Son las 7:15 de la mañana y Nora Calderón y Anali Padilla, con todo y charolas de comida en mano, corren hacia el autobús que llevará a un grupo de cabilderos a Sacramento.
El equipo que alimentarán viste delantales en lugar de trajes. No obstante, cuando las mujeres de mediana edad y sus hijos llegan al Capitolio Estatal y se bajan del autobús, los delantales son lo primero que se quitan. Estuvieron ahí a finales de febrero para enfrentarse a los senadores estatales y poner presión en la AB 889, el Proyecto de Ley de Derechos para Trabajadoras Domésticas.
Estas mujeres conocen la vida de una trabajadora doméstica porque eso es lo que la mayoría hace: limpian casas y se encargan de los niños.
“Limpio entre 35 y 40 casas a la semana y recibo $10 dólares por casa”, dijo Verónica Nieto, una persona que habló en el evento. Ella gana entre $350 y $400 a la semana. “No es suficiente para encargarme de mis hijos o para poner comida en la mesa”.
El Proyecto de Ley de Derechos para Trabajadores Domésticos promete regular salarios, horas y condiciones laborales de las amas de casa de California, personas que brindan cuidado y otros trabajadores domésticos.
Si se aprueba, le dará a las trabajadoras domésticas una serie de nuevos derechos —descansos para comer o descansar a asistentes personales, y pago por horas extras y compensación laboral.
Calderón compartió su historia en Sacramento con el Senador Lelan Yee, quien representa al Octavo Distrito del Senado, el cual incluye a los condados de San Francisco y San Mateo. Yee apoya la idea de la medida, pero desconfía del costo para investigar las quejas de las trabajadoras domésticas, lo que los analistas legislativos proyectaron a $385,000 al año. Él le ha pedido a los autores del proyecto de ley que hagan cambios y espera que se tomen en cuenta.
El proyecto de ley se aprobó en la Asamblea el año pasado y actualmente se encuentra en el expediente en orden del Comité de Gastos de la Cámara del Senado. Necesita pasar por el Comité de Gastos y reunir 21 votos para que el Senado completo lo apruebe.
Calderón espera hablar de cualquier preocupación que Yee pueda tener y poner una cara humana a la pelea.
“Necesitamos pedirle apoyo”, dijo Calderón. “Necesitamos ver cuántas personas vienen a este evento y cuántas personas apoyan este proyecto de ley”.
Calderón fue primero hace 12 años a la oficina de Gente Organizada para Exigir Derechos Laborales (POWER, por sus siglas en inglés) en el 335 de South Van Ness en la Misión,. Alguien le había dado un volante que hablaba sobre la experiencia de una trabajadora doméstica.
“He trabajado de más, me han explotado y no me pagan lo que corresponde”, dijo Calderón, quien ahora trabaja para la Coalición de Salario de Vida de San Francisco como educadora de la comunidad. “Pero sigo trabajando. Tenía niños de quien cuidar”.
Padilla, con su hijo de tres años sentado en sus piernas, tiene cuentos parecidos. “Uno de mis empleadores tenía una campana que tocaba cuando necesitaba mi atención”. Padilla, quien ahora es organizadora, ha ido a Sacramento seis veces por este proyecto de ley. “Me hacía sentir como un animal”.
En el trayecto de dos horas en el autobús, los aromas de pan dulce inundaban el ambiente mientras las mujeres practicaban su testimonio con un compañero. El testimonio debe ser breve, conciso y directo, les dijo un coordinador y miembro de Mujeres Unidas.
Una mujer subrayó cómo había trabajado de más y cómo no había recibido una paga suficiente. La mujer a lado de ella asintió con la cabeza en acuerdo. “No nos aprecian por nuestro trabajo”, dijo una mujer.
En Sacramento, las mujeres y los pocos hombres se dividieron en tres grupos de 15 para reunirse con diferentes senadores.
Algunas mujeres instalaron una tienda en el pasto enfrente del Capitolio y comenzaron a instalar las charolas de comida caliente para el almuerzo. Otros crearon una pequeña guardería con una cobija y con juegos para los niños. Pronto, los niños estaban correteándose mientras esperaban a que sus mamás regresaran.
Una muchacha en particular ya había entendido la importancia de esta campaña.
“Cada noche mi mama llega muy tarde a casa para decirme buenas noches”, dijo Aylin Álvarez de 11 años de edad. “Ella se merece tener el derecho a tomar un descanso y no debería estar trabajando horas adicionales”.
Después de una conferencia de prensa con Richard Trumka, presidente de AFL-CIO, Calderón le estrechó la mano y se tomó una foto con él. Ella tenía una gran sonrisa en la cara al reconocer la esperanza que siente.
Poco después, Calderón y otros se dirigen hacia la oficina de Yee. Después de esperar 20 minutos, el grupo empieza a impacientarse. Calderón habla sobre el respeto.
Después de otros 10 minutos, Yee abre la puerta.
Calderón llega directo al grano. “Nosotros somos las que lavan su ropa interior”, dijo. “Nosotros hacemos el trabajo que la gente rica no quiere hacer”. Calderón mencionó que algunas veces no le pagan y que quiere respeto.
Yee asienta con la cabeza y dobla un pedazo de papel mientras Calderón habla. “Sí, sí”, dijo.
Después de que otras cinco personas hablan, Yee termina la reunión de diez minutos.
“Creo que este es un tema importante”, dijo Yee. “Estamos tratando de entender cada aspecto de este asunto porque se han hablado de algunos problemas”.
Con una cara seria y una voz firme Calderón le recuerda que “para nosotros es muy importante que usted nos represente”.
El grupo sale de la oficina sintiéndose un poco derrotado, pero en el camino a casa el espíritu se aligera un poco y se hace evidente que harán más viajes.
Más tarde, Adam Keigwin, el jefe de personal de Yee, dijo que el senador siempre ha apoyado el proyecto de ley y que sólo quiere cambios que tomen en cuenta el impacto que podría tener en personas con discapacidades. La estrategia de las mujeres en la reunión con miembros de la legislatura, agregó, fue puntual. “En cualquier momento en que uno escucha historias de la vida real, desde luego que marca una diferencia”.
Incluso antes de saber esto, Calderón y los otros permanecieron decididos.
“Varios de mis jefes me han explotado y mentido”, dijo Calderón. “He vivido en Los Ángeles, Nueva York y ahora San Francisco. El nivel de explotación es el mismo en cada ciudad; es por eso que seguiré peleando esta batalla y no me detendré sino hasta que este proyecto de ley se apruebe”.
