m.
Un hombre de baja estatura se acerca a ella. Viste una chamarra de cuero bastante grande, un sombrero gris militar y un anillo en forma de diamante. El hombre le muestra dos paquetes de plástico del tamaño de un pulgar con polvo adentro. La mujer le pide al hombre que se mueva, se acercan a mí y se quedan parado a mi izquierda. Sus bolsas valija siguen sin que alguien las cuide a mi derecha mientras las cenizas de su cigarrillo flotan hacia mi cuaderno.
10:53 a.m.
Siguen hablando mientras la mujer se abre la chamarra. Se abrazan y el hombre pone sus manos en los bolsillos de la chamarra de la mujer. Después de abrazarse, el hombre ya no trae consigo los dos pequeños paquetes.
La mujer le pide al hombre que agarre una de las valijas a lado de mí. La mujer agarra las otras dos y ambos caminan hacia el 14-Misión y se suben al autobús que va en dirección sur.
11:16 a.m.
Inesperadamente, comienza a llover y docenas de personas en la plaza buscan refugio. Encuentro un lugar debajo de la palmera enfrente de mí. La plaza se vacía mientras sigue la llovizna.
11:40 a.m.
Tan pronto como la lluvia se detiene, las docenas de residentes de la plaza regresan. Me siento en la misma banca. En la banca a mi izquierda se sienta un hombre con un sobrero, lentes oscuros, una chamarra de cuero y una mochila. Lo veo y me ve.
11:55 a.m.
Mientras el hombre continúa mirando, me volteo y noto que hay una valija desatendida. Es seguro que la grande bolsa azul no estaba ahí antes de la lluvia y no está claro cómo se me pasó no haber notado cómo llegó ahí. A la gente que pasa por ahí no parece importarle. Parece ser que las maletas desatendidas apenas y son sospechosas en la plaza de la calle 16.
12:05 p.m.
Un hombre con un olor desagradable con sus pertenencias dentro de un saco para dormir me da dos monedas de cinco centavos. “Eres un hermano de color”, dijo, explicando su amabilidad. “¡Los dos somos minorías!” Respetuosamente me niego a agarrar los centavos y él se aleja llamándome un hijo de la ch@34.
12:10 p.m.
Comienza un concurso de gritos entre la mujer en la silla de ruedas y otro hombre de apariencia mayor. La gente que va y viene de la estación de BART escucha los insultos pero los ignoran. El hombre se aleja hacia el puesto de comida del otro lado de la plaza. La mujer en la silla de ruedas le dejo en claro que quiere que se vaya.
El hombre y la mujer se quedan viendo como retándose en un duelo. La plaza es lo suficientemente grande para ellos.
12:13 p.m.
Un hombre con una boina morada se acerca al hombre. Después de hablar, cada quien sigue su camino. La mujer en la silla de ruedas gana. Se sienta en donde comenzó hace tres horas, entre el paradero y los baños públicos , a ver el mundo pasar.

