Traducción por: Neus Valencia

17 de marzo de 2020

Es el primer día de la orden de “Resguardo en casa”, lo que significa un cierre total de todos los negocios no esenciales de San Francisco.

Dentro de su tienda repleta de artesanías mexicanas e indígenas, ubicada en la calle 24, Connie Rivera no se arma de valor para cerrar del todo.

“Si no tenemos clientes, no tenemos ingresos”, dice, casi llorando.

Connie ya sabe lo que tiene que hacer, pues ya apagó casi todas las luces y guardó su mesa para preparar sándwiches que está decorada con coloridas máscaras de lucha libre, pero para cerrar la puerta, necesita tomarse un momento.

Está tratando de digerir lo que significará esta pandemia para las dos tiendas que tiene con su marido, Ricardo Peña: Mixcoatl, que abrió en el 2004 y donde ahora se encuentra ella detrás del mostrador, y Colibrí Corazón de la Misión, que abrió en agosto de 2017 a sólo cinco cuadras al este de la ciudad donde vende artesanías y ropa.

Al igual muchos inmigrantes, las tiendas son una evidencia tangible del éxito de su familia: los fondos iniciales que necesitaban y que obtuvieron en los mercados de pulgas y del negocio de pintar casas que tiene Ricardo.

Las tiendas también son una forma en la que Connie y Ricardo pueden compartir su cultura. A lo largo de los años, sus clientes han tenido la fortuna de presenciar visitas de chamanes y disfrutar del entretenimiento de músicos y artistas.

“Aparte de mi familia, significa mucho”, dijo Connie a Mission Local en 2018.  “porque, para mí, es muy importante mantener nuestras tradiciones y representar la cultura… mantener vivas las tradiciones, el arte… es muy importante mantener todo esto y conocerlo, pero también apoyarlo”.

“Es mi vida, my life”, dijo en ese entonces.

El 17 de marzo, sintió que esa vida podía terminar.

“Es simplemente difícil. No estábamos preparados para esto”, dice llorando. “Estoy tratando de no pensar demasiado, pero realmente estoy pensando todo el tiempo. La comida para nuestra familia es una prioridad ahora, pero para tener comida, tenemos que vender. Se siente como si estuviéramos dentro de una gran y oscura tormenta”.

A finales de marzo

Incluso ahora, pasar tiempo con Connie y Ricardo es una muy buena opción. Son personas inteligentes y profundas – Connie tiene una gran energía y una pasión por los negocios y Ricardo es tranquilo con un sentido del humor irónico. Conocí a Ricardo en 1998 cuando buscaba un pintor de casas y él se ofreció a hacerlo.

Veinte años después, me dijo que gracias a ese trabajo pudo iniciar su propio negocio y pasar de ser empleado a jefe – su propio jefe porque Ricardo es una persona meticulosa, y prefiere trabajar por su cuenta.

Los dos se conocieron en México y cuando Connie llegó al norte, Ricardo, enamorado, la siguió. Es un matrimonio que claramente funciona. Se burlan el uno del otro, escuchan atentamente cuando el otro habla y creen en la importancia de la educación y la comunidad. Ambos hablan inglés con fluidez, y Connie también ha aprendido francés para poder hablar con los turistas de verano de Francia.

Xochi, su hija de 20 años, trabaja en una cafetería y va a la universidad, y Cuauhtémoc, su hijo de 12 años, hace sus tareas escolares en línea.

Cuauhtémoc, dice Connie, tiene exactamente lo que siempre ha anhelado – “a sus padres en casa y yo cocinándoles”.

Anteriormente, comenta Connie, Ricardo le advirtió que no se centrara demasiado en el negocio y en hacer dinero. Construir una comunidad era una prioridad más importante para él. “No siempre pensé que tenía razón”, dice ella. “Pero la tenía”.

Todos los años que llevamos formando parte de un grupo de danza azteca y el tiempo que hemos conectado con amigos y viejos clientes han resultado en formas inesperadas de apoyo. Nos llegó un cheque de un cliente para el que Ricardo suele hacer trabajos de pintura y hemos recibido pedidos de elaborados brazaletes para el tobillo que necesitaba el grupo de danza azteca de Ricardo. “Siempre estamos muy ocupados”, comentó Ricardo. Por primera vez, tienen mucho tiempo.

“No estás sola en esto”, le dicen sus amigos a Connie.

Al principio, para que sus recursos duraran, Connie y Ricardo se unieron a las miles de personas en la Misión que reciben una caja semanal de alimentos básicos.

“Es de gran ayuda”, comenta Connie.

Poco tiempo después, ambos se ofrecieron como voluntarios en una de las filas, Connie iba temprano por la mañana y Ricardo llegaba más tarde para que uno de ellos estuviera siempre en casa con su hijo.

A principios de abril

La UCSF y el Departamento de Salud Pública de la ciudad anunciaron una gran campaña para realizar pruebas en un área censal donde reside la familia de Connie y Ricardo.

Cuando me encuentro con Connie, ella se ve escéptica y desconfiada al respecto: ¿Por qué en la Misión? ¿Van a usar agujas grandes? Hemos estado refugiándonos en casa todo este tiempo y ahora quieren que salgamos y nos hagamos la prueba, ¿no nos exponemos? Dice que Mission Local debería escribir un artículo respondiendo a algunas de estas preguntas. Estamos recibiendo preguntas similares de nuestros lectores hispanohablantes a través nuestro servicio de textos.

Publicamos un artículo de preguntas y respuestas, pero sabemos que no lo verá mucha gente en nuestra página web, así que imprimimos 1,000 folletos bilingües, y Connie y Ricardo se ofrecieron a ayudar a distribuirlos de puerta en puerta. Aunque ella propuso el artículo, Connie es prudente y, simplemente, no quiere exponer a su familia más de lo necesario.

Incluso ha disminuido su propia presión interna por reabrir sus negocios. “Definitivamente necesitamos el dinero”, comenta Connie. “Pero no vamos a apresurarnos en reabrir” agrega Ricardo. “Seguimos las noticias y vemos que miles de personas están muriendo a diario. No queremos eso, no tiene sentido abrir en este momento”.

Sin embargo, Connie también se pregunta cuántas tiendas sobrevivirán por aquí para reabrir. Una tienda de artesanías en la misma cuadra ha cerrado definitivamente. Sus caseros han sido pacientes y la dueña está solicitando pequeños préstamos y subvenciones, pero hasta ahora no ha recibido nada.

La pandemia tiene su propio calendario. Connie y Ricardo entienden que deben adaptarse a éste.

Cuando no está cocinando, Connie por fin puede terminar los proyectos que tiene pendientes en casa, ha organizado su pequeño espacio haciendo lugar para guardar cosas. “Siempre hemos querido tiempo, los dos”, comenta Connie.

Ricardo alivia el estrés sacando a pasear a su perro frecuentemente. “Pasa más tiempo con ese perro”, dice Connie burlonamente.

Ocasionalmente, Ricardo pasa tiempo con un pequeño grupo de bailarines en un parque cercano donde bailan guardando una sana distancia entre ellos. Es parte de su cultura que Connie y Ricardo llevan compartiendo con la Misión durante años, dando clases y presentaciones, pero también es una práctica espiritual. A Ricardo le encanta bailar sin público, salvo por los demás bailarines.

Mayo

A dos meses y medio del confinamiento, Connie está teniendo uno de esos días en los que el virus parece haberle afectado. “Ha sido duro dentro de la casa”, dice. “No quiero usar la palabra deprimida. Es difícil pensar cómo vamos a sobrevivir”.

Incluso su hijo, dice que “sueña con volver a la normalidad”.  

Sabe que sus caseros no pueden ser pacientes por siempre. Se habla acerca de reabrir, pero ella se pregunta si los clientes volverán. “Me preocupa que una vez que estemos abiertos, cómo vamos a traer a la gente”.  La tienda depende en gran medida de los turistas extranjeros y los viajes de verano que parecen improbables.

Pero es optimista. Se ha estado preparando para la reapertura y para satisfacer la demanda de cubrebocas que todo el mundo lleva, así que ha ordenado máscaras bordadas a mano de sus parientes en México. Así que cuando la alcaldesa anuncie que las tiendas pueden ofrecer servicios desde las banquetas a partir del 18 de mayo, Connie tendrá sus cubrebocas e incienso en la puerta de Mixcoatl. Aún no sabe si abrirá Colibrí.

El fin de semana, el día 23, me detengo para saludar. “Está bien”, dice Ricardo acerca del negocio, pero no es ni remotamente como hubiera sido si el carnaval no se hubiera cancelado.

Ricardo apoya la decisión de cancelarlo, un carnaval atrae multitudes, lo cual es un riesgo durante una pandemia, pero la tienda también perdió las ventas del Día de las Madres y, el próximo mes perderá las de la Semana del Orgullo LGBT. Estas celebraciones reúnen a miles de visitantes de la ciudad y muchos acuden a su tienda. Eso no sucederá este año, y la dura realidad económica que implica operar un negocio en una pandemia está empezando a doler.

A mediados de mayo, Connie podía vender desde la banqueta de su negocio . Foto de Lydia Chávez.

Junio

Connie y Ricardo tienen que tomar una decisión. El casero de Colibri, su segunda tienda, ha sido paciente con ellos, pero ha perdido a otro inquilino que pagaba y ahora está preocupado. Su contrato de arrendamiento ha terminado, y les pregunta si quieren renovarlo o terminarlo. Si el propietario usa el depósito que dejaron cuando alquilaron el espacio por primera vez en 2017, ya no le deberán nada.

Ya están dejando entrar a los clientes a Mixcoalt, pero ello conlleva muchos cuidados. Connie va detrás de cada cliente, limpiando todas las superficies mientras me platica acerca de su decisión.

Aún no piensa en reabrir Colibri, pero ella y su marido están muy apegados a la tienda. Se esforzaron tanto en pintar y arreglar el espacio, que resulta difícil dejarlo ir.

Sin embargo, cada vez está más claro que, aunque sean capaces de cubrir uno o dos meses con un préstamo, les tomará más tiempo cubrir el alquiler con las ventas.

“Supongo que tenemos que ser realistas”, dice sobre el cierre de Colibri, pero la realidad no se siente particularmente bien en este momento.    

Este es el primer capítulo de varios en donde estamos dando seguimiento a una de las historias de los negocios de la Misión. Hace una semana, uno de nuestros amigos inició una campaña de donación para Connie y Ricardo en GoFundme Campaign.

Para mediados de junio, tuvieron que ser realistas acerca de lo que sucederá con Colibrí. Foto de Lydia Chávez

Esta historia recibió el apoyo del Centro Pulitzer de reportaje de crisis (Pulitzer Center for Crisis Reporting).