Patricia estaba sentada en una silla de plástico y se recargaba contra la pequeña mesa que sostiene sólo un caballete de juguete y un muñeco roto de colección. Mientras observaba los muros en blanco de la pequeña sala blanca, lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
Tanto ella como sus tres niños se quedaron en el cuarto del Centro Oshun para Mujeres cerca de las calles 13 y Misión desde septiembre cuando tuvo que huir de su abusivo esposo. No obstante, a principios de esta semana, por primera vez recordó que este año no celebrarán la Navidad.
“Ya les dije a mis hijos que Santa no va a venir”, dijo Patricia. “No va a haber un árbol de Navidad, no va a haber luces, no vamos a abrir regalos como mis hijos solían hacerlo. Ni si quiera quiero mencionar la palabra Navidad ese día”.
Patricia es una de las 6,455 personas indigentes en San Francisco —con base en un cálculo conservador realizado por la ciudad— que no pueden costear los regalos y despilfarro festivo. Mientras los residentes y turistas acuden a las calles Misión y Valencia para terminar sus compras de último momento esta semana, muchos indigentes se han estado preocupando por dónde dormirán durante la Navidad.
En el cuarto que Patricia aseguró para pasar la noche hay una sola colchoneta sobre el piso de linóleo. Cuando sea hora de dormir, Patricia pondrá otras tres colchonetas muy bien acomodadas una después de la otra, para sus tres hijos.
“Nos vamos a quedar aquí en el refugio para la Navidad”, dijo la señora de 46 años de edad. “Pero será más significativo porque estaremos todos juntos. Hay cosas más importantes que dar regalos. Estamos vivos y si eso es todo lo que Dios me va a dar, estoy agradecida de eso”.
Mientras hablaba, su hijo de ocho años de edad abrió la puerta y preguntó si podía jugar juegos en línea en la computadora del centro que está en el pasillo. Su hijo padece de déficit de atención y desorden obsesivo-compulsivo, dijo Patricia.
“Me pidió una computadora portátil para Navidad”, dijo. “Cuando pueda estar por mi propia cuenta, se la daré”.
En el Centro de Recursos del Barrio de la Misión sobre las calles Capp y 17, un grupo de personas jugaba dominó despreocupadamente en una esquina mientras que otros descansaban su cabeza en la mesa durmiendo para pasar el día. Algunos estaban sentados a lo largo de la pared mientras esperaban que los llamaran para pasar al doctor.
Robert estaba sentado solo en una esquina esperando a lavar su ropa. Robert iba a ser actor en Los Ángeles; en este momento, es indigente en San Francisco.
Durante un tiempo fue interesante observar la cultura del “consumismo afluente” de San Francisco, dijo. Sin embargo, últimamente ha estado pensando en irse.
“No tener casa en San Francisco es una realidad diferente. Es como estar aquí pero no. En especial en Navidad, uno se separa de todo eso porque no puede costear ese estilo de vida”.
Agachado cerca de Robert, Gregory leía un periódico. Gregory llegó para salir del frío y que lo pusieran en la lista para agarrar una cama en el refugio; el centro hace las reservaciones de camas. El ex custodio ha estado sin trabajo desde hace dos años. Gregory vive solo en San Francisco con su familia en Seattle.
Así como lo hizo durante el Día de Gracias, Gregory caminará por las calles para tal vez agarrar el autobús o detenerse a ver pasar el tiempo en Union Square o Pier 39.
“La Navidad puede ser la fiesta más deprimente, si uno no tiene el dinero que derrochar como todos los demás”, dijo mientras se rascaba compulsivamente sus brazos y piernas al hablar.
En el segundo piso, seis personas fumaban calladamente en el patio. Nathan le preguntó a un hombre con una chamarra de los 49ers que si podía comprarle un cigarrillo. Está dispuesto a pagar los últimos 35 centavos que tiene, dijo.
El hombre de 40 años de edad ha estado dentro y fuera de las calles desde que tenía 13. A menudo, pasa la Navidad pidiendo limosna, dijo, mientras exhalaba el humo hacia la calle. La gente es más generosa en Navidad.
Del otro lado del patio, Deborah Carr recordó al novio con el que vivía antes de que comenzara a usar drogas. Carr desea poder pasar la Navidad con sus seres queridos. En lugar de eso, es posible que la pase en la calle.
“Vengan, entren”, ladró alguien del personal. Son las 11:30 a.m., y pronto el centro cerrará para almorzar. El grupo desapareció hacia las escaleras y muchos fueron en dirección hacia la calle.
La noche anterior, pusieron una película en el centro y docenas de personas platicaban calladamente o miraban en blanco en dirección a la pantalla mientras esperaban a ver si les habían dado una cama para pasar la noche.
“¿Hoy es día de duchas?”, le preguntó una mujer a nadie en particular.
Fabiola López y su chihuahua, Princesa, se recargaban contra los casilleros a lo largo de una de las paredes de la sala. López solía celebrar la Navidad con su familia en Yucatán. Pero ha estado en los Estados Unidos desde hace 20 años y no tiene dinero para celebrar este año.
Algunas de las otras personas sin hogar en el centro encontrarán formas de celebrar.
José Javier se agarraba fuerte de su bastón mientras estaba sentado contra la pared. Solía trabajar preparando comida en Whole Foods, pero los despidieron, como a muchos otros, dijo. Algunas veces en esta época, trabaja como jornalero y escondía el bastón que usa por problemas en la espalda para que pareciera como que puede trabajar a todo lo que da ante sus posibles empleadores.
Él pasará la Navidad en la casa de su hermana en San Mateo. Aunque no puede traer regalos, aceptó sin pensarlo dos veces ante la oportunidad para celebrar con parientes.
“Es hora de estar junto con mi familia y compartir lo poco que todos tienen”, dijo Javier.
José Cedillo, quien ha estado desempleado desde hace siete meses, pasará la fiesta con su hermano que vive en el Excelsior. Aunque no tiene trabajo, llegará con regalos: una muñeca y un juguete de Superman que hizo para su sobrina y sobrino.
“Pienso en darle regalos a mi familia”, dijo Cedillo. “Son niños. La Navidad es para los niños”.
Del otro lado de la sala, Hugo, originario de El Salvador, está en el centro como muchos otros que no se mantienen en contacto con sus familias. Es posible que vaya a la casa de una amistad para Navidad. Si lo hace, dormirá ahí; si no, no está seguro en dónde dormirá.
No obstante, no da por vencida cualquier esperanza. Después de todo, es Navidad.
“No sé a dónde voy a ir, pero francamente me la voy a pasar bien”, dijo.

