En un edificio oxidado y recubierto de aluminio en las calles 17 y Treat, Lee Manning construye la estructura de algunos de los sofás más caros que hay.
“Construimos los huesos”, dijo Manning. “Si uno tiene huesos feos, uno tiene un cuerpo feo”.
Los muebles que hacen algunos de los diseñadores de interior más importantes de San Francisco, incluyendo a Orlando Díaz-Azcuy, Douglas Durkin y Anne Jones, han tenido sus orígenes aquí, pero Manning nunca ha hecho amistad con los elegantes diseñadores ni tampoco ha hablado de las últimas tendencias en decoración mientras beben martinis en el centro de la ciudad –y tampoco quiere hacerlo.
Manning está al final de una larga cadena de mando. La manera como funciona en general es así: un diseñador de interiores hace un boceto del mueble que quiere para un cliente y un tapicero, con ayuda del boceto, idea una forma de hacerlo.
Después, depende de Manning idear un esqueleto que sostendrá la estructura mientras que al mismo tiempo sea cómodo.
“Uno puede darle a Lee una fotografía o un boceto de un mueble y tendrá el producto terminado adecuadamente”, dijo Richard Andronaco, uno de los clientes base de Manning. “Es el carpintero principal en la ciudad, y es muy bueno”.
Manning sólo trata con los tapiceros. Las estructuras que construye componen sólo alrededor del 20 por ciento del costo total de un trabajo hecho a la medida, ya que los sofás en que Manning trabaja se terminarán vendiendo por casi $30,000 dólares. Sin embargo, la única razón por la que sigue “saludable mentalmente y a medias” es porque no tiene que lidiar con los clientes ni con los diseñadores.
“Un decorador puede llegar y hablar de un sofá otomano por una hora y media”, dijo. “Puedo construir un sofá otomano por $80 dólares. Trabajo y trabajo en él y lo puede venir a recoger en tres días. Los tapiceros los detienen y los guían en sus decisiones. No es económicamente posible para mí hacer eso”.
No, no, dijo Andronaco. El proceso con el tapicero es un gusto, es trabajar con el diseñador para hacer que corresponda el mueble precisamente con la imagen que alguien tiene en la cabeza. Es por eso que ha estado en el negocio desde hace 14 años. Manning ha estado en el negocio por 40.
Hay hasta dos docenas de tapiceros que hacen muebles a la medida en la ciudad, pero sólo cinco de ellos hacen el tipo de diseño sofisticado que terminará en el taller de Manning. Pacific Frame es uno de los tres carpinteros de muebles a la medida en la ciudad y es por mucho el más grande en el norte de California; sin embargo, no fabrica nada a mayoreo ni usa ningún tipo de maquinaria controlada por una computadora. Uno de los tres hombres corta y ensambla cada mueble.
El edificio en sí mismo ha tenido cinco ocupantes antes de Manning, desde que Chiosso Brothers quienes lo construyeron en 1946 y lo llenaron con maquinaria para hacer estructuras a la medida para Jim Dawes, quien todavía es dueño del edificio y es el casero de Manning.
Dawes vendió el negocio al predecesor de Manning, quien a su vez se quedó en bancarrota 18 meses más tarde. Manning asumió el cargo, compró el equipo del taller y firmó un contrato de arrendamiento del espacio.
Con el paso de los años su equipo ha variado de entre siete, cinco y tres personas. Cuando estalló la crisis en 2008, el equipo de tres personas apenas y tenía una semana laboral de 40 horas. El negocio pasó de ser lento a no tener clientes.
Manning ya ha pasado por altos y bajos como este. “Con las crisis anteriores, he visto cómo los pedidos desaparecen. En esencia, cunde el pánico. Después de un mes o dos, las cosas cambian un poco”.
Puso botes de basura más pequeños ya que con menos trabajo hay menos retazos que se juntan. Se inscribió en un programa de PG&E que le ayudó a renovar el alumbrado del local, y su cuenta de electricidad bajó a $300 dólares al mes.
Puso a sus empleados en un programa de participación laboral que les permite obtener beneficios parciales de desempleo cuando no hay suficiente trabajo. Es más caro que hacer que uno de los empleados del equipo se vaya, pero para Manning vale la pena porque cuando la crisis termine así no tendría que volver a contratar y capacitar a nuevos empleados.
Y por último, recortó su propio salario. Este año Manning le pagará a su coordinador, que gana $18 dólares la hora, alrededor del 35 por ciento más del ingreso que él mismo recibe. Y cómo es su negocio, no es más que justo, opinó. Hubo una época en la que ganaba el doble de lo que ganaba su empleado con mejor sueldo. “La idea es mantener el negocio saludable para que podamos volver a levantar la otra parte del negocio”.
Han pasado dos años, dijo, y el negocio no ha regresado. Incluso así, le ha servido ser ayudante de minero u operador de juegos en un carnaval (ambos trabajos los tuvo durante su juventud).
“No gano mucho dinero”, dijo. “Cuando teníamos trabajo, tenía una vida decente. Pero me encanta lo que hago. Eso hace que todos se sientan mejor en este negocio”.




